A sus 62 años, analiza la evolución del ocio nocturno, el auge del tardeo y defiende firmemente el papel de los pequeños locales de conciertos como cantera cultural indispensable.
Pedro San Ricardo es una de las figuras más reconocibles y queridas de la noche salmantina. Con una trayectoria que abarca más de cuarenta años, este DJ y empresario hostelero ha sido testigo directo de la transformación social y musical de la capital charra desde la década de los ochenta.
Nacido en la localidad serrana de Las Casas del Conde, su vinculación con la música comenzó de manera casi fortuita cuando apenas era un adolescentee. Hoy, al frente de la emblemática sala Music Factory, continúa al pie del cañón como promotor de conciertos y dinamizador cultural.
En esta conversación, el veterano profesional repasa sus inicios, analiza el auge del tardeo frente a la noche tradicional y defiende la necesidad de apoyar a las salas de pequeño formato como cantera indispensable para los nuevos talentos musicales.
Pregunta: No eres de Salamanca capital, sino de un precioso pueblo de la Sierra de Francia. ¿Qué recuerdos guardas de su infancia en Las Casas del Conde y de tu llegada a la ciudad?
Respuesta: Estuve allí hasta los 10 o 11 años, cuando vine a Salamanca a un internado de curas. Estuve tres años y luego ya pasé al instituto y a la universidad. En aquella época, llevar a un hijo al internado era una manera de que los estudios no fueran tan costosos. Recuerdo perfectamente mi llegada a la ciudad; era la primera vez que salía del pueblo con aquella maleta de rayas de madera que la gente de mi edad seguro que recuerda.
P: Con apenas 15 años te presentas en un local de la ciudad y le dices al dueño que quieres pinchar. ¿Cómo fue aquel atrevimiento?
R: Me gustaba todo lo que tenía que ver con la música. Me acerqué al jefe del local siendo un pipiolo y le dije: "Hola, quiero pinchar". Él me miró y me preguntó si lo había hecho alguna vez. Yo le mentí y le dije que ya llevaba dos años y que tenía 18 años. Lo curioso es que aquello ocurrió en el mismo local que gestiono ahora, lo que antes era el Bogart y hoy es Music Factory.
P: ¿Tenías conocimientos musicales en ese momento?
R: Sinceramente, no tenía ni idea de música. Lo más redondo que había visto en mi vida era una tableta de chocolate. En mi casa escuchaba lo que ponían mis padres y hermanos mayores: Camilo Sesto, Julio Iglesias, Rafael Farina o Juanito Valderrama. Tuve que ponerme las pilas rápidamente y empezar a cultivarme en ese mismo local.
P: A partir de ahí pasaste por los locales más emblemáticos de la capital y de la provincia. ¿Qué nombres recuerda con más nostalgia?
R: A los nostálgicos les gustará recordar nombres como Madonna —que luego fue la Potemkin—, Limón y Menta —que después pasó a ser Kandhavia—, Number One, Skorpios o Titán. También trabajé mucho en la provincia, donde había salas espectaculares y mucho más grandes que en la capital, como la discoteca Kiu en Ciudad Rodrigo o Chacal en Peñaranda de Bracamonte.
P: ¿Cómo fue tu evolución técnica y cómo viviste el paso del vinilo a los formatos digitales?
R: Empecé en el año 1980 pinchando con singles, aquellos discos pequeños de una sola canción por cara. Luego pasamos a los súper singles, que eran las versiones extendidas, y estuve pinchando exclusivamente con vinilo hasta finales de los noventa. La clave de mi evolución ha sido la adaptación; soy como un camaleón y me adapto siempre al público que tengo enfrente.
P: Compaginaste su carrera en las cabinas con los estudios de Filología Inglesa en la Universidad de Salamanca, aunque no llegaste a terminar la carrera. ¿Se arrepiente de ello?
R: Sí, me quedé en el último curso y es algo de lo que me arrepiento mucho hoy en día. Siempre les digo a los chavales que no hagan lo que yo hice y que terminen sus estudios.
P: En los años noventa dabas el salto al ámbito empresarial como autónomo. ¿Cómo fue ese cambio de DJ a gerente?
R: Mi mujer, Koral, y yo abrimos nuestro primer local en Ciudad Rodrigo en 1992, y en 1994 dimos el salto a Salamanca. Durante los primeros años compaginaba la gerencia con las sesiones de DJ. Para mí, mis empleados eran compañeros; había un vínculo muy sano y satisfactorio entre el empresario y el equipo.
P: ¿Ha cambiado mucho la noche salmantina desde entonces?
R: Ha cambiado por completo. La pandemia de la covid-19 dio un giro de 180 grados al sector. La gente joven sigue saliendo, pero el público de 25 o 30 años en adelante ahora prefiere el famoso tardeo. Nos toca adaptarnos a estas nuevas tendencias.
