, 19 de julio de 2026
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Una aparición
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Una aparición

Sin levantar la mirada, dejé la moneda de la consumición en la mesa y salí sin hacer ruido.

Probablemente, alguien más conserva un recuerdo como el mío. La literatura, pienso, ha dejado por escrito más casos parecidos. No han sido pocas las noches que, habiendo apurado un vaso de vino después del trabajo, he escuchado referir historias donde la ficción se confunde con la realidad, y nada de lo que vemos en la vigilia corresponde con esos relatos firmados bajo juramento.

Yo que soy una persona ajena a la mentira, hoy me veo empujado a compartir una experiencia que contradice mi fama de persona sensata. Debido a mi desconocimiento de la forma de los relatos, iniciaré con el final.

Todavía hoy cuando recorro la herida cerca del cuello, me pregunto si en realidad me la hice en el trabajo, cuando me estiré a recoger materiales reciclables en un contenedor alto; esta herida, sin embargo, también parece provenir de un sueño, donde tuve un accidente con idénticas consecuencias. El recuerdo de ese sueño se impone al de la vigilia, al punto de preguntarme quién soy yo en realidad, dónde he estado.

Yo que nunca terminé la educación primaria y debí salir a la calle a trabajar de niño, me pregunto cómo puedo recordar títulos de libros que vi aquella noche del sueño, cuadros de pintura que vi colgados en las paredes de aquella casa. Cómo pude conducirme por esa casa noble con la seguridad y desenfado de su propietario, sin curiosidad por nada de lo conservado en el recinto.

No revelaré la ubicación del lugar, pues me niego a que nadie vea de cerca lo que yo atestigüé en primera persona, pero sí puedo asegurar que esa calle era como cualquier otra. Yo en verdad estuve ahí. Subí por las escaleras, recorrí la galería, contemplé en el salón retratos de personas que por alguna razón desconocida me resultaban familiares e incluso se parecían a mí. Cuando vi el reloj enmarcado en un mueble antiguo, el minutero dio las 20:30 h.

La campanada de la media hora me hizo saber que había pasado una hora exacta desde mi llegada. En el comedor, una ráfaga de viento agitó la ventana al jardín. Cuando me acerqué a asegurarla, vi a una persona correr atrás al muro del portón para saltarlo y volver a la calle. El susto me hizo a mí caer de espaldas. El jarrón que derribé se me incrustó arriba del hombro, causándome una herida aparatosa.

A esa misma hora, desperté en la cama de mi cuarto, en mi casa habitual, después de echar una siesta como nunca suelo hacerlo. Me había despertado un ruido similar al del sueño. Comprobé por la ventana que no llovía. Todo en el barrio lucía quedo. Miré a un costado de la cama. En el suelo, había un florero roto, con la misma rosa que yo había tenido en las manos durante el sueño, cuando volvía a colocar en la mesa del comedor la carta que había encontrado dirigida a mí.

No recuerdo el contenido de la carta, pero seguro se trataba de una promesa de amor. Me vestí la camisa y acudí al establecimiento del barrio donde suelo terminar la jornada laboral. Me senté en la mesa habitual. Muy pronto, en otra mesa al lado, escuché a un grupo de personas contar una historia que de inmediato capturó mi atención. Habían hecho una apuesta. El más joven del grupo había entrado en el jardín de la casa donde ocurrían las apariciones. La persona que él había visto por la ventana, en el comedor, tenía todas mis características. Refirió incluso haber escuchado el golpe, al tiempo que saltaba el muro.

Sin levantar la mirada, dejé la moneda de la consumición en la mesa y salí sin hacer ruido.

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