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Luces y sombras de la economía
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Al cabo de la calle

Luces y sombras de la economía

Publicado 04/07/2026 09:11

La economía española crece tres veces más rápido que la zona euro, según informe reciente del Grupo Económico Goldman Sachs (GS) Se prevé que el PIB (Producto Interior Bruto) de España crezca un 2,1 % en 2026, el mayor crecimiento de la productividad por empleado y hora entre las cuatro mayores economías de la Unión Europea desde 2021. Las mismas fuentes indican que el país se beneficia de una mayor productividad laboral y de una posición fiscal más fuerte.

España está avanzando en varios frentes. La tasa de empleo está en su punto más alto con casi 22 millones y medio de empleos, mientras que la tasa de desempleo ha caído a su nivel más bajo desde 2008, quedándose en unos dos millones trescientos mil desempleados, en torno al 10 %. Todavía un porcentaje muy alto este último, a nuestro entender. La asunción de los grandes flujos migratorios netos ha sido un factor clave para el crecimiento económico, aunque la apertura a la inmigración haya ejercido presión sobre el cada vez más restrictivo mercado inmobiliario.

Más allá de las cifras, nos llama la atención la transformación que se está dando en la economía española. Un cambio estructural positivo sobre una economía lastrada históricamente por la baja productividad fruto del escaso valor añadido de los sectores en los que se sustentaba, la construcción y el turismo, entre otros aspectos.

Afortunadamente, las ganancias de empleo y el crecimiento económico se concentran, cada vez más, en sectores de mayor valor añadido como los servicios profesionales, las finanzas y las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) entendiendo que el valor añadido de un bien o servicio está determinado por la cantidad y cualificación de trabajo que requiere producirlo. El empleo en estos sectores ha aumentado más de un 20 % desde 2019 en España, el doble que Francia o Italia, por citar algunos países del entorno. Un salto cualitativo esperado y necesario que confiemos en que siga aumentando.

Ahora bien, el hecho de que la macroeconomía española sea positiva y vaya por el buen camino no evita que haya sombras en su correspondencia con la microeconomía empresarial y del ciudadano. El que la primera vaya en una dirección y la segunda en otra ha ocurrido en más de una ocasión a lo largo de la historia desde que la economía la tratamos como una ciencia. Pero en pocas ocasiones se ha visto ese distanciamiento entre ambas de una forma tan clara y evidente como la estamos viviendo en estos momentos en que la buena marcha de la macroeconomía no impide el incremento de la pobreza y la pérdida de bienestar de grandes colectivos ciudadanos.

La economía es tan antigua como la humanidad y está en el origen de las relaciones humanas. Hace miles de años, cuando dos pastores intercambiaban una oveja por una cabra, o un cerdo por unas gallinas, estaban haciendo economía. De ahí pasamos al estudio de la economía en las antiguas civilizaciones de Mesopotamia, Grecia, Roma, persas, árabes y llegamos al Mercantilismo en la Época Moderna.

El Mercantilismo comenzó a principios del siglo XVI en Europa (años 1500-1750), coincidiendo con el declive del sistema feudal, el surgimiento de las monarquías absolutistas y los estados-nación modernos. En aquel tiempo, pensadores vinculados a la Universidad de Salamanca aportaron un conjunto de saberes y postulados fundamentales para el tránsito del mundo medieval al mundo moderno. Este grupo de teólogos, juristas y otras ramas del saber, que formaron la Escuela de Salamanca, generó la primera corriente de pensamiento de carácter económico, moral y jurídico. Analizó y debatió las cuestiones morales y prácticas en el sistema comercial incipiente, así como la mentalidad mercantilista y otras consideraciones en relación con el ser humano.

Aunque en las aulas y escuelas de negocios nos suelen presentar al escocés Adam Smith (1723-1790) como el padre de la economía moderna (fruto de la interpretación anglosajona) los fundamentos reales de la ciencia económica y los aspectos básicos del liberalismo económico se escribieron siglos antes, en el XVI, por miembros de la Escuela de Salamanca. Estos pusieron sobre la mesa la ley de la oferta y la demanda, la determinación de los precios, el libre mercado, la teoría subjetiva del valor de los bienes, el establecimiento del valor del dinero, la doctrina del interés general, el análisis del sistema tributario y el mantener a raya el equilibrio entre el déficit y el superávit (algo que a todos nos suena) además de otros aportes al capitalismo que hoy también llamamos economía de mercado.

