Hay fechas que no envejecen, que abandonan el presente y regresan cada año con preguntas que no podemos permitirnos dejar sin respuesta, y el 18 de julio pertenece a la cara incómoda de los calendarios que mide la conciencia de un país. Noventa años después del golpe de Estado que calcinó la legalidad de la República Española y abrió el camino a una inclemente, injusta y salvaje guerra civil y a la dictadura más larga y sangrienta de la Europa occidental del siglo XX, todavía hay quienes pretenden que recordar el 18 de julio constituye una forma de rencor, como si la memoria fuese culpable de los crímenes que esa fecha simboliza e ilumina, como si el silencio fuese una virtud y la ignorancia un territorio neutral.
Hoy hemos de recordar otra vez el 18 de julio no solo para exigir responsabilidades, que también; no solo para pedir una vez más la justicia que se le debe a este país y la reparación al sufrimiento de generaciones, sino para, recordando, explicando y evocando, evitar que la democracia pueda ser derribada por la intolerancia disfrazada de concordia; para alertar de cómo el miedo acaba en pedestales y púlpitos, y cómo la mentira aprende a intoxicar de tal modo que una parte de la sociedad termina aceptando que la palabrería, la negación, la falacia y la manipulación pueden llegar a ser normas, argumentos y hasta leyes. El olvido sucede a golpe de palmada en la espalda, de sustitución de la verdad por el dulzón recurso del “hacia adelante” y por el desinterés en conocer de dónde venimos y, por tanto, quiénes somos. Antes de cada deflagración histórica, antes de cada fracaso de la fraternidad, de la inteligencia y del diálogo, antes de cada “18 de julio”, hay un largo aprendizaje impuesto de la desmemoria, una paciente fabricación obligatoria del enemigo, una pedagogía escolar del desprecio a lo diferente que convierte el pasado en el vórtice oscuro de la ignorancia, en lugar de la ventana abierta al presente, a los espejos y al conocimiento que tendría la virtud de hacernos justos.
Durante cuarenta años el franquismo no solo gobernó un país, sino que intentó gobernar también sus recuerdos. Levantó monumentos para el vencedor y dejó en las cunetas a los vencidos, escribió manuales donde la historia fue sustituida por la doctrina, convirtió la obediencia y la sumisión en mérito y virtud, el miedo en costumbre doméstica y el pensamiento crítico en delito. Y el 18 de julio, la fecha de la ignominia, en una fiesta. Aquel régimen no dejó únicamente cárceles, consejos de guerra, exilios, fusilamientos y persecuciones; dejó también un país intelectualmente amputado, acostumbrado a bajar la mirada, triste y sumiso, donde la cultura fue quimera, la ciencia respiró con grilletes y la moral pública era un constructo del desprecio, el catecismo de los vencedores.
Resulta inquietante comprobar cómo, mientras desaparecen los últimos testigos de la dictadura y reaparecen las viejas mercaderías del autoritarismo, en las casas, en las calles, en las escuelas y en los ceremoniales diarios, sigue imponiéndose la vieja costumbre del silencio en las casas, en las familias, en las reuniones sociales, que si en el franquismo tuvo justificación por razones obvias, después ya no, después ha sido y es solo un rasgo de vagancia mental de quienes saben y callan, de traición innoble de padres que saben a hijos que ignoran, de los que conocen a quienes no; una inmensa papilla de indiferencia que convierte a miles y miles de jóvenes en fascistas por ignorancia, una auto traición a la memoria que crea monstruos adolescentes y que difícilmente podrá ser perdonada. Nunca fue tan sencillo fabricar una mentira ni tan difícil combatirla: la verdad exige pruebas y la mentira apenas necesita una pantalla, una emoción primaria y miles de dedos dispuestos a compartir antes de pensar. En ese paisaje de consignas instantáneas, el franquismo se está convirtiendo en una fotografía sepia, en un meme, en una caricatura sentimental o, lo que resulta mucho más peligroso, en una supuesta época de orden y bienestar despojada cuidadosamente de las cárceles, de la censura, de la humillación de las mujeres, del clericalismo impuesto, del hambre, del miedo, de la tortura y la muerte, del dolor, de la pobreza cultural, del exilio, de la angustia, del sufrimiento, de los asesinatos y del precio inmenso que seguimos pagando.
Hay quien teme a la memoria porque sabe que la memoria acaba llamando a las cosas por su nombre, y pocas derrotas resultan tan insoportables para el fanatismo como contrastar la verdad. La ignorancia nunca ha sido inocente: es el terreno donde arraigan las supersticiones políticas, el humus donde prosperan los caudillos y el refugio donde el negacionismo se disfraza de opinión para exigir el mismo respeto que los hechos. Pero la verdad posee una obstinación silenciosa que ninguna propaganda ha conseguido derrotar del todo. Siempre termina regresando desde los archivos, desde las aulas, desde los libros, desde las voces de quienes se negaron a olvidar, y cada vez que regresa nos recuerda que la libertad no es una herencia garantizada, sino una conquista frágil que debe aprenderse una y otra vez. Por eso el 18 de julio no merece ceremonias de nostalgia, pero tampoco silencios interesados: merece conocimiento, memoria y educación, porque solo un pueblo que conoce con honestidad la oscuridad de su pasado está en condiciones de identificar la luz, de reconocer, antes de que sea demasiado tarde, la sombra de los monstruos cuando vuelven a llamar a la puerta.
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