P: Estar en primera línea de la noche también tiene una cara amarga. ¿Ha visto a mucha gente perder el rumbo?
R: Por desgracia, sí. He visto muchas víctimas en el camino, especialmente en la década de los ochenta. Fue una época de locos porque pasamos del blanco y negro al color de golpe, y mucha gente, incluidos artistas y músicos, no supo controlar aquella situación.
P: Es imposible hablar de tu vida sin mencionar el tremendo éxito de tu canción "Salamanca, arte, saber y toros" en los noventa. ¿Cómo nació aquel proyecto?
R: Fue una aventura musical que se nos ocurrió a otro DJ de Zamora, que también se llamaba Pedro y estudiaba aquí, y a mí. En aquella época toda la música de baile venía de Valencia, y nos propusimos demostrar que en Salamanca también se podía producir. La primera edición en vinilo, de 1992, empezaba con la frase: "Le llegó la hora al bacalao charro". El título no era ningún brindis al sol al mundo taurino, sino el propio eslogan de la ciudad.
P: La repercusión fue enorme, incluso fuera de España.
R: Sí, sonó en todo el país y en parte del extranjero. Salamanca es un nombre muy conocido internacionalmente y la canción hizo mucha gracia porque reflejaba la realidad de la ciudad. Hicimos una segunda versión en 2002 y otra actualización en el año 2012 con motivo de la Capital Cultural Europea.
P: En tu faceta como programador y gestor de Music Factory has apostado por artistas que hoy en día llenan grandes recintos. ¿Qué nombres destacarías?
R: Un ejemplo muy claro es Dani Fernández. Estuvo en Music Factory en acústico justo cuando dejó el grupo Auryn y ahora es capaz de llenar tres veces el WiZink Center de Madrid. Por nuestra sala han pasado grupos míticos como Obús, la Orquesta Mondragón, el Gran Wyoming con su banda Los Insolventes o Supersubmarina.
P: En el sector es muy conocido el trato tan cercano que ofreces a los músicos que visitan su sala. ¿Cuál es su secreto?
R: Para mí, el artista que viene a Music Factory es primero persona y luego artista. Me pongo en su piel; sé lo que es pasar muchas horas en una furgoneta y lo único que quieren al llegar es sentirse como en casa, con un buen catering y un trato familiar.
P: A sus 62 años, ¿está pensando ya en la jubilación?
R: Estoy pensando en la retirada, pero no del todo. Necesito estar siempre activo. Mi intención es bajar un poco el listón y quitarme horas de la noche, que es lo que peor llevo, pero mis conciertos y mis eventos no quiero que me los quite nadie.
P: Para terminar, te proponemos un cuestionario rápido. ¿Cuántos discos tiene en su colección privada?
R: Aproximadamente unos 5.000 discos, y seguro que me faltan muchos que presté a amigos y nunca volvieron.
P: Un local especial de Salamanca que no sea el suyo.
R: Le tengo muchísimo cariño a Paniagua. Lo conocí hace cincuenta años y sigue exactamente igual, ese es su éxito. Lo llevaba mi gran amigo Miguel, que ya falleció, y ahora lo gestionan su mujer y su hija. Es un sitio auténtico donde se mezclan todas las tribus urbanas.
P: ¿Día o noche?
R: Ahora prefiero el día.
P: ¿Vinilo o formato digital?
R: El vinilo tiene un sonido mucho más cálido; el formato digital es más metálico. Me alegra ver que muchos artistas actuales siguen editando sus trabajos en vinilo para los coleccionistas.
P: Complete la frase: "Lo mejor de Salamanca es..."
R: Lo mejor de Salamanca es Salamanca.
P: "...Y lo peor de Salamanca es..."
R: Que no tiene playa, aunque si la tuviera ya no sería Salamanca.
P: ¿Cómo ha sido tu relación con los políticos y personalidades que visitan sus locales?
R: Tengo amigos políticos, futbolistas y músicos, y el secreto de esa amistad es la discreción. Cuando estoy con ellos jamás hablo de política, de deporte ni de música.
P: ¿Cómo defines tu labor en la cabina?
R: Me quedo con el término francés: animateur, animador. Disfruto viendo disfrutar a los demás.
P: Y para cerrar, ¿qué futuro le auguras a la música en directo?
R: Quiero hacer un llamamiento para que se apoye a las pequeñas salas de conciertos. Son indispensables para los grupos noveles; si no tienen estos espacios para empezar, es imposible que den el salto a los grandes escenarios. Lamentablemente, falta apoyo institucional a la cultura en este país.
Vídeo y foto de Vanesa Martins