Lunes, 29 de junio de 2026
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Tarjeta roja
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Tarjeta roja

Después de contemplar el penoso espectáculo puesto en escena por Pedro Sánchez y su clac durante la sesión de control al gobierno el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados, cualquier esperanza de que vuelva a recuperarse la normalidad del debate parlamentario digno de toda democracia que se precie de serlo, se antoja poco menos que imposible. Acababa de conocerse la sentencia del Supremo -adoptada por unanimidad- y, sin embargo, todo parecía indicar que los verdaderos culpables de los delitos juzgados estaban sentados en los escaños de la oposición. El Gobierno y sus representantes no se dieron nunca por aludidos; es más, tuvieron la precaución de no contestar a ninguna de las preguntas que les formularon sobre esa sentencia y la responsabilidad de quienes debían haber evitado los enjutos saqueos a las arcas del Estado. De nada han valido la montaña de pruebas incontestables que se han adjuntado, ni las declaraciones aportadas por los testigos. La táctica es la de siempre: todo es un montaje de la derecha empeñada en “poner de manifiesto una sensación de corrupción generalizada que no existe” para acabar con este inmaculado gobierno. No importa lo que se pregunte, la respuesta ya se lleva preparada a base del archisabido “Y tú, más”, que equivale al burlón “Ya sé quién dices, pero no ha venido”. A la vista de tales planteamientos, este extraño presidente se dispuso a echar al resto y proclamar: ¿Cómo no vamos a continuar? Le faltó añadir: “Quiero recordaros que, si no lo hacemos, esa derecha que tanto protesta acabará con el momio que disfrutamos todos los demás”. Estamos viendo a diario que los partidos que apoyan a este gobierno, digan lo que digan desde las tribunas de Congreso y Senado, a la hora de votar cualquier medida que pudiera ocasionar la destitución de Sánchez, nunca se unirían a la derecha. Además de antiespañoles, independentistas o filo terroristas, son astutos. Amenazarán a la hora de pedir, pero recularán a la hora de dar. Por esa vía, Pedro circula muy tranquilo.

Después de escuchar las declaraciones de Ábalos y Sánchez, con ocasión de la censura que desbancó a Rajoy de La Moncloa, por mucho que se pudiera desconfiar del candidato a la Presidencia, estoy convencido de que nadie podía suponer hasta dónde llegaría para perpetuarse en el cargo. Hay “jugadas” que nunca esperábamos ver en el tablero de ajedrez de este maestro trilero. Ha demostrado, con creces, que nada está por encima de él. Ni democracia, ni Constitución, ni independencia de poderes; todo es susceptible de bordear. Para ello basta con prostituir -ahora no hablo de saunas- la ley, la moral, la historia y la memoria, y habitar en una Arcadia a medida de sus caprichos.

Ahora mismo, España está en boca de todas las democracias occidentales. A base de continuos desplantes, hasta las naciones que componen los organismos internacionales a los que pertenece España han acabado por poner en solfa nuestras decisiones. La reputación y el auge que había adquirido nuestra democracia desde que “rematamos” la Transición, han perdido tantos enteros que ya hay quien no se fía de España. Ya no acudimos a reuniones donde se estudian soluciones a los problemas que surgen cada día, ni se nos tiene siempre en cuenta a la hora de repartir consejos o ayudas.

Veinticuatro horas después de la sesión de control, se votaba en el Congreso una iniciativa de PP, VOX y Junts en la que, entre otros temas, se instaba a Sánchez a someterse a una cuestión de confianza para que dimita y convoque elecciones generales. Ya se sabe que es un trámite sin efectos jurídicos, pero es la primera vez que el gobierno pierde una votación en el Congreso por el apoyo de uno de los partidos que le sostienen. Hecho el recuento, los súbditos del p… amo prorrumpieron en un aplauso a la búlgara, en medio de una risa forzada a la vez que desafiante. Es tal el grado de borreguismo que domina la hueste progresista, que hace pensar si es cierto que dentro de este sucedáneo de PSOE no queda nadie con vergüenza torera. La cara de Sánchez aplaudiendo por querencia su propia derrota era todo un poema. Me preocupa sobre manera que esa risa forzada sea el presagio de contar, en un futuro no muy lejano, con la solución del problema a base de agregar un buen saco de votos comprados.

Con el empacho de futbol que estamos padeciendo, no he podido evitar la comparación de la escena del congreso con una actuación arbitral. Los aficionados saben que, cuando el árbitro muestra la tarjeta amarilla al jugador que ha cometido una falta digna de ella, y el sancionado se sube a las barbas del árbitro y le aplaude, inmediatamente le muestra la tarjeta roja y le expulsa del terreno, Pues bien, España es hoy un partido de fútbol con jugadores de todos los equipos del territorio. El conjunto de ciudadanos con derecho a voto representa al árbitro. En cada partido -elecciones- los jugadores exhiben toda clase de habilidades, artimañas y, a veces, violencia, y el árbitro corrige a los infractores enseñándoles la tarjeta amarilla -disminución de votos-. En el partido del pasado jueves -cuestión de confianza- el capitán del equipo fue claramente sobrepasado y amonestado, pero en un alarde de desprecio aplaudió al árbitro- él y todo el rebaño sanchista. Con arreglo a las normas asumidas por todo el mundo, procede enseñarle la tarjeta roja y expulsarle del campo. El momento preciso de ese castigo es exclusiva potestad del árbitro -en este caso, las próximas elecciones. Si estamos soñando con vencer en próximos campeonatos, debemos votar a quien mejor juegue al fútbol, que nunca debe ser el más marrullero y el menos honesto. No pensarlo dos veces porque los marrulleros se apoyan mutuamente. ¡Tarjeta roja y a la calle!

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