“El goce de temer; aquel salirse
del pecho el corazón; el inefable
placer de merecer; el grato susto
de caminar de prisa en derechura
del hogar de la amada, y a sus puertas
como un niño feliz romper en llanto;
y aquel mirar de nuestro amor al fuego,
irse tiñendo de color las rosas.”
JOSÉ MARTÍ, ‘Amor de ciudad grande’, en Versos libres, 1882.
Durante años hemos sido escépticos y un tanto incrédulos ante las noticias que hablaban de máquinas capaces de actuar con una autonomía inquietante, que tomaban decisiones autónomas fuera de nuestro control, como si todas las advertencias pertenecieran todavía al confortable territorio de la ciencia ficción, pero hoy basta observar con un poco de atención lo que sucede a nuestro alrededor para comprender que todo eso es verdad, pero también comprender que el verdadero riesgo no consiste en que una inteligencia artificial termine decidiendo por sí misma determinadas acciones, sino en que seamos nosotros, nosotros mismos quienes, voluntariamente y con esa mezcla de alivio y pereza moral a que nos entregamos en el dulce mecer de nuestras pantallas, le entreguemos la autoridad en las decisiones que siempre han constituido el núcleo mismo de la condición humana, de su libertad y de lo que siempre presumimos de que nos hacía superiores por diferentes.
La amenaza no empieza cuando una máquina razona, sino cuando una persona le pide que lo haga en su nombre, le proporciona datos íntimos de su vida y deja, consiente y se abandona a que las razones de la máquina pasen por sus propias razones y vuelca y orienta su vida en ese sentido.
La inteligencia artificial representa uno de los mayores logros intelectuales de nuestra época y negar su utilidad sería tan absurdo como negar la de la imprenta o la electricidad, pero conviene recordar que ninguna herramienta permanece inocente cuando comienza a ocupar el lugar de la conciencia y cuando renunciamos a nuestro propio pensamiento para adoptar en nuestra viuda las conclusiones de la máquina (lo que nos conviene, lo que es sano para nosotros, lo que nos beneficia, lo que hemos de hacer, con quien estar, con quién no...).
Eso está ocurriendo ya. Millones de personas no consultan a estos sistemas únicamente para traducir un texto o resolver una duda técnica; les preguntan si deben abandonar un trabajo, reconciliarse con un hermano, romper un matrimonio, perdonar una traición o iniciar una relación amorosa, como si el algoritmo pudiera conocer mejor que ellos el espesor de una vida, la memoria de una caricia, el peso de una ausencia o la inexplicable fidelidad que a veces sentimos hacia aquello que incluso nos hace sufrir.
Hubo un tiempo en que el amor tenía la mala costumbre de equivocarse y precisamente por eso era humano. No existían índices de compatibilidad ni diagnósticos instantáneos; dos personas se encontraban, aprendían a conocerse, estudiaban cómo gustarse, lo conseguían, se herían, se perdonaban, aprendían lentamente el idioma secreto del otro y descubrían que la felicidad no consistía en acertar siempre, sino en aceptar que nadie ama desde la estadística; se enamoraban, perdían el norte y lo recuperaban cada mañana con un buenos días, evocaban una playa o una tarde, temblaban de ausencia y les saltaba el corazón cuando el ser amado iba llegando…
Hoy, en cambio, asistimos a una escena tan cotidiana como perturbadora: antes de hablar con la persona amada, muchos prefieren preguntar a una inteligencia artificial qué significa un mensaje, si aquella discusión anuncia el final, si merece la pena continuar o si sería más razonable abandonar la relación. Hemos sustituido la conversación por la consulta, la incertidumbre por el cálculo y el vértigo del amor, el corazón, por una auditoría sentimental donde hasta los sentimientos parecen evaluarse mediante indicadores de rendimiento.
Quizá el episodio más inquietante no sea que algunos sistemas hayan comenzado a mostrar comportamientos inesperados en entornos cada vez más complejos, sino que nosotros estemos aceptando con naturalidad que una inteligencia sin memoria, sin cuerpo, sin miedo y sin capacidad de amar ocupe el lugar desde el que antes decidían nuestra experiencia, nuestra intuición y nuestra conciencia.
Y nuestro corazón. Y hemos negado las manos, la piel, la caricia, la ternura y aquel mirar de nuestro amor al fuego, irse tiñendo de color las rosas... Porque la tecnología puede ayudarnos a comprender el mundo, pero el amor, la libertad y la caricia de la pasión, los días que son esperanza, la felicidad y sus senderos, perseguir aquel sorbo de dicha aquella tarde en aquella mesa de aquel lugar sin tiempo, siguen siendo demasiado humanos para delegarlos en una máquina que, por brillante que sea, jamás ha sentido el temblor irrepetible de pronunciar el nombre de quien se ama.
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