Sábado, 27 de junio de 2026
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En Alba de Tormes, atardeceres con el poeta Pablo González Martín
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ALBA DE TORMES

En Alba de Tormes, atardeceres con el poeta Pablo González Martín

Publicado 27/06/2026 08:30

Un artículo de Sagrario Rollán

En Alba de Tormes, villa mística y épica, ha presentado Pablo González Martín su último libro de poesía, Ahora que decaigo, veo la hierba. El título se configura como un explícito y emotivo homenaje al poeta salmantino Aníbal Núñez, abriendo sendas y claros en los bosques de la memoria y el olvido.

La obra nos devuelve el latido de un pueblo vivo todavía detrás de gritos de pájaros y un perro ciego siempre barruntando muertes con certeza. El trasfondo de la antropología rural, estudiada por el poeta, pero sobre todo vivida, va perfilando en una escritura minuciosa y atenta un horizonte de esperanza agónica que precisa ser explorado por el lector.

En efecto, este poemario no es fácil, ni lírico al uso, ni mucho menos complaciente. En la portada, el carnero, como una especie de tótem, parece avisarnos de la entrada en un territorio construido y deconstruido al tiempo, frente al reto humano de habitar tantos huecos desertados: "sólo huecos de llanto huecos de sed huecos de amor huecos hechos para las flores".

El compromiso de habitar y la casa del ser

No en vano el autor recurre a Martin Heidegger en la nota inicial aclaratoria. El territorio de la obra es real y físico, pero también profundamente simbólico. Transitando las sendas perdidas, por bosques dañados y moradas pretéritas, Pablo entiende el habitar como un acto comprometido de trascendencia.

Al modo del filósofo alemán, el poeta vuelve sobre un lenguaje que quiere tornarse y se declara casa del ser. El lenguaje es hogar, y el creador se erige en el pastor que lo conduce, un cuidador paciente frente a quien pretende erigirse en amo y dueño del mundo contemporáneo.

Porque, según se explicó en la presentación, buscamos espacios no solo reales sino también deseados o soñados, como hacía Dante Alighieri en su Comedia. El desencanto de saber que las grandes ciudades no son verdad, como ya cantara Rainer Maria Rilke, conduce al poeta a la búsqueda de un saber originario.

El saber originario y el rescate de lo rural

La obra evoca un "espejismo sólido o perfil de cielo que altera el orden previsto de las cosas... Me llamas y entra mi cuerpo pero mi alma queda fuera". Más allá del desengaño de la urbe, se intuye un saber que recoge el barro y construye el amanecer.

Se trata de un saber originario que sale al encuentro del que busca con las raíces de lo rural olvidado. Es el rescate del olvido del ser nutriente en la raíz de la tierra, el olvido del ser y del amar auténtico que aquí es recuperado con delicadeza.

El amor como restauración y la voz compartida

Hacia el amor se abre la segunda parte del poemario. Al igual que en el pensamiento de María Zambrano, el amor salva y restaura, reconduciendo el andar errátil por el auténtico habitar con el otro, en otro rostro, en otros ojos. Es un habitar, no un amar en pos de una teoría del amor, ni un acariciar siguiendo el plano ni la línea.

La obra huye de "una cama de quimera para el desenlace imposible de una huida sin reloj para decir se acabaron las horas". No es un libro fácil este de Pablo, pero es una palabra auténtica y necesaria, que ha querido compartir en la voz de sus compañeros de Papeles del Martes, a los que ha invitado a leer algunos de sus poemas en la presentación.

Así, en la escucha de otras voces, el poeta se deja interpelar en el empeño creador de introducirnos por estas sendas perdidas y olvidadas. Una propuesta que se define como una épica de la esperanza, una mística que mira "Ojos de sol solar risa para amanecer un muerto o a un poeta gris cegar de luz". Todo ello vivido en Alba de Tormes, a las puertas del solsticio de verano, bajo la firma de Sagrario Rollán.