Miércoles, 15 de julio de 2026
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Aquel campamento… 
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Aquel campamento… 

Publicado 15/07/2026 13:45

- ¿Mi retoño en un campamento de verano?….¿y si le pica una tarántula gigante de Mesopotamia? ¿Y si se siente incómodo durmiendo en una tienda de campaña? ¿Y si estar con otros niños y niñas le frustra o le pone nervioso? ¿Y si tiene miedo a las brujas de los bosques? ¿Y si me echa de menos y se pasa el día regando los árboles con sus lágrimas? ¿Y si no le gusta la comida, quién le va a hacer el menú a la carta? No, mejor conmigo, a mi lado, que no le faltará nada. Además, él no quiere ir. Y ya me he encargo yo de que no venga, porque apenas se lo he dicho, ni le he animado, ni le he motivado…. no sea que quiera ir y abandone el nido familiar dejándome un gran vacío, que nada ni nadie podría llenar…

Anochece en el campamento. El sol se estira todavía lo que puede para seguir acariciando de forma tenue las hojas de los majestuosos árboles que rodean las tiendas de campaña. Pero ya se avecina la noche y se empiezan a vislumbrar estrellas en el cielo, un poco de fresco que pide ponerse una sudadera y los sonidos del bosque comienzan a ser distintos, más misteriosos y ocasionales, como si las criaturas que los habitan quisieran comenzar a jugar al escondite. Los niños y niñas ya están inquietos con la actividad de la noche, ¿un juego de pruebas y enigmas, animado con personajes legendarios y fantásticos? ¿O una velada donde poner en juego nuestros talentos creativos y nuestros dones artísticos? Y después, antes de irnos a dormir, la canción final que teje nuestros corazones como una red, y que nos hace irnos a dormir sabiendo que pertenecemos a algo más grande que a nosotros mismos, a otra familia por lo menos estos días, aunque recordemos a veces con cierta nostalgia a la que dejamos en nuestra casa.

Pero estos días nuestro hogar será otro. Con menos comodidades, eso sí, pero con más posibilidades de hacer nuevos amigos y amigas, o de afianzar los que ya tenemos. Tiempo de calidad para jugar sin pantallas ni ordenadores, ni móviles, ni estar absortos viendo las últimas tonterías de las redes. Creatividad en bruto, necesidad de contacto, de estar con, de ser entre, de vivir para. Tiempo de sacar las capacidades y los talentos, a veces escondidos o reprimidos. Tiempo para aprender y crecer, sin libros de texto encorsetados y sin programas curriculares, entre naturaleza y bichos. Tiempo para medir el tiempo de otra forma, para respirar aire puro y para aprender a gestionar las emociones y la frustración. Tiempo para la superación y la inteligencia social.

Para muchos de los niños y niñas que lo viven, es un acontecimiento anhelado todo el año, y para otros es un auténtico descubrimiento. Otros muchos no lo van a vivir nunca, ¡qué pena!. La imaginación, la participación y el trabajo en grupo son piedras angulares. También una fe compartida, vivida y celebrada juntos, como comunidad que está viva y que trasciende a sí misma, mirando al mundo con simpatía y esperanza, forjando seres humanos con valores que quieren cambiar cosas, que aprenden a ser críticos, a tener opinión y juicio. El campamento es una siembra, que como todo ejercicio agrícola, requerirá después atención a la semilla plantada, tiempo de cuidado, respeto de los tiempos que marca la madre naturaleza y mucho cariño. No siempre sale un árbol de una semilla plantada, muchas se quedan por el camino. Pero eso no nos puede impedir sembrar y sembrar, aunque nosotros, los de aquí y ahora no veamos el fruto soñado.

