“El campo de concentración nazi de Gusen, en Austria, uno de los más siniestros y crueles de cuantos estuvieron abiertos, llamado “el infierno de los infiernos”, será rehabilitado y convertido en museo para visitas turísticas” (De la prensa, junio 2026)
Hay países que conservan las ruinas de sus victorias y otros que deberían conservar, únicamente, el pudor de sus derrotas, pero vivimos en un tiempo que ha decidido convertirlo todo en mercancía, hasta el espanto, hasta la ceniza, hasta el último aliento del último hombre asesinado. Ahora se propone convertir Gusen en museo, como si a la palabra museo no se le hubiera pegado ya el olor dulzón del turismo organizado, de la entrada con descuento, de la audioguía en ocho idiomas, del grupo que llega con pantalón corto, gorra, botella de agua y cámara al cuello, dispuesto a consumir el horror antes de regresar al hotel para zambullirse en la piscina o comentar durante la cena que aquello impresiona mucho pero que el vino de la región también merece la pena.
Hay obscenidades que no necesitan gritar para ser obscenas, basta con organizarlas, basta con ponerles un horario de apertura, basta con vender la entrada e incluirlas en el folleto de las vacaciones. Auschwitz, Mauthausen, Gusen y todos los mataderos industriales donde Europa decidió asesinar su propia conciencia no son, no deben ser, destinos turísticos. No son una excursión ni una experiencia cultural y tampoco una actividad para completar el puente de mayo. Son tumbas, cementerios sin lápidas, iglesias sin Dios donde la única liturgia debería ser el silencio. Y, sin embargo, se ven desfilar miles de visitantes que fotografían alambradas, barracones, hornos crematorios y cámaras de exterminio con la misma naturalidad con la que fotografían una plaza barroca o una cascada, porque el teléfono móvil, su ojo hambriento, ha terminado por igualar el asesinato y el paisaje, la tragedia y la postal, el crimen y el recuerdo turístico.
No se trata de negar la necesidad de conservar esos lugares, todo lo contrario. Es necesario, y exigible, que permanezcan en pie mientras exista un solo ser humano capaz de olvidar, para que la piedra siga acusando a los verdugos cuando ya no quede ninguno vivo para responder; y que los historiadores puedan estudiar allí la anatomía del mal; y que las instituciones democráticas puedan acudir periódicamente a pedir perdón en nombre de una civilización que fracasó estrepitosamente. Es necesario que los familiares de las víctimas encuentren allí un lugar para llorar. Pero hay que rebelarse contra esa feria sentimental del turismo de la atrocidad que convierte los lugares del crimen en itinerario y la memoria del exterminio en destino recomendado, porque la memoria no puede administrarse con criterios de rentabilidad. El dolor no puede cotizar en la bolsa del ocio, el sufrimiento no puede competir en Tripadvisor con el restaurante de la esquina. Porque eso ya no es memoria sino consumo y vulgaridad. Eso es la definitiva victoria del mercado sobre la conciencia.
Es la misma enfermedad moral que ha contaminado esos llamados ‘museos de la tortura’ donde bajo apariencia cultural se exhiben con orgullosa iluminación de escaparate los garrotes, las tenazas, los potros, los cepos y las herramientas con las que inquisidores y verdugos despedazaban cuerpos mientras los visitantes sonríen, comentan, hacen fotografías y continúan después hacia la terraza para tomar una cerveza o hacia la tienda de recuerdos para comprar un imán de nevera. Hemos conseguido lo más ruin: domesticar el espanto hasta convertirlo en entretenimiento, logrando que la barbarie pague impuestos, venda entradas y dinamice la economía local. Hemos prostituido la memoria poniéndole taquilla.
No todo debe abrir sus puertas al público. Hay lugares que necesitan conciencia, no mirones. Hay edificios cuya única función es avergonzarnos junto a los muros que no fueron levantados para recibir turistas, sino para recordar siempre hasta dónde puede descender el ser humano cuando deja de reconocer como semejante al otro. Quien quiera honrar a las víctimas debería acudir con la gravedad con la que se entra en un cementerio, no con la alegría distraída del viajero que va tachando monumentos en una guía. Hay escenarios cuya dignidad comienza exactamente donde termina el turismo. Lo demás es convertir las cenizas de millones de inocentes en una parada más entre la piscina del hotel y la comilona de las dos de la tarde. Y esa es una infamia que ninguna sociedad verdaderamente civilizada debería permitirse.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.