Nuestra sociedad arrastra desde tiempo inmemorial una serie de tradiciones y costumbres que echan raíces en nuestra cultura a través de hábitos y rituales más o menos admitidos. Una de estas manifestaciones son las supersticiones. Parece ser que los celtas ya creían que las almas habitaban en los árboles y de ahí la costumbre de tocar madera para invocar su ayuda. Otro caso frecuente es el de las personas que sienten fobia hacia los gatos negros, que tiene su origen en la Edad Media por asociarlos con las brujas. Por cierto, una demostración de que las supersticiones tampoco son universales es que, en Escocia, la aparición de un gato negro es síntoma de buena suerte. Para ir finalizando, reconoceremos que el trece es un número con mala fama, sin embargo, creer que se atribuye a que Judas era el comensal número trece de la Ultima Cena, pierde parte de esa razón ya que el miedo al martes y trece choca con el hecho de que el día verdaderamente fatídico -Viernes Santo- debería ser el viernes y trece.
Cuentan del científico Borh, danés, Premio Nobel de Física en 1922, que en cierta ocasión recibió la visita de un colega que, al entrar en su laboratorio, se sorprendió de ver colgada una herradura sobre la puerta. Extrañado le comentó: ¿Cree Vd. que una herradura puede traer buena suerte? Sonriendo, Borh le contestó: Desde luego que no. Sería ridículo que lo creyera, pero dicen que una herradura trae buena suerte, creas o no en ella. No seré yo quien me oponga a esa lógica.
Es muy posible que, con el paso del tiempo, esta anécdota haya sido adornada, pero lo que de verdad tiene fuerza es su paradoja.
Nos ha tocado vivir en una época en la que existen personas racionales, informadas y cultas que, no obstante, siguen colgando herradoras “a diestra y siniestra”, a veces, mucho más rebuscadas que esas otras supersticiones populares.
El supersticioso también ha evolucionado. Ahora hay colectivos -también en la política- cuyas decisiones lee muy poca gente, y formalidades que se mantienen “porque siempre se ha hecho así”, o se repiten noticias porque se han difundido miles de veces.
Ejemplo de todo esto es la anécdota de Borh porque define las tentaciones del hombre: hay cosas en las que no creemos, pero, por si acaso, tampoco queremos renunciar a ellas. Las nuevas tentaciones no se combaten con otras más modernas y científicas, el verdadero progreso es preguntarse por qué hacemos las cosas.
Hoy por hoy, es verdad que nos creemos más pragmáticos, pero, a ser posible, no queremos pasar por debajo de la escalera.
Creo que ya he referido en estas páginas la anécdota de la que fui testigo: contemplaba una partida de mus, uno de cuyos jugadores era un sacerdote. Atravesaba una mala racha y uno de los espectadores le dijo: ¿No creerá Vd. en gafes? El cura, mostrando una sonrisa algo forzada, le contestó: ¡Tanto como en Dios, amigo!
Está demostrado que la mayoría de nuestras supersticiones giran sobre tres conceptos: disponer de buena salud, no pasar necesidades y gozar de buena compañía. Es decir, buscamos fundamentalmente tener buena suerte. Para alcanzarla hay quien entra en todos los sitios con el pie derecho; usa siempre esa prenda que llevaba puesta cuando recibió la primera alegría, o no se atreve a decir que lleva mucho tiempo sin tener averías en casa para que no llegue la primera.
Si el supersticioso es una especie de sujeto pasivo de la mala suerte, el gafe sería el pretendido sujeto activo. Pues bien, en España tenemos varios millones de supersticiosos -con sobradas razones para serlo- y un solo gafe que okupa La Moncloa. Si bien es cierto que las desgracias no miran al calendario, hay que reconocer que, en el tiempo que lleva Sánchez de presidente, se han cebado con este pobre país.
El Covid-19, el volcán de La Palma, la borrasca Filomena, los incendios forestales, la Dana de Valencia, el descarrilamiento de Adamuz o el reciente incendio en Almería han sido desgracias que han costado demasiadas vidas de españoles, algo que ya es irreversible. Pero es que, como las desgracias nunca vienen solas, todas ellas han estado aliñadas con un rosario de corrupciones que tienen imputadas a más de cien personas con responsabilidades políticas – o familiares y amiguetes- en este gobierno o en su partido. De momento, estas vilezas no han costado vidas humanas, pero sí que afectará a muchas de esas vidas la ingente cantidad de millones de euros que fueron gastados de forma descarada y deshonrosa, y esos millones tampoco será reversibles.
Por todo ello, declaro no ser supersticioso, que trae mala suerte, pero creo, a pies juntillas, en gafes de carne y hueso.
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