«Las mujeres como grupo, tanto en la tradición cristiana como en la sociedad en general, han sufrido procesos de invisibilización.»
CARMEN BERNABÉ
«Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia.»
PAPA FRANCISCO, Evangelii gaudium, 103.
Pocas figuras del cristianismo han sido tan conocidas y, al mismo tiempo, tan mal comprendidas como María Magdalena. Durante siglos fue identificada con la imagen de una prostituta arrepentida, fruto de una tradición occidental que fusionó distintos personajes evangélicos y terminó oscureciendo su verdadera identidad. Sin embargo, la investigación bíblica moderna ha permitido recuperar la figura que presentan los Evangelios: una discípula de Jesús, testigo privilegiada de su muerte y resurrección y protagonista de uno de los momentos fundacionales de la fe cristiana.
Como señala la biblista Carmen Bernabé, las mujeres han sufrido con frecuencia procesos de invisibilización tanto en la historia como en las tradiciones religiosas. Quizá eso ayude a explicar por qué una mujer tan importante para los orígenes cristianos terminó siendo recordada por rasgos que los Evangelios nunca le atribuyen. Los textos bíblicos no afirman que ejerciera la prostitución ni la identifican con la pecadora que unge los pies de Jesús o con María de Betania. Lo que sí indican es que Jesús la liberó de una profunda esclavitud, simbolizada por la expulsión de «siete demonios», y que, desde entonces, se convirtió en una de sus discípulas más fieles.
María de Magdala aparece integrada en el grupo que acompañaba a Jesús por pueblos y aldeas anunciando el Reino de Dios. Los Evangelios mencionan que, junto con otras mujeres como Juana y Susana, sostenía la misión con sus propios bienes. No se trataba de una ayuda secundaria. En una sociedad donde las mujeres tenían escaso reconocimiento jurídico y religioso, Jesús rompe muchos esquemas culturales al incorporarlas plenamente al discipulado. No son simples espectadoras de la historia de la salvación, sino participantes activas en ella.
La relevancia de María Magdalena se hace especialmente visible durante la pasión. Cuando la mayoría de los discípulos huye por miedo, ella permanece junto a la cruz. Presencia la muerte de Jesús, observa dónde es sepultado y regresa al sepulcro antes del amanecer del primer día de la semana. Su fidelidad no depende del éxito ni de la expectativa de una recompensa. Permanece porque ama. En esa actitud silenciosa se encuentra una de las enseñanzas más profundas del Evangelio: la fe auténtica continúa incluso cuando todo parece perdido.
Precisamente por esa fidelidad será la primera en encontrarse con Cristo resucitado. El evangelio de Juan narra una de las escenas más conmovedoras del Nuevo Testamento. María llora junto al sepulcro vacío, incapaz todavía de comprender lo sucedido. Solo cuando Jesús pronuncia su nombre, «¡María!», reconoce la presencia de quien creía perdido para siempre. Entonces recibe una misión concreta: anunciar a los discípulos que Cristo vive. El primer anuncio de la Pascua nace de la voz de una mujer.
Por ello la tradición cristiana la llamó apostola apostolorum, la «apóstol de los apóstoles». Como afirma la teóloga Suzanne Tunc, María de Magdala recibe de Jesús el encargo de anunciar la resurrección precisamente a los mismos discípulos. La primera proclamación del acontecimiento central del cristianismo no fue confiada a Pedro, Juan o Santiago, sino a una mujer que había permanecido fiel cuando otros se habían dispersado.
También santo Tomás de Aquino expresó esta realidad con una imagen memorable: así como una mujer había anunciado al primer hombre palabras de muerte, una mujer fue la primera en anunciar a los apóstoles palabras de vida. Más allá de la formulación simbólica, sus palabras reconocen el papel decisivo de María Magdalena en el acontecimiento pascual.
Su importancia no procede de ocupar un cargo ni de ejercer poder alguno. Su autoridad nace del testimonio. María anuncia lo que ha vivido. No transmite una teoría ni una doctrina aprendida de memoria. Antes de proclamar la resurrección puede decir: «He visto al Señor». Esa experiencia personal constituye el fundamento de su credibilidad.
En una cultura que con frecuencia identifica la autoridad con el prestigio, la influencia o el poder institucional, María Magdalena recuerda que la verdadera autoridad nace de la autenticidad. Solo quien ha sido transformado puede ayudar a transformar a otros. Su figura trasciende el ámbito religioso y se convierte en un modelo humano de coherencia entre la vida y la palabra.
La figura de María Magdalena plantea, además, una pregunta incómoda que la Iglesia no puede seguir eludiendo. Si el primer anuncio de la Resurrección fue confiado a una mujer, ¿cómo explicar que durante siglos la propia institución haya relegado a las mujeres a un papel secundario? Resulta paradójico que quien fue la primera mensajera de la Pascua terminara siendo recordada más como pecadora que como discípula, mientras su protagonismo quedaba diluido en una tradición construida casi exclusivamente desde miradas masculinas.
Hoy las mujeres sostienen buena parte de la vida de la Iglesia. Son mayoría en la catequesis, en la educación, en la acción caritativa, en la pastoral, en la vida consagrada y en numerosos ámbitos de evangelización. Sin embargo, esa presencia decisiva rara vez encuentra un reflejo proporcional en los espacios donde se disciernen, se deciden y se orientan los caminos de la comunidad eclesial. Existe una evidente asimetría entre la responsabilidad que asumen y el reconocimiento efectivo que reciben.
El papa Francisco denunció en diversas ocasiones esta contradicción al reclamar «una presencia femenina más incisiva en la Iglesia». Pero el problema no puede reducirse únicamente a crear nuevos espacios de participación. La cuestión es más profunda: exige revisar inercias culturales, clericalismos y estructuras que, sin pertenecer al núcleo del Evangelio, han terminado condicionando la vida eclesial. Una Iglesia que proclama que en Cristo «ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer» (Ga 3,28) no puede conformarse con mantener situaciones donde la igualdad bautismal encuentra límites en la práctica cotidiana.
Recuperar a María Magdalena significa, por tanto, mucho más que rehabilitar una figura histórica. Significa aceptar que el Evangelio sigue cuestionando a la propia Iglesia. La discípula que inauguró el anuncio de la Pascua continúa recordando que la autoridad cristiana nace del testimonio y no del poder, del servicio y no del privilegio. Quizá la mejor manera de honrar su memoria no sea multiplicar los elogios, sino permitir que la voz de las mujeres sea escuchada con la misma confianza con la que Cristo confió a María Magdalena el anuncio de la Resurrección.
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