Martes, 14 de julio de 2026
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Elogio de la librería de viejo
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Elogio de la librería de viejo

Publicado 14/07/2026 07:54

Éramos mi hermana y yo niñas lectoras con poco dinero. Niñas de barrio que no bajábamos al centro hasta que alguien le descubrió a mi madre una librería de saldo allá por el caño Mamarón. Los de la ciudad pequeña son así, las calles tienen el nombre de la tradición y el plano del familiar que vive cerca, sí, mujer, un poco más allá de la casa de Félix, el dentista, el primo de tu abuelo. Total, que allá nos mandó con una pequeña cantidad de dinero a cada una y un buen rato para hojear y ojear anaqueles ahítos, montones de saldo, lomos y lomos con los que llenar nuestra feliz bolsa de lectoras. Desde aquel entonces, amo con pasión las librerías de viejo que le permitieron a una niña sin más libros que los que nos regalaban en los cumpleaños iniciar la pequeña biblioteca.

No me puedo sustraer a la llamada de una librería de viejo. Esté donde esté. Y ni les cuento los puestos de libros de un rastro o mercadillo. Mi perdición. Todavía recuerdo la emoción de recorrer la calle Donceles, junto al Zócalo mexicano. Una librería de viejo tras otra, inmensas, húmedas, apretadas, oscuras, propias del “Aura” de Carlos Fuentes donde hallar una primera edición de Elena Poniatowska. Una estancia de la UNEAC en La Habana llena de libros que nadie quería. Los buquinistas de Paris, la deliciosa Cuesta de Moyano cerca de Atocha. Libros que esperan el nuevo dueño que curiosee la dedicatoria, deje caer la flor prensada, el mensaje de amor, la estampita religiosa o la entrada al cine. Restos de una historia que también guarda secretos y anotaciones. Alguien amó el libro que ha acabado en la librería de viejo donde, cuidadosamente, Miguel Ángel o Sergio, de La Nave, le dan una nueva oportunidad.

De mi niñez con pocos libros me traje puesta el hambre, y algunos de los libros que ansié entonces los he encontrado en la Feria del Libro antiguo y de ocasión, esa que ahora quieren más breve las autoridades municipales. Para todo aquel que busca lo que anhela al precio que puede pagar es una oportunidad hermosa. Hermosa como lo que le enseñas al niño y no conoce: cromos, estampas, mariquitas, miniaturas, latas, cuentos de Calleja. Y qué decir del bibliófilo que sabe de todo y guarda el secreto de lo antiguo, del coleccionismo. Pero no hace falta que nos pongamos exquisitos. El estudiante con poco dinero, el lector que nunca tiene suficiente, el amante de los libros. Las librerías de viejo y las Ferias son nuestro patio de recreo, lo que nos hace más humanos, más sabios y más buenos. Por eso las defendemos, y por eso, cuando paso por la caseta de Rivas les doy las gracias en silencio. Porque alguien le contó a mi madre que había un sitio, ahí cerca de la Trinidad, donde vendían libros baratos. Pero que muy muy baratos. Y ahí nos mandó, a las pequeñas lectoras con un billetito que apretamos en el puño esperanzado. Niñas con pasión por la lectura. Niñas que siguen yendo a comprar libros de viejo.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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