¿Qué pasó cuando llegó a aquel lugar y al abrir la maleta, después del fatigoso viaje, se dio cuenta de que venía equivocada?
Ya sé que siempre hay personas previsoras, y ponen en sitio visible, casi como si fuera una bandera, una colorida pegatina de su equipo favorito, de la inolvidable ciudad visitada, de su admirado cantante de rap... El anagrama de su amada profesión… Algo muy llamativo atado en el asa… Incluso nombre y apellidos y teléfono de contacto, por si se pierde, todo claramente escrito en la etiqueta con solapa del identificador que cuelga como un pesado lunes de invierno al amanecer... Un código para su localización, o, los más modernos, un GPS, ¡que los tiempos cambian sin que nadie ponga freno!
Todo eso está muy bien. Pero… no fue éste su caso.
Al llegar a su ansiado destino, abriendo la que creía que era la suya, con sorpresa y perplejidad mezcladas en la misma proporción, encontró…
Un negro misal, una gruesa biblia, varias largas sotanas, y tres cajitas con rosarios relucientes: uno negro, y dos para regalar: uno blanco y otro verde. Unas parejas de calcetines negros, dos pijamas del color del carbón y ropa interior a juego, un par de zapatos tan oscuros como una negra noche sin luna, dos níveas camisas, dos trajes como el ébano, tres blancos alzacuellos y cuatro preciosas estampitas con devotas jaculatorias.
O, quizás, todo lo contrario. Posiblemente halló un alijo de cualquier cosa bien envuelta en paquetitos de distintos gramajes, un revólver, varios lotes de documentaciones falsas, una peluca negra y otra rubia, un par de bigotes falsos y un largo etcétera de despropósitos que mejor no contar, no sea que nos detengan y nos interroguen.
También cabe la posibilidad de que al abrir el equipaje apareciera una boa de marabú, tres pares de zapatos de fino tacón afilado con brillantitos de diversos colores, dos largos vestidos con algo de cola, decorados con relucientes lentejuelas, un par de sugerentes abanicos de largas plumas, tres conjuntos interiores de atrevida seda, dos camisones de satén: uno negro con ancha puntilla y otro rosa nude con abertura lateral y profundo escote, tres pares de trasparentes medias de seda con costura trasera, un amplio y sofisticado neceser lleno de distintos accesorios para el cuidado personal, un antiguo perfumador de cristal con perilla de los que fumigan una esencia oriental amaderada y embriagadora y envolvente, tres barras de labios con distintos tonos de ardiente rojo, un kit de manicura francesa, un joyero con varios collares de ostentosas piedras falsas, una revista de moda…
O puede que contuviera dos pares de mullidas deportivas, cuatro ajustados conjuntos fluorescentes de camiseta y malla, tres coloridas bandas elásticas progresivas para hacer fuerza, una esterilla de pilates, un par de rodilleras de apoyo, dos discos de deslizamiento, ropa interior deportiva, un aerosol relajante muscular, una botella de 600 ml para el agua, unos auriculares inalámbricos verde pistacho, algunos calcetines invisibles, una cítrica colonia fresca y energizante de las que esparcen sensación de frescor…
Sea lo que sea lo que incluyera aquella confundida maleta, se preguntaba en qué país estaría la suya y cómo recuperarla.
Y mientras tanto… pasaba por su cabeza cómo se arreglaría con aquel contenido equivocado hasta que la suya apareciera.
(Yo, por si acaso, de momento estoy haciendo un pompón de lana roja bien grande, con tres ovillos, para colgar del asa de la maleta cuando me vaya de vacaciones, no sea que se confunda con otra y acabe teniendo que vestir con sotana… ¡o con plumas de marabú!).
Mercedes Sánchez
La fotografía, como siempre, es de José Amador Martín, a quien se la agradezco.
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