Con ocasión de la celebración, el 4 de julio, de los doscientos cincuenta años de la independencia de los Estados Unidos, abrí aquí una breve serie, que se prolongará hasta finales de mes, dedicada a algunos libros representativos de la historia, joven, vigorosa y, en general, coronada por el éxito, del vasto país norteamericano. Tras Matar a un ruiseñor, hoy quiero recomendarles otro título igualmente espléndido y significativo del alma de esa sociedad pujante, del espíritu independiente y emprendedor de sus gentes, de los logros alcanzados en apenas dos siglos y medio por la poderosa nación estadounidense y también de sus profundas contradicciones, desde el exterminio de las poblaciones indígenas y la esclavitud hasta el imperialismo y los excesos del individualismo capitalista. Esa condición de símbolo de la “novelística americana” la cumple igualmente Las aventuras de Huckleberry Finn, el clásico de Mark Twain que hoy protagoniza estas notas.
Ambientada en la época de la esclavitud, antes de la guerra de Secesión, aunque publicada en la década de 1880, la novela recupera al personaje de Huckleberry Finn, ya conocido por Las aventuras de Tom Sawyer. Huck narra su propia historia, la de un niño de trece o catorce años, o algo así, que se une a un esclavo prófugo, el Jim de la novela anterior, en su común búsqueda de la libertad. Huck escapa de las restricciones de la sociedad respetable que le imponen su virtuosa madre adoptiva, la viuda Douglas, y la hermana de esta, la señorita Watson, y también de los malos tratos de su padre, violento y alcohólico, que irrumpe en el relato con su presencia amenazante. Jim, por su parte, “propiedad” de la señorita Watson, huye también ante la sospecha de ser vendido de manera inminente y enviado más al Sur, río Mississippi abajo, alejándolo para siempre de su mujer y sus hijos. Ambos emprenden una peligrosa navegación por el Mississippi con la esperanza de alcanzar Cairo, en Illinois, desde donde Jim podría dirigirse hacia un estado libre donde ganar dinero suficiente para redimir a su familia. Sin embargo, las dificultades del viaje los conducen aún más adentro del territorio esclavista.
Lo que comienza como una novela de aventuras juveniles acaba convirtiéndose en una penetrante exploración moral. Mientras atraviesan el río, Huck comprende de manera confusa que está ayudando a escapar a un esclavo y que, según los valores de la sociedad en que ha crecido, está actuando mal. Esa contradicción, unida a las innumerables peripecias, amenazas y encuentros que jalonan el viaje, alimenta sus reflexiones sobre la libertad, la esclavitud y la dignidad humana y hace de la travesía un auténtico camino hacia la madurez.
No hay espacio para desarrollar todos los aspectos de una obra que, en siglo y medio de existencia, ha generado una bibliografía inmensa. Baste recordar algunos de los principales. Ante todo, la elección de Huck como narrador, cuyo lenguaje ingenuo revela simultáneamente su limitada comprensión del mundo y la distancia irónica entre lo que cuenta y lo que el lector percibe. También el humor satírico de Twain, dirigido contra la religión, la justicia, la educación y la aristocracia sureña; la crítica de una civilización de la que Huck y Jim huyen buscando en el río un espacio más libre y auténtico; el protagonismo simbólico del Mississippi, siempre frágil y amenazado, como territorio de libertad y suspensión de las convenciones; la compleja construcción de Jim, cuya humanidad cuestiona la lógica esclavista pese a conservar rasgos propios de la sensibilidad de su tiempo; el conflicto racial, tratado con inevitables ambigüedades históricas; y, finalmente, la doble condición del libro como relato de viajes y novela de formación, pues cada episodio vivido obliga a Huck a revisar su visión del mundo.
En su estudio preliminar a la magnífica edición académica de Cátedra (que también les recomiendo), Juan José Coy Ferrer, tan vinculado a la Universidad de Salamanca, analiza la figura de Mark Twain, su época, su “sentimiento trágico del humor” y, sobre todo, siete claves de Huckleberry Finn que orientan al lector. El profesor Coy aborda la polémica sobre su supuesta incorrección política; la persistente consideración del libro como literatura infantil o juvenil; el fecundo diálogo entre el “color local” y su alcance universal; el aliento utópico del viaje; las dificultades de traducción de sus matices lingüísticos; sus referencias al Lazarillo de Tormes y al Quijote; la influencia ejercida sobre otro clásico de la literatura norteamericana, El guardián entre el centeno; y las consecuencias del relativamente reciente descubrimiento del manuscrito original, entre otros sugerentes temas.
De todos ellos, quiero detenerme, sin embargo, por razones de actualidad, en la larga historia de objeciones que ha acompañado a la novela. Tras su publicación, fue excluida de bibliotecas por inmoral, grosera o poco edificante. Sorprende -o quizá no tanto, vistos los tiempos- que, siglo y medio después, la polémica renazca desde presupuestos ideológicos distintos, pero coincidentes en su estrechez de miras, afán censor y reduccionismo simplista. Twain emplea constantemente el término nigger, ofensivo y doloroso para la sensibilidad actual, y Huck trata a Jim con una mezcla de afecto, paternalismo y condescendencia que refleja fielmente la mentalidad de su tiempo. Pero pretender que una novela ambientada en la América esclavista de la primera mitad del siglo XIX se exprese conforme a códigos morales y lingüísticos del XXI constituye, a mi juicio, un completo sinsentido. Y, sin embargo, el libro sigue prohibido en numerosas escuelas y retirado de muchas bibliotecas estadounidenses.
Quede aquí reiterada mi posición respecto a la relectura de los clásicos desde parámetros contemporáneos: rechazo de la cancelación, la reescritura y la censura y, al mismo tiempo, defensa de un sólido aparato contextual -histórico, académico y científico, no ideológico- que permita comprender críticamente libros, películas, obras de arte y, en general, cualquier manifestación cultural del pasado sin falsear las circunstancias en que fue concebida.
Siguiendo esta línea, aprovecho para sugerirles también, con auténtico entusiasmo, la lectura de James, una novela de Percival Everett, galardonada con el Premio Pulitzer de ficción en 2025, en la que se recrea la historia de Huck pero narrada desde la perspectiva del joven esclavo Jim. Es un complemento magnífico a la relectura del gran clásico de Twain.
--
Mark Twain. Las aventuras de Huckleberry Finn. Editorial Sexto Piso. Madrid, 2016. Traducción de Mariano Peyrou. 340 páginas. 26 euros
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.