Acabado el curso, terminan en la papelera las anotaciones de los meses, los cuadernos llenos de garabatos en los que tratar de apresar el curso de los días, la evolución de notas que se suceden con un extraño cómputo de competencias, una regla arcana de porcentajes que tienen que cuadrar en la solución final que todos buscan sin reparar en nada más: aprobado, suspenso, sobresaliente, pasa al curso siguiente, repite. La aritmética de la reforma educativa es un misterio que, incluso, consigue hacer pasar de curso a un muchacho con todas suspensas, o al menos, todas las que antes considerábamos importantes: matemáticas, lengua, historia, esa física que se atasca antes de cambiarla por el latín o el griego que tienen su aquel. Somos todo modernidad, pero seguimos apuntando en la pizarra de tiza la primera declinación y peleando con los sintagmas. Seguimos hablando de números naturales, primos y hasta sacamos del armario el compás para trazar círculos mientras jugamos con darle vueltas a al globo terráqueo. Y todo sin encender el ordenador que enmudece ahora, en estos primeros días de vacaciones, ahí, en las mesas que se limpian, se pulen, se arrancan todos los avisos de exámenes, los carteles, las listas, los murales de las paredes. Y después, se bajan las persianas, se coloca la geometría perfecta que nadie moverá y se cierra la puerta. Hasta septiembre.
Abajo, en administración, los sobres de matrícula son prometedores, huelen a estreno, a buenas intenciones. Incluso las fotos de los alumnos les muestran con la mejor sonrisa, todos los impresos bien rellenados con letra cuidadosa. Confiamos en regresar con ganas, confiamos en el libro nuevo, la carpeta recién forrada, el estuche en el que no falta ni un lapicero y todo está por estrenar, impecable. Confiamos en ser buenos, en que nos pongan con los amigos, en que nos toquen los profesores más amables, la clase a la que dé menos el sol en un otoño promisorio… pero ahora no. Ahora toca romper los papeles que llenan la carpeta, tirar los viejos exámenes, hacer sitio para las fichas de los nuevos y su rostro esperanzado, temeroso, expectante. Y entre los papelitos que caen de los libros usados, una cartita de amor, una chuleta, un grito de auxilio con una gota de sangre porque también hubo tiempo para hacerse cortes en el antebrazo con la cuchilla destornillada del sacapuntas.
En la agenda escolar que uso porque no me gustan las tablets, se mezcla la tinta de todo un curso. Las fechas de los exámenes, las llamadas a los padres, las citas que acabaron en llanto, los avisos sellados de una expulsión de varios días. Y las alegrías. Buenas notas, una redacción limpia de faltas, original, fantástica. Y un dibujito dedicado a la profe, una pajarita unamuniana. Y ese “gracias” escaso que tan bien nos sabe. Mi amigo Laurent, recién jubilado, escribe en la pizarra “Se acabó la función” antes de salir del aula emocionado. Y yo estos días de trabajo administrativo pienso que sí, que este es un breve descanso promisorio, pero que volverán los intensos y se levantará el telón y abriremos las páginas de nuevo. Los que seguimos, los que atravesamos los pasillos vacíos. Feliz verano.
Fotografía: Fernando Sánchez Gómez
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