Hacemos un campamento porque no somos conformistas y porque queremos vivir la existencia con pasión y consciencia. No, no queremos sobrevivir y no nos vale con el transcurrir del tiempo de forma mediocre, con las dosis de comida, dormida y entretenimiento cada día, a base de pantallas y redes. No, queremos proponer algo distinto, porque no queremos ser borregos que caminan al ritmo que marca el salvavidas de turno o la moda de la cultura. No queremos que otros y otras se forren a costa de marcarnos los gustos y las necesidades. No queremos ser ovejas dóciles que hacen porque otros hacen o dicen porque otros dicen. Queremos tomar decisiones, aunque sea éste un ejercicio a veces difícil, y aunque nos complique la vida. Queremos ser ciudadanos con capacidad de pensar y de discernir. Hacemos un campamento porque creemos en la gente, y en el inmenso don que tienen los niños y niñas que quieren participar. Hacemos un campamento porque sabemos que todos y todas tenemos magia, y que este mundo está sediento de algo más que de refresco edulcorado de la autoimagen y de la satisfacción inmediata. Hacemos un campamento, porque no nos conformamos con mirarnos el ombligo, sino que queremos mirar al horizonte, y ver por nosotros, las posibilidades tan grandes que hay para el presente y el futuro. Y lo hacemos, porque sabemos de la importancia de acompañar, de la educación no formal, del uso creativo y constructivo del tiempo libre (que ciertamente con un móvil en la mano, es muy escaso). Y por supuesto, hacemos un campamento porque sabemos que todo ser humano es amado de forma personal y radical por Dios, más allá de cualquier circunstancia o situación.

El campamento es una escuela de vida, en la vida y para la vida. Quizá para algunos sea solo un tiempo para pasarlo bien y ya está, pero nosotros sabemos que la huella que deja a las personas que lo viven va más allá de unos días de vacaciones. ¿Y qué decir del equipo de monitores y monitoras? Por lo menos del campamento en el que yo participo: jóvenes que no cobran dinero por estar ahí, que dedican tiempo, trabajo, ilusión, algún agobio y disgusto. Estos jóvenes sí que merecen la pena, sí que molan, aunque no sean titulares en los telediarios. Cuánto hay de deseo de servir en sus corazones, que más que dar, se dan. Eso es rebeldía, porque no se conforman con el mediocre bocadillo de la mortadela sosa de cada día. Y además, hecho con alegría, entusiasmo y buen humor. Hay jóvenes que quieren más y buscan fuentes de agua más viva y duradera para saciar la sed de autenticidad. ¡No hay oro en el mundo para pagar esta entrega! Pero yo estoy seguro que se sienten pagados por el abrazo y la sonrisa de los niños y niñas del campamento, por el deber bien cumplido, por la entrega generosa de forma tan gratuita, por contribuir al bien común, por aportar algo a la utopía de un horizonte más humano, justo e integrador.

Cuando termine el campamento, al despedirse unos y otras, lágrimas de emoción incontenibles, agradecimiento y algo de dolor, ¡pues claro! por la ruptura, que no deja de ser un ensayo para las rupturas que vendrán en el transcurso de la vida. Algo termina pero algo comienza a la vez. Termina un campamento, pero sigue la vida. Finaliza una etapa, pero ¡cuántas nos quedan por vivir! Porque lo mejor está siempre por llegar.

Y esa noche, al acostarnos de nuevo en nuestra cama, ya de regreso, un recuerdo y un gracias. Por esa comida que no me gustaba y que tuve que probar. Por ese juego que me encantó, por aquella noche mágica, por aquella mirada, consejo o sonrisa de aquel monitor, por aquella monitora que me cuidó en aquel momento. Por el agua fría de la piscina, por la complicidad con mis amigos y amigas. Por aquella bronca que nos enmudeció y por el canto de los pájaros saludando cada despertar. Por lo duro de levantarse por la mañana y el paseo a los baños a lavarnos la cara. Por aquellas canciones inolvidables y aquellas coreografías tan divertidas, y por esas rutas, algunas tan cansadas y casi eternas. Por ese bocata en la merienda y por tanta risa al vernos disfrazados. Por aquella oración en la que sentí un pellizco en el corazón y aquella celebración en la que me emocioné al darme cuenta cuánto soy amada. Por esa reunión de grupo en la que algunos compartieron desde las entrañas y por mis enfados en algunos momentos, en los que salió de todo por mi boca. Por los miedos compartidos, y los sueños expresados.

Todo ello y más, vivido en carne propia en aquel campamento…, aquel campamento que dejó huella imborrable en mi corazón. Y aunque pase el tiempo, siempre me acordaré de aquel campamento…

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