En su finca de Gejuelo del Barro, el veterano ganadero y sus nietas analizan el excelente momento de sus reses y el compromiso con un legado histórico
El sol de la tarde comienza a calentar con fuerza sobre los cercados de la finca Valrubio, en el término municipal de Gejuelo del Barro. En este rincón de la comarca de Ledesma, el campo se resiste a perder el verdor típico de la primavera mientras pastan los animales de los dos hierros de la casa: Valrubio y Valdeflores.
Allí nos recibe José Luis Rodríguez, conocido cariñosamente como "Pepe Valrubio", quien nos da la bienvenida con una gorra calada y una camisa de listas color capote y blanco. Es el capote que simboliza su pasión por los toros y el blanco que refleja la pureza de su carácter. Con la piel curtida por los rigores del clima charro, su conversación afable y su rostro risueño delatan al excelente aficionado que ha consagrado 54 años de su vida a la crianza del toro bravo, convirtiéndose en una figura de referencia.
En esta ocasión, Pepe no está solo. Le acompañan sus nietas Cecilia y Patricia Rodríguez Revesado, hijas de Carlos Rodríguez. Es la primera entrevista que conceden estas jóvenes que, junto a sus primos Carlos y Carmen, representan el futuro y la continuidad de una de las divisas más singulares del campo salmantino.
El nexo de unión entre ambas realidades es Carlos Rodríguez, padre de las jóvenes, quien gestiona el día a día con una ilusión desbordante. Los tentaderos y las faenas camperas se programan en el calendario familiar para que todos puedan participar, asegurando una transmisión de valores que ya alcanza a la quinta generación desde el fundador.

El momento actual de la vacada es, en palabras de su propietario, inmejorable. Tras más de medio siglo de dedicación, José Luis Rodríguez afirma con rotundidad que la divisa atraviesa una etapa excepcional, marcada por la evolución de sus dos líneas ganaderas.
"Creo que estamos en nuestro mejor momento", asegura el veterano criador. La evolución ha sido especialmente notable en el ganado de origen Joselito, adquirido por su hijo Carlos para el segundo hierro de la casa, que ha experimentado un "cambio bestial de la violencia a la calidad".
Esta excelente condición se traduce en una embestida de dulce que ha cautivado a los profesionales. Las figuras del toreo solicitan tentar en la finca para prepararse: "Nunca he visto humillar tanto como ahora; los matadores nos llaman porque nuestras vacas son excelentes para entrenar", relata con orgullo, añadiendo que varios profesionales sitúan a su ganadería entre las cinco mejores de España en cuanto a calidad.
Por sí sola, la ganadería anunciada a nombre de Valrubio, creada a finales de la década de los cuarenta del pasado siglo, constituye ya un encaste propio. Los más de setenta años que lleva en manos de esta familia han servido para otorgarle una personalidad única en el campo charro.
El nombre de Valrubio va asociado desde hace años en los carteles al de los jóvenes valores, principalmente de la cantera taurina charra. En los legajos de su historia quedan escritas infinidad de fechas con la tinta roja para resaltar el triunfo, el éxito y la certeza de que la labor ganadera con base Vega Villar transita por el camino correcto.

La dinastía comenzó con el abuelo Salustiano, quien adquirió la base de Vega Villar. El testigo pasó a su hijo José Luis, y de este a su hijo del mismo nombre (Pepe Valrubio), quien ahora cede la responsabilidad a sus vástagos, Carlos y Raquel. La quinta generación ya ruge con fuerza gracias a Cecilia, Patricia, Carlos y Carmen.
La filosofía de la casa Valrubio se mantiene fiel a sus principios de independencia y dignidad. A pesar de haber recibido ofertas para lidiar en plazas de máxima responsabilidad, la familia ha preferido mantener los pies en el suelo y no ceder a presiones externas.
El ganadero recuerda cómo se llegó a plantear la opción de reseñar una novillada para una plaza de primera, pero las condiciones impuestas resultaban inasumibles. "Las exigencias que tienen las grandes empresas te obligan a arrodillarte mucho, y yo, que he sido toda mi vida un ganadero modesto, jamás me he arrodillado. Ni lo haré jamás", sentencia Pepe Valrubio. La divisa prefiere vender al precio justo de mercado sin someterse a las imposiciones de los grandes despachos.

La continuidad de este legado familiar está plenamente garantizada. Para Pepe Valrubio, ver a sus nietas implicadas en las faenas de campo es la mayor recompensa a toda una vida de sacrificios. "Acabar como quiero acabar, viendo que esto va a seguir y que todo está mejorado, es el mayor orgullo que puedo sentir", confiesa emocionado el ganadero.
La afición de las jóvenes viene desde la cuna; el abuelo recuerda cómo Patricia, con solo cuatro años, aguantaba tentaderos enteros en el burladero, y cómo demostró grandes condiciones para torear a los once años antes de decidirse por sus estudios de Medicina siguiendo los pasos de su hermana Cecilia. Las hermanas asumen la responsabilidad con un profundo respeto por la tradición familiar. Cecilia Rodríguez, que acaba de terminar sus estudios, destaca que han crecido rodeadas de valores como "el esfuerzo y la dedicación plena". Por su parte, Patricia Rodríguez añade que el campo bravo enseña lecciones de vida únicas: "Hemos visto en nuestro abuelo y en nuestro padre muchísima constancia, sacrificio y también alegrías, por supuesto".

Al profundizar en las labores diarias de la dehesa de Gejuelo del Barro, las hermanas muestran una sintonía absoluta. Cecilia explica que los tentaderos son, sin duda, su momento predilecto, definiéndolos como el inicio de todo, el espacio crucial donde se seleccionan las vacas que el día de mañana serán las madres de los novillos y la base indiscutible de la ganadería. Por su parte, Patricia complementa esta visión señalando que también disfruta de manera especial cuando lidian en la época estival, ya que es el instante preciso en el que se hace visible el resultado de todo un año de esfuerzo silencioso y constante en el campo.
En estas jornadas, la variedad cromática de los pelajes de la rama Vega Villar, con sus característicos berrendos, luceros y calceteros, convierte cada labor en un espectáculo visual único. Las jóvenes viven con pasión este día a día, admirando la cuidada morfología y las hechuras de unos animales cuya embestida sigue enamorando a los profesionales.

Como representantes de la juventud taurina, las hermanas Rodríguez Revesado analizan el panorama actual con realismo pero sin perder la esperanza. Aunque Cecilia advierte que "las políticas cada vez se separan más de este mundo de los toros", valora positivamente las iniciativas destinadas a acercar a los jóvenes a las plazas.
Patricia se muestra más optimista y destaca la gran respuesta del público de su edad en los últimos tiempos, asegurando que la tauromaquia vive un buen momento y que solo hay que ver cómo se llena Madrid cada tarde o el éxito que tiene siempre el abono joven en Salamanca.
Con una quincena de novilladas por lidiar en la presente temporada, la mayoría de ellas en la comarca de Las Arribes (donde la casa se siente especialmente querida y respetada), la familia entera mira al futuro con ambición. Aunque se sienten cómodos lidiando festejos de promoción para los alumnos de las escuelas taurinas, las nietas de Pepe Valrubio no ocultan sus metas más altas.
"La ilusión de todo ganadero es llegar a lidiar una corrida de toros en Madrid", confiesa Cecilia. Un sueño de grandeza al que Patricia añade el deseo de ver anunciados los nombres de Valrubio y Valdeflores en los carteles de plazas de la categoría de Salamanca o Sevilla. El relevo generacional está asegurado en el campo charro.

FOTOS: Pablo Angular