, 12 de julio de 2026
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Rafael Cerro y Alejandro Mora abren la Puerta Grande en la plaza de toros de Moraleja
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Extremadura

Rafael Cerro y Alejandro Mora abren la Puerta Grande en la plaza de toros de Moraleja

Publicado 12/07/2026 03:02

Manuel Escribano causó baja a última hora por una lesión de hombro y fue sustituido por el extremeño Rafael Cerro

El festejo taurino de las fiestas de San Buenaventura dejó una tarde de interés para el aficionado en la plaza de toros de Moraleja. Bajo un calor más benévolo de lo habitual para un mes de julio en Extremadura, los toros de Adolfo Martín protagonizaron un festejo exigente, fiel al encaste, que puso a prueba a los tres espadas. La divisa del ganadero moralejano presentó un encierro muy parejo de hechuras, de capa cárdena ordinaria y excelente presentación, confirmando las buenas sensaciones que ya había dejado por la mañana durante el encierro.

Más de media plaza registró el coso, con numerosos tendidos de sol vacíos, no por falta de afición, sino por la intensidad con la que el sol castigaba la plaza a las siete de la tarde.

El cartel sufrió una modificación de última hora por la baja de Manuel Escribano debido a una lesión en un hombro. Su puesto fue ocupado por el cacereño Rafael Cerro, quien respondió con una actuación de gran compromiso y acabó saliendo a hombros.

Abrió plaza Morenito de Aranda frente al número 36 de la corrida. Desde los primeros lances de recibo se adivinó el comportamiento del astado: embestidas bruscas, con la cara alta y sin terminar de entregarse al capote. El burgalés trató de someterlo obligándole a humillar, pero el toro nunca terminó de emplearse.

Acudió dos veces al caballo dejando patente su bravura, aunque el castigo recibido en varas resultó excesivo. Con la muleta, Morenito insistió en llevar la embestida por abajo, pero el toro nunca permitió construir una faena ligada. El diestro, incómodo durante buena parte de la lidia, terminó resolviendo la papeleta sin encontrar el acople necesario.

Tras un pinchazo dejó una estocada efectiva que bastó para que la presidencia concediera una oreja, premio excesivo por el escaso contenido artístico de la labor.

El cuarto, segundo de su lote, ofreció mayores posibilidades. Morenito pudo expresarse mejor con el capote y el toro acudió de nuevo con alegría al caballo, esta vez con un castigo mucho más medido. Antes del inicio de la faena de muleta brindó el toro al ganadero Adolfo Martín.

El astado humilló con mayor claridad, aunque siempre exigiendo llevar muy sometida la embestida. Los primeros compases de la faena resultaron prometedores, pero la rapidez con la que el toro aprendía terminó por apagar las opciones de lucimiento. El burgalés recurrió entonces a molinetes, trincherazos y desplantes para conectar con los tendidos, llegando incluso a solicitar que cesara la música. El exceso de metraje le costó un aviso y, tras cinco pinchazos, rubricó la faena con una estocada. Fue despedido con aplausos.

Rafael Cerro asumió la responsabilidad de sustituir a Manuel Escribano y dejó una actuación de entrega. Su primero respondió al mismo patrón de comportamiento que el resto de la corrida. Tras un recibo capotero de tanteo y dos entradas al caballo con un castigo contenido, brindó la faena al público.

Con la muleta supo imponerse a una embestida áspera y nada sencilla, tirando de firmeza y valor para arrancar los pasajes más estimables de su labor. Una estocada entera y efectiva hasta la empuñadura puso en sus manos la primera oreja de la tarde.

En el quinto llegó lo mejor de su actuación. Cerro se mostró más suelto con el capote y consiguió dibujar algunos lances de mérito antes de que el toro comenzara a desarrollar su habitual sentido. Tras dos excelentes entradas al caballo, con un segundo puyazo muy medido, construyó una faena importante, toreando con ambas manos y dejando naturales de gran profundidad, rematados con largos pases de pecho que levantaron al público de los asientos.

Aunque necesitó un segundo intento con la espada, una gran estocada cerró una actuación premiada con dos orejas. El excelente comportamiento del toro fue reconocido con la vuelta al ruedo en el arrastre.

Alejandro Mora también encontró argumentos para abrir la Puerta Grande. Su primero fue, probablemente, el ejemplar de mayor belleza y trapío del encierro. El diestro lo recibió con solvencia a la verónica antes de que el toro acudiera dos veces al caballo, donde el picador midió con acierto el castigo.

Brindó la faena al respetable y se encontró con un adversario de embestidas muy vivas, cortas y exigentes, siempre pendiente del engaño. Mora respondió con firmeza, dejando trincherazos y muletazos de gran mérito que el público supo valorar. Sin embargo, tres pinchazos antes de la estocada definitiva le privaron de un trofeo que parecía ganado, siendo despedido con una cálida ovación.

El sexto permitió al extremeño redondear la tarde. Lo recibió con un capote más lucido, aprovechando la mayor entrega del toro en los primeros tercios. Con la muleta firmó la faena de mayor hondura de su actuación, toreando con ambas manos, ligando naturales templados y largos pases de pecho que evidenciaron el excelente momento del torero.

Muy asentado durante toda la labor, Mora supo extraer el máximo rendimiento a un toro que conservó fondo y transmisión hasta el momento de la suerte suprema, sin apenas mostrar síntomas de agotamiento. El palco premió al bravo ejemplar con la vuelta al ruedo, mientras el espada cortaba dos orejas que le abrían la Puerta Grande junto a Rafael Cerro.

Como imagen final de la tarde quedó el gesto de Alejandro Mora, que besó al toro mientras era arrastrado, en un homenaje de respeto hacia la bravura y la casta de un encierro de Adolfo Martín que volvió a demostrar por qué sigue siendo una referencia para los aficionados al toro íntegro y exigente.