La iglesia de San Vicente Mártir acogió la representación de “Juan, el espíritu del amor”, dentro de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz.
Hay cifras que parecen decirlo todo. Menos de setenta habitantes. Un pequeño punto en el mapa de la provincia de Salamanca. Quien solo mire los números podría pensar que Canillas de Abajo está demasiado lejos de los grandes circuitos culturales. Sin embargo, basta una tarde de teatro para demostrar que la cultura no entiende de estadísticas.
La iglesia de San Vicente Mártir acogió la representación de “Juan, el espíritu del amor”, dentro de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz. La iniciativa fue posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Canillas de Abajo, el apoyo de la Parroquia y de la Diócesis de Salamanca, haciendo realidad un proyecto que lleva teatro profesional, música en directo y poesía a los rincones donde habitualmente resulta más difícil disfrutar de este tipo de propuestas.
Ese es, precisamente, uno de los mayores méritos de esta gira. No pregunta cuántos habitantes tiene un pueblo antes de decidir si merece una representación. No distingue entre grandes auditorios y pequeñas iglesias rurales. Allí donde existe una comunidad dispuesta a abrir sus puertas, el teatro encuentra su lugar.
La obra, escrita y dirigida por Denis Rafter, acerca la figura de San Juan de la Cruz desde una perspectiva profundamente humana. La música en directo, la poesía y las interpretaciones consiguen que el espectador no solo conozca mejor al santo carmelita, sino que descubra la sorprendente actualidad de su mensaje. Cuatro siglos después, sus palabras siguen hablando de amor, de libertad, de esperanza y de la capacidad del ser humano para levantarse después de las dificultades.
La iglesia de San Vicente Mártir ofreció el marco perfecto para ese diálogo entre patrimonio y creación artística. Durante algo más de una hora, el templo dejó de ser únicamente un edificio histórico para convertirse en un espacio vivo donde la cultura reunió a vecinos de distintas generaciones.
Al finalizar la representación, los cinco intérpretes fueron despedidos con una cálida y prolongada ovación todos en pie. No importaba el tamaño del municipio. Importaba la emoción compartida, el silencio atento durante la función y la conversación que continuó a la salida de la iglesia.
En ocasiones se habla de la España rural poniendo el acento únicamente en los problemas de la despoblación. Sin embargo, tardes como la vivida en Canillas de Abajo recuerdan que estos pueblos conservan algo que no puede medirse con un censo: la capacidad de reunirse, de cuidar su patrimonio y de convertir la cultura en una auténtica celebración comunitaria.
Porque un pueblo no es grande por el número de habitantes que aparecen en una estadística. Lo es cuando abre las puertas de su iglesia para que el teatro, la música y la poesía vuelvan a llenar de vida un lugar que nunca ha dejado de tener alma