Compartimos con Joseph Schumpeter su afirmación de que es la Escuela de Salamanca el grupo que más se merece el título de padres de la ciencia económica. A nuestro entender, lo que Adam Smith introduce en su obra “La riqueza de las naciones” (1776) dos siglos después, es el estudio del comercio y los recursos de forma autónoma respecto de la filosofía moral, la ética y la política. Separando así el análisis económico de los aspectos morales y centrándose en las leyes que rigen la producción, la distribución y el consumo de bienes o servicios, abriendo así una brecha importante en los comportamientos del ser humano en relación con la actividad económica.

Adam Smiht, junto con otros destacados exponentes como David Ricardo o Jean-Baptiste Say, defienden que el libre mercado y una “mano invisible” regulan la economía de forma natural, por sí misma. Se oponen a la intervención del Estado y de las Administraciones Públicas, abogan por la propiedad privada y por el libre comercio. A esta forma de pensar se le dio el nombre de “economía clásica”, también llamada “economía política”. Nótese la contradicción de este último nombre cuando entre los postulados de la propia teoría economicista abogan por el que la economía sea autónoma de la política. No obstante, hay que tener en cuenta el contexto capitalista en el que nace esta corriente partidaria del liberalismo económico que no es otro que el de la Revolución Industrial, siglo XVIII y XIX.

Con las aportaciones de unos y otros (Escuela de Salamanca y el grupo capitaneado por Adam Smith) la ciencia económica, evolucionada hacia una ciencia social, nos permite medir la actividad económica de un país utilizando macroindicadores como el PIB que refleja el valor monetario de todos los bienes y servicios finales producidos en el país durante un periodo determinado. El PIB es el estándar internacional y la principal medida utilizada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Contabilidad Nacional que permite llevar a cabo comparaciones homogéneas entre diferentes países o regiones.

Con una visión de conjunto, el PIB permite evaluar el crecimiento, la generación de empleo y la salud general de la economía. Por medio de una medición exhaustiva de la oferta, la demanda y las rentas, nos facilita el origen del valor añadido, cómo se distribuye y en qué se gasta, elementos todos ellos fundamentales para la toma de decisiones en la política económica de un país.

Una política económica que debería tener en cuenta el equilibrio entre las dos ramas principales en que la ciencia divide a la economía: la macroeconomía, que estudia la economía a escala nacional o global en su conjunto, para evaluar la salud económica y el crecimiento de todo un país; y la microeconomía, que analiza el comportamiento individual de los consumidores, las familias y las empresas a la hora de asignar los recursos limitados de que disponen.

Aunque parecen términos técnicos reservados a expertos y haya significativas diferencias, puestas de manifiesto en la década de 1930 por Ragnar Frisch, Premio Nobel de Economía en 1969, tanto la macroeconomía como la microeconomía están más presentes de lo que pensamos en nuestra vida diaria. Cuando decidimos qué comprar o quejarnos sobre el incremento de los precios, estamos interactuando con estas dos disciplinas. Ambas están interconectadas. Lo que ocurre o se hace individualmente impacta, en mayor o menor medida, en el panorama global, y viceversa. Entender estos conceptos no solo nos ayuda a comprender las noticias y las dinámicas del mercado, también nos da herramientas para tomar mejores decisiones con repercusión económica en nuestros bolsillos y en el conjunto de la marcha del país en cuestión.

La macroeconomía y la microeconomía son como dos caras de la misma moneda. La interrelación necesaria entre ambas tiene consecuencias directas en el progreso o el frenazo del crecimiento económico del país y en el bienestar o la pérdida de calidad de vida de las personas. Consecuentemente, en un ecosistema económico como el descrito todo está conectado y cada decisión importa en algún grado o sentido, sea procedente de los gobernantes o de los ciudadanos.

No podíamos terminar estas líneas sin aludir a que tanto la igualdad como la fraternidad son tan necesarias como la libertad de mercado para construir una sociedad sana. No lo olvidemos.

Les dejo con Mary Poppins - Banco de la confianza:

https://www.youtube.com/watch?v=wuHZXVlUPtc

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© Francisco Aguadero Fernández, 4 de julio de 2026

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