El pasado 4 de julio tuvo lugar la solemne conmemoración (y el adjetivo debe rebajarse, dado el deplorable protagonismo de la ética y la estética "trumpistas" en el asunto) de los doscientos cincuenta años de la Independencia de los Estados Unidos. Por ello, en mi reseña de esta semana, y en las tres que restan hasta que mi presencia entre ustedes se interrumpa por las vacaciones agosteñas, voy a traerles cuatro grandes libros, todos espléndidos y representativos de la literatura del inmenso país en sus dos siglos y medio de existencia. Y de entre las muchas obras que podrían encarnar la imprecisa noción de “la gran novela americana”, he seleccionado en primer lugar una que figura en cualquier clasificación sobre el asunto: Matar a un ruiseñor, el clásico de Harper Lee.
Estamos en los primeros años treinta del pasado siglo, en Maycomb, Alabama, un pequeño pueblo del deep south estadounidense que todavía vive —como en cierto modo lo hará el país hasta los años sesenta— sin superar las heridas de la Guerra de Secesión, que había enfrentado décadas atrás, con el conflicto racial como principal desencadenante, al Norte abolicionista y al esclavismo sureño. Ese pueblo —tan común de la Norteamérica profunda que cuando Robert Mulligan buscó localizaciones para la que sería una espléndida adaptación cinematográfica, en 1962, encontró su “doble” a miles de kilómetros, en California—, padece además las consecuencias de la Gran Depresión. En ese escenario, Jean Louise —Scout— Finch, una niña de ocho años, narra su infancia junto a Jem, su hermano cuatro años mayor, y Dill, su peculiar compañero de juegos veraniegos, trasunto de Truman Capote, del que la autora era gran amiga, en uno de los innumerables rasgos autobiográficos de la obra. Hijos del viudo Atticus Finch, un abogado que compagina su profesión con la educación de sus hijos, ayudado únicamente por la sensata cocinera negra Calpurnia, Scout y Jem crecen entre los pequeños acontecimientos de la escasamente agitada vida de Maycomb: los chismes de las vecinas, la señorita Maudie inclinada sobre sus azaleas, la hosca señora Dubose en el porche, un perro con rabia que atemoriza al pueblo o un leve movimiento de las cortinas de la ominosa Mansión Radley, suficiente para desatar la imaginación de los niños ante su misterioso habitante.
En ese lento fluir de los días se producirá, en el verano de sus ocho años, el acontecimiento que cambiará la vida de Scout —y también, si saltamos del plano literario al real, la del propio país, pues la novela se inspira en hechos verídicos—: Atticus deberá defender ante los tribunales a Tom Robinson, un joven negro acusado de violar a una muchacha blanca. La descripción del proceso constituye el núcleo central del libro, aunque para narrarlo Scout retrocede al verano en que tiene cinco años y Dill llega por primera vez al pueblo, cuando los tres niños, movidos por iguales dosis de miedo y fascinación, se deciden a adentrarse en la Mansión Ridley para ver por fin a su enigmático ocupante.
La entrañable visión de la niña, esa descripción del mundo que Harper Lee construye a través de los inteligentes e inocentes ojos de Scout, su voz evocando lenta y minuciosamente la infancia, es el primero de los muchos aciertos de la novela. Educada sin madre y con un padre absorbido por el trabajo, Scout, que juega en la calle, rueda dentro de un neumático, se encarama a los árboles, viste peto vaquero, rehúsa comportarse como una “señorita”, se pelea en la escuela, lee junto a Atticus y escucha sus pacientes explicaciones, es una creación literaria excepcional: viva, franca, inquieta, valiente, independiente y profundamente unida a ese padre al que admira y con el que aprende, en ese último verano, a abandonar la infancia.
Desde esa perspectiva infantil, y sobre el delicioso telón de fondo de la vida cotidiana de Maycomb, destacan dos líneas narrativas que sólo confluyen al final, que naturalmente no desvelaré. La más discreta desarrolla el poderoso tema literario del monstruo, de lo diferente, del ser rechazado por la comunidad, encarnado en Boo Radley —con ecos de Frankenstein y también de Steinbeck—. La ternura, la emoción, la belleza y la sencillez con que Harper Lee aborda esta historia constituyen otro de los grandes aciertos del libro.
Pero es la otra vertiente, la derivada de la defensa de Tom Robinson por Atticus, la que ha elevado la novela a la categoría de clásico y la ha convertido en un intemporal manifiesto en favor de los derechos civiles y de la igualdad racial, lectura obligatoria durante décadas en las escuelas estadounidenses y, por tanto, especialmente oportuna para acompañar la conmemoración del 4 de julio. Atticus, con su defensa desinteresada del inocente Tom —dentro y fuera de los tribunales, como demuestra la memorable escena en que evita su linchamiento gracias, involuntariamente, a la natural intervención de Scout—, en el ambiente más fanático y racista del Sur profundo, es ya un emblema de esos valores cívicos. Su honestidad, valentía, integridad, sentido de la justicia, bondad y ecuánime sentido común, como abogado, como padre y como ser humano, lo han convertido en un referente moral, idealizado quizá, pero inolvidable. También aquí aflora el componente autobiográfico: Harper Lee quiso retratar en él a su propio padre. Su ejemplar conducta pública encuentra su mejor reflejo en la educación de sus hijos, a quienes transmite, mediante reflexiones memorables, ese valioso espíritu ético que representa lo mejor de un país que, en los últimos años, tan a menudo parece alejarse de esos muy nobles ideales.
--
Harper Lee. Matar a un ruiseñor. Editorial Harper Collins Ibérica. Barcelona, 2015. Traducción de Belmonte Traductores. 352 páginas. 14,90 euros
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.