Lunes, 29 de junio de 2026
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La normalidad es un lujo
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La normalidad es un lujo

Publicado 29/06/2026 08:49

Me obsesionan las y los Influencers y prácticamente no hay columna en la que no los nombre; me maravilla esa forma de ganarse la vida que consiste en hacerse fotos, filmarse y contar lo que desayunan, la dieta que siguen, cual es su color favorito y cuantas playas paradisiacas visitan al año. Y cuando digo que me obsesionan es por pura curiosidad antropológica, porque se ganan la vida sin hacer aquello que, machaconamente, nos aconsejaban nuestros padres y abuelos y algunos seguimos prolongando en nuestros hijos: estudia, prepárate, aprende de quienes saben, júntate con los que te aprecian y son buenas personas, lee, discierne, juzga, plantéate mil preguntas y la vida te ira mostrando como responderlas…Pues hete aquí que hay todo un ejército de personas tirando a jóvenes, que viven como marajás sin hacer caso de todo eso, y sin tener que delinquir salvo si los delitos fiscales cuentan, porque la mayoría de ellas y ellos tributa en Andorra o en lugares similares; pero vamos, que no tienen las manos manchadas de sangre. El siglo XXI permite que ser Influencer sea considerado un oficio que, al final, ni siquiera debe ser tan fácil como lo parece, porque vivir eternamente en un posado y tener que nombrar en cada foto que te haces al cabo del día todas y cada una de las marcas que te patrocinan, desde el seguro del coche hasta la ropa interior, también cansará, digo yo.

Y en lo que nuestra santa academia de la lengua encuentra un término más agraciado que “influenciador, -ora” me van a permitir ustedes que siga usando la denominación inglesa, que ya de tan manoseada, hasta me suena española. Esa joya imprescindible del ajuar de nuestra lengua llamada Fundéu, me propone “creadores de contenido”, que yo me resisto a usar porque le tengo mucho respeto a lo de crear y me da que esta gente no crea, solo hace un refrito hábil con lo que pesca por la calle; el primer gran maestro de esto último fue hace muchos años Pedro Almodóvar, vuelvan a ver las películas de los años 80 y 90 y ya me dirán, ya.

Pero volvamos a los Influencers, que he leído recientemente que ya no se lleva lo de tener una vida llena de sofisticación, restaurantes carísimos, ropa de marca y atardeceres prodigiosos en islas remotas. Ahora hay una especialidad llamada “Influencers de lo cotidiano” que tienen éxito en las redes por contar su día a día que nada tiene que ver con lo anterior: son agricultores en pueblos casi abandonados, maestros rurales, pastores o incluso, camareros de chiringuito playero; tener que ganarse la vida como todo hijo de vecino y pasarse sus malos ratos les acerca a esos mirones de las redes que somos todos; finalmente, dentro de la perversidad de todo el montaje, se impone un poco de cordura. En estos días me entero de que una de las cuentas de este tipo con mayor número de seguidores es la de una funcionaria madrileña del ministerio de justicia que presume en las redes de tener todas las tardes libres (a pesar de los madrugones) para ocuparse de su casa, hacer la compra, ir al gimnasio, leer, quedar con su pareja para ir al cine o simplemente pasar horas en su sofá leyendo. Cosas que así relatadas parecen aburridas, pero a las que muchos treinteañeros como la funcionaria en cuestión les cuesta acceder por falta de tiempo al tener que compaginar dos trabajos; o por falta de dinero y ya no digamos, por falta de casa propia. Una vez superada la euforia de la dieta milagrosa, el ejercicio para rebajar tripa y la puesta de sol de cine, parece que tener un trabajo estable, poder pagarse el alquiler de un piso (la propiedad se terminó con el siglo XX) y disfrutar de un par de horas libres cada día son la nueva aspiración de todos esos mortales llamados “seguidores”.

Y digo yo que si Instagram y sus primas hermanas, funcionan todas por un mecanismo aspiracional, deberíamos estar atentos a esas tres cosas a las que aspiran los llamados a ser gobierno el día de mañana y sustentadores de la caja de las pensiones; las tres juntas no son más que la descripción de la normalidad, que no sabemos si existe, pero si es que sí, se ha convertido en un lujo extremo. Los Influencers del funcionariado en la edad de oro del liberalismo económico y los plutócratas tecnológicos es lo último que nos quedaba por ver.

Concha Torres

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