“Hemos perdido la capacidad de indignarnos”. JOSÉ SARAMAGO.
El proyecto electoralista y meapilas de la reacción española (en principio en Madrid, pero con amenaza para todo el Estado) de reconocer derechos jurídicos y de ciudadanía a un ente que ellos llaman “concebido no nacido”, es decir, reconocer como persona un proceso biológico en formación, un cigoto, una mórula, un blastocito, es no solo una ocurrencia más de la estupidez rayana en la demencia que preside la mayoría de las decisiones de una derecha política falta de la más elemental mesura e inteligencia, sino un escalón más en la antigua polémica que ha enfrentado a la ciencia con los más retrógrados y paralizadores dogmas.
Hay una vieja costumbre de la fe cristiana cuando se siente acorralada por la ciencia y el conocimiento: bautizar de nuevo lo que ya tiene nombre científico; en este caso, llamar "persona" a un proceso biológico y abocarse a reconocer, envuelta en bandera, sermón y mitin, la ocurrencia de otorgar plenos derechos jurídicos al "concebido no nacido", una criatura de palabras más que de realidad social, nacida de un cálculo electoral que necesita enemigos pequeños e indefensos -futuros, hipotéticos- para no preocuparse de los reales, de los que ya respiran y sufren en las aceras de los barrios más miserables, en las chabolas, en las colas del hambre, en los desahucios o en las ruinas de Gaza, lugares siempre teóricos para los que nunca van a visitarlos.
El desarrollo embrionario es un proceso gradual, no una iluminación metafísica ni un certificado de empadronamiento. Los comités de bioética de todo el mundo, la amplísima literatura jurídica, los acuerdos supranacionales y los consensos internacionales, además de la comunidad científica (la realmente científica), sostienen que no existe un instante mágico en que un puñado de células se transforme en sujeto moral pleno; hablar así es confundir el dogma religioso con la biología del desarrollo y el proceso de gestación, confundir los tiempos verbales de la vida, los pretéritos posibles con los presentes reales. Recordaba Carl Sagan, que dedicó gran parte de su obra a este debate, que responder a la pregunta de cuándo comienza una vida con derechos exige acuerdos (los hay) que ninguna doctrina sectaria puede ofrecer: la naturaleza no firma actas de nacimiento anticipadas. El Derecho ha situado siempre el momento del nacimiento como el punto de partida de la personalidad jurídica, no por capricho laico, sino porque solo entonces existe un cuerpo separado, una vida autónoma, una identidad física y nombrable, un proyecto con posibilidades de autonomía e, incluso, un llanto que reclama su lugar en el mundo.
Qué generosos se vuelven de pronto los defensores de este embrión-ciudadano cuando ese mismo niño, ya nacido, llorando de hambre malvive en la pobreza de las políticas que fabrican los que lo defienden antes de nacer. Entonces no hay comunicados, ni misas, ni cruzadas, ni reconocimiento alguno. El fanatismo reaccionario que quiere abrazar al “concebido no nacido” elige bien sus víctimas: prefiere la abstracción administrativa de algo con lo que cuento aunque no exista, porque no reclama comedores escolares, ni guarderías, ni médicos, ni vivienda. Es más fácil amar a un feto callado y mudo que a un niño que pide pan.
Detrás de esa ofensiva disfrazada de ternura jurídica y que huele a fascismo se agazapa el objetivo real: erosionar el derecho al aborto y, con él, la soberanía de la mujer sobre su propio cuerpo. Es la misma mano que durante siglos frenó la investigación con células madre, que miró con sospecha la anticoncepción, que combate hoy la eutanasia. Tiene siglos de presencia intimidante, paralizadora, amenazante y siniestra: se llama hipocresía.
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