Lunes, 20 de julio de 2026
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Gibraltar
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Gibraltar

Escondida entre los ecos de dos temas de gran actualidad- el Mundial de fútbol y la puerta giratoria de los juzgados por la entran y salen tantos “progresistas”-, hay una noticia que está pasando desapercibida, ignoro si por considerarla de segunda fila o porque existe la intención, por parte de los medios de siempre, de no darle excesiva publicidad. Me estoy refiriendo al reciente tratado suscrito entre el Reino Unido y la Unión Europea sobre el ajuste del “asunto Gibraltar” tras la confirmación del Brexit -otra ocasión perdida para forzar la negociación desde posiciones más fuertes. No estoy tranquilo por el hecho de que Sánchez asista y sea responsable de otro de sus “logros”. Con la experiencia de situaciones como las de amnistiar a los responsables del golpe independentista catalán, vender a los habitantes del antiguo Sáhara español, apoyar a gobiernos bolivarianos, hacer girones en nuestra Constitución para no dejar el colchón de La Moncloa, no tengo más remedio que recelar lo que pueda haber bajo de tanto entusiasmo.

Habla de un acuerdo justo, favorable a los intereses de España, que se ajusta a las metas que se había marcado este gobierno. Conociendo el tema -he vivido allí- y la habilidad de los ingleses a la hora de negociar cualquier cosa, sigo sin fiarme. Desde el 4 de agosto de 1704, han sido siglos de constatar cómo ingleses y llanitos siempre han terminado llevando el agua a su molino. Salvo episodios aislados en la Guerra de la Independencia-Bailén, Arapiles, Vitoria- las tropas inglesas, incluidos los piratas a sueldo, siempre han sido nuestros enemigos y, desde la Armada Invencible, han predominado nuestras derrotas. Por la superioridad británica, todos los intentos de recuperar el Peñón fracasaron y, como en tantas otras ocasiones, las resoluciones de la OTAN siempre fueron papel mojado.

Tras la intervención inglesa en nuestra Guerra de Sucesión (1701-1714), conviene dejar claro que, en el Tratado de Utrecht, España cedía a Gran Bretaña, exclusivamente la ciudad y el castillo de Gibraltar, junto con el puerto y sus fortificaciones, especificando las siguientes limitaciones: el istmo de unión a la ciudad de La Línea (terrenos que hoy ocupa el aeropuerto con diversas edificaciones) seguía siendo español; se prohibía la comunicación terrestre con España sin nuestra autorización y se reconocía el derecho preferente de España en caso de renuncia inglesa. Desde entonces se han hecho los tontos y han usurpado todo el terreno que quedaba libre hasta los primeros edificios de La Línea -precisamente nuestro cuartel. De la titularidad de las aguas territoriales, mejor no hablar. Los buques de la Armada Británica, un día sí y otro también, persiguen a toda embarcación que navegue a menos de tres millas del Peñón. Según esa norma sacada de la manga, gran parte de la costa desde Algeciras a La Línea está a menos de tres millas. Si seguimos aguantando el chaparrón, llegará el día que prohíban la pesca y nos echen de nuestras playas.

Inglaterra conoce el valor estratégico del Peñón, como llave del Estrecho, y será muy difícil que lo suelte. Trescientos años siendo los legales propietarios -con una política exterior muy próxima a EE. UU. y Marruecos, que con Gran Bretaña podían acompañarnos para controlar el paso por el Estrecho- proporcionan la plena seguridad de que nadie se lo arrebatará por la ley ni por la fuerza. Su descaro llega a tales niveles que, cuando yo estuve destinado en la zona, empleábamos un campo de tiro situado entre San Roque y La Línea – Sierra Carbonera- y hacíamos ejercicios con todos los calibres. Pues bien, disparando con el mortero de 120 mm -cuya trayectoria tiene una flecha muy elevada- solíamos recibir del Gobierno Militar del Campo de Gibraltar la orden de suspender el tiro porque algún avión tenía que tomar tierra o despegar del aeropuerto de Gibraltar -construido en territorio español-, y de esa forma, aunque invadían el espacio aéreo español, la maniobra les resultaba más segura que si lo hacían empleando el suyo. No pedían permiso, exigían que cesara el tiro.

La verdad es que, atendiendo a la difícil situación social de aquella zona, España ha permitido todos esos abusos a cambio de admitir que varios miles de trabajadores entren diariamente a desempeñar los trabajos que los llanitos pueden permitirse el lujo de sufragar.

La pocas veces que España se puso seria consiguió poner en graves dificultades la vida diaria de los gibraltareños, pero, por el fracaso del polo de desarrollo levantado en la zona, la triste realidad obligó a abrir la mano -y la verja- para que regresara al trabajo la multitud de obreros que iban engrosando otra vez las listas del paro. Todo ello ha servido para que los habitantes del Peñón saquen pecho convencidos de que siempre tendrán la sartén por el mango.

Para la población de la Línea, Gibraltar siempre ha sido una fuente segura de ingresos. En la segunda mitad del siglo XX, el contrabando -perseguido, pero no tanto- dio de comer a muchas familias y, cuando flaqueó, surgió la peste de la droga. El narcotráfico es ya un grave problema en toda la zona del Estrecho. La lluvia de millones que sale de la droga ha logrado dotar a los traficantes medios superiores a los de las Fuerzas de Seguridad – otro logro de este gobierno- y, tacita a tacita, el nivel económico del habitante gibraltareño ya está a años luz de sus vecinos. No en vano, los llanitos proclaman que su territorio es un nuevo paraíso terrenal, mientras los de este lado decimos que, sencillamente, es un paraíso fiscal. Es cierto que en el Campo de Gibraltar ya hay españoles con los fondos suficientes para invertir en esa deshonrosa colonia, pero para los españoles está prohibido hasta comprarse un piso en Gibraltar. Los llanitos, por el contrario, están adquiriendo las mejores viviendas de toda la Costa del Sol.

Para rematar la faena, y sin dar la más mínima explicación, se ha firmado un nuevo acuerdo que, de momento, ha sido muy aplaudido por la parte inglesa – lo cual ya es suficiente para estar preocupados- y nuestros gobernantes hablan del fin de una pesadilla. Si es cierto que España ha renunciado a la copropiedad del Peñón, o hay gato encerrado o estaremos ante otro de los hachazos que está proporcionando Sánchez a la soberanía española.

Es muy poco probable que este acuerdo sirva para algo. Seguiremos reclamando la soberanía sobre el Peñón y el Reino Unido seguirá apelando al derecho de autodeterminación aprobado por los llanitos. Sí, esos que pregonan a voz en grito: “Nozotro zomo ingleze de to la vida”

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