Miércoles, 29 de julio de 2026
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La ciudad que enseña a mirar
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DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

La ciudad que enseña a mirar

Publicado 29/07/2026 08:15

Hay ciudades que se recorren y ciudades, como Salamanca, que nos enseñan a mirar

Durante años he creído que al salir con la cámara buscaba fotografías. Con el tiempo comprendí que era la ciudad quien, pacientemente, iba modelando mi manera de mirar.

Mirar no consiste únicamente en ver. Ver es un acto inmediato; mirar exige tiempo, atención y una disposición interior que hoy parece escasa. La ciudad no revela sus secretos a quien la atraviesa con prisa. Los ofrece, casi como un regalo, a quien acepta demorarse en una esquina, seguir el desplazamiento de una sombra sobre la piedra o esperar el instante en que la luz convierte un muro cotidiano en una inesperada revelación.

He aprendido que la belleza rara vez levanta la voz. Se manifiesta en un detalle apenas perceptible: el vuelo de unas aves entre las torres, el reflejo del cielo en una ventana, la geometría que la luz dibuja sobre una fachada, la conversación silenciosa entre el río y los puentes. Todo parece haber estado siempre allí, esperando únicamente una mirada capaz de reconocerlo.

Quizá por eso cada fotografía comienza mucho antes de que el dedo pulse el disparador. Comienza cuando el corazón aprende a esperar. La cámara no crea la imagen: llega al final de un proceso de contemplación. Antes ha sido necesario guardar silencio, aceptar el ritmo de la ciudad y permitir que sea la propia luz quien decida cuándo mostrarse.

Con los años he comprendido que Salamanca no ha sido solamente el escenario de mis fotografías. Ha sido una maestra discreta. Su piedra dorada, tan distinta a cada hora del día; sus calles estrechas, donde la sombra posee un lenguaje propio; sus plazas abiertas al cielo; el Tormes reflejando una luz siempre cambiante... Todo ello ha ido formando una manera de mirar que trasciende la propia ciudad.

Tal vez esa sea la verdadera lección. Ninguna ciudad se agota en sus monumentos. Su auténtico patrimonio es la capacidad de despertar nuestra atención. Cuando aprendemos a mirar de verdad, comprendemos que el mundo entero puede caber en un detalle.

Esta columna que cada miércoles escribo lleva por título Desde la Ciudad de la Luz. Hoy siento que ese nombre encierra una responsabilidad y también una promesa. Escribir desde la Ciudad de la Luz no significa hablar únicamente de Salamanca. Significa compartir una forma de contemplar el mundo, convencido de que la luz no solo ilumina las cosas: también ilumina nuestra manera de comprenderlas.

Quizá esa sea, al fin y al cabo, la tarea más humilde y también la más necesaria de quien escribe o fotografía: recordar que la belleza continúa ahí, esperando. No para ser poseída, sino para ser descubierta.

Porque la verdadera ciudad no es únicamente la que habitamos. Es la que cada día aprendemos a mirar. Y cuando eso sucede, comprendemos que la luz no transforma las piedras: nos transforma a nosotros

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