Sábado, 27 de junio de 2026
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Los verdugos (se) aplauden
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Los verdugos (se) aplauden

El problema no es la migración, sino quienes afirman que la migración es un problema”. JORGE VOLPI.

Europa (se) aplaudió. No toda Europa, por supuesto, pero sí una parte suficiente como para helar la sangre de cualquiera que todavía conserve memoria histórica y un soplo de honestidad moral. El pasado 16 de junio, tras la aprobación en el Parlamento Europeo del llamado Reglamento Europeo de Retorno, una parte significativa de parlamentarios respondió con exagerados gestos de victoria, sonrisas y hasta carcajadas de satisfacción y casi un minuto de entregados aplausos. No celebraban el final de una guerra, ni una conquista científica o la ampliación de derechos: celebraban la xenofobia, el racismo, la exclusión. Celebraban que miles de seres humanos, sin haber cometido delito alguno, puedan ser detenidos durante largos periodos, perseguidos mediante operaciones de control dentro del territorio europeo, castigados con prohibiciones de entrada y enviados por la fuerza a países con los que jamás tuvieron vínculo alguno. Y, a pesar de todo eso, lo más aterrador fue el impudor con que lo celebraron.

Leyes injustas han existido siempre, y la historia está llena de reglamentos redactados con lenguaje burocrático para ocultar decisiones moralmente obscenas, aunque lo verdaderamente inquietante ocurre cuando la crueldad deja de esconderse, cuando ya no necesita excusas, cuando abandona el lenguaje avergonzado de quien sabe que está cruzando una línea indigna y adopta la sonrisa orgullosa del vencedor. El aplauso que resonó en Estrasburgo tras la aprobación de ese Reglamento no era el aplauso de la gestión ni del triunfo negociador: era el aplauso de la exclusión, de la xenofobia, el aplauso del odio convertido en identidad de un continente, el odio europeo, nuestro desprecio y nuestro odio hecho ley.

El Reglamento Europeo de Retorno (bien silenciado por tribunas, periódicos y ruletas de opinión), abre la puerta a una de las ideas más perturbadoras, indignas y sucias que haya concebido la Europa contemporánea: los llamados return hubs, centros de retorno (de detención y control) situados fuera del territorio comunitario, auténticos limbos jurídicos donde seres humanos podrán ser enviados aunque no tengan relación alguna con el país de destino, campos de concentración para personas sin delito, encarceladas por países a los que los ‘demócratas europeos’ no dudan en sobornar para que encierre, encadene y someta a seres humanos que esos mismos ‘demócratas’ consideran detritus, basura, restos, molestias…

Europa nació de las ruinas de un continente que había aprendido, al precio de millones de muertos, que la dignidad humana debía situarse por encima de las fronteras, las razas y las patrias. Nació precisamente para impedir que unos seres humanos pudieran ser considerados menos humanos que otros. Pero hoy asistimos al proceso inverso que primero “identifica” al extraño, lo convierte en amenaza y poco después normaliza su exclusión… Y al final, ese infecto proceso fascista se celebra, se aplaude… Y es ese aplauso, repetido y aumentado en miles, millones de bocas, de casas, de bares y de fábricas, es más, mucho más, infinitamente más alarmante que cualquier artículo de ese Reglamento.

Cuando una democracia, o varias, festeja públicamente la degradación de los derechos humanos, el problema ya no son únicamente las víctimas, sino la enfermedad moral de quienes aplauden, de quienes callan, de quienes apoyan o de los indiferentes ante tanta, tanta indignidad. Las democracias no mueren de repente, salvo por la bala en la sien de los golpistas clásicos, sino que se erosionan lentamente, pierden sensibilidad y se acostumbran a la molicie de la boca abierta, hoy a un silencio, mañana a una indiferencia, luego al aplauso a la sinrazón y entran en la aceptación acrítica de una excepción, luego en la costumbre de la desigualdad, después en la dulzona comodidad de aceptar las normas sin pensarlas y no apreciar un desprecio, tolerar un insulto, rodear un obstáculo… y dejarse convencer por vagancia de que una injusticia es algo normal.

La resistencia más urgente contra el fascismo que representa el Reglamento aprobado por la UE, y contra los mil y un flecos de totalitarismo, autoritarismo y dictadura que salpican cada esquina de nuestra realidad, quizá sea también la más sencilla: conservar el escándalo, no callar ante la desvergüenza, negarse a aceptar que la expulsión de seres humanos sea motivo de alegría, negarse a compartir el entusiasmo de los que convierten la crueldad en programa político… gritar, protestar, estar vivos… Y recordar que cada vez que una multitud aplaude el sufrimiento de otros, no está aplaudiendo únicamente una deportación, una ley o un insulto; lo que se está aplaudiendo es la calcinación de la decencia, la renuncia a la propia humanidad.

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