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De árboles, bosques y... seres humanos
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De árboles, bosques y... seres humanos

Publicado 26/06/2026 07:57

El próximo 28 de junio se celebra el Día Mundial del Árbol. Por ese motivo traigo a esta sección una espléndida novela, El clamor de los bosques, de argumento y temática muy claramente vinculados al motivo central que se conmemora en esa fecha. Su autor, Richard Powers, es un excelente escritor norteamericano, que cuenta en su haber con una larga docena novelas, de las que esta que hoy presento es quizá la más aclamada y sin duda la más premiada.

Sus más de seiscientas páginas se articulan en tres partes, Raíces, Tronco y Copa, y un epílogo, Semillas, que, junto al título, nos sitúan en el universo arbóreo que constituye el núcleo central de la obra. Y es que El clamor de los bosques tiene como protagonistas -más allá de la decena de humanos que integran esta novela coral- a los árboles, a los bosques, a la vida vegetal en general, en un proyecto literario que podríamos llamar ecologista si el término, demasiado reduccionista, no limitara las pretensiones de Powers, que apela a un nivel superior, más complejo y profundo que el meramente político o incluso histórico: el de la vida natural, de la cual los árboles son parte fundamental. El The Overstory del título original admite, además, varios sentidos: el “dosel”, la capa superior del bosque, pero también, quizá, una “sobrehistoria”, algo situado por encima y más allá de la Historia humana.

Reducir una obra artística a un simple “mensaje” resulta empobrecedor; pero si hubiera que condensar la novela en una frase, podría ser: “Los árboles hablan y nos dicen: huéleme, quiéreme, estoy en peligro”. Porque ese es, en esencia, el centro del libro: una lírica y documentada evocación del mundo natural, un recordatorio de la identificación constitutiva del ser humano con la naturaleza y una defensa combativa de la importancia del medio ambiente -en particular árboles y bosques-, fuente de vida hoy amenazada por la depredación humana.

Las doscientas primeras páginas, espléndidas, presentan por separado a los nueve personajes principales en relatos autónomos, unidos únicamente por su vínculo con un árbol. Conocemos así a Nicholas Hoel, descendiente de noruegos e irlandeses, cuya saga familiar queda ligada durante generaciones a un castaño centenario nacido de seis castañas traídas desde Brooklyn. A Mimi Ma, hija de un inmigrante chino que lleva consigo un extraño pergamino y tres anillos de jade, cada uno con la imagen de un árbol representando el pasado, el presente y el futuro, todo ello relacionado con un moral que plantará ya en Estados Unidos. A Adam Appich, niño solitario fascinado por insectos y árboles, que terminará convertido en profesor de Psicología social tras un controvertido paso por el activismo ecologista.

Ray Brinkman y Dorothy Cazaly, un abogado y una taquígrafa para quienes los árboles no significan nada, sellan su amor plantando un árbol cada aniversario. Douglas Pavlicek, veterano de Vietnam salvado por la copa de un baniano al caer de un avión en llamas durante la guerra, acabará repoblando bosques talados. Neelay Mehta, hijo de inmigrantes indios, queda parapléjico tras caer de una encina y transforma su inmovilidad en obsesión tecnológica, convirtiéndose en millonario diseñador de videojuegos. Olivia Vandergriff, estudiante entregada al sexo, las drogas y el desorden universitario, sufre una electrocución que la deja clínicamente muerta durante un minuto; tras esa experiencia, siente que los árboles le hablan.

Por último, Patricia Westerford -trasunto ficticio de la bióloga Suzanne Simard- constituye el eje vertebrador del libro. Niña fascinada por las plantas, marcada por dificultades auditivas y una curiosidad inagotable, se convierte en investigadora y formula un descubrimiento radical: los árboles se comunican entre sí. Ridiculizada por la Academia y expulsada de su puesto, acaba refugiándose en el bosque hasta ser finalmente rehabilitada. Su libro servirá de nexo entre todos los personajes, unidos en la defensa de unas secuoyas gigantes amenazadas y arrastrados, en algunos casos, hacia formas extremas de activismo medioambiental.

Así, las historias se entrecruzan, y la novela se convierte, además de en una indagación psicológica sobre personajes complejos y magníficamente construidos, en una desbordante demostración de conocimiento científico. Powers despliega páginas llenas de información sobre biología, ecología, física o dendrología, junto a reflexiones filosóficas y abundantes referencias culturales, literarias y pictóricas, todo ello al servicio de una tesis principal: los seres humanos somos apenas una parte diminuta de una vida mucho mayor, de la que los árboles representan una de sus manifestaciones más complejas e inteligentes. Y, sin embargo, generación tras generación destruimos nuestro entorno, poniendo en peligro el fruto entero de millones de años de evolución.

Esta propuesta se articula en torno a un doble eje: por un lado, la descripción del funcionamiento y las potencialidades de la vida vegetal; por otro, las insistentes llamadas de alerta ante la destrucción acelerada de los bosques, ignorando que, en el fondo, “somos” los árboles, y que destruirlos equivale a encaminarnos hacia un suicidio colectivo. Planteada así, la novela podría parecer un tedioso ensayo ideológico; pero nada más lejos de la realidad. Aunque sea, en parte, una novela de tesis, la soberbia construcción de los personajes, la riqueza narrativa de las historias, la solidez científica y la abundancia de referencias culturales convierten el libro en una memorable obra de ficción.

Es muy significativa, además, la presencia del tema del tiempo, recurrente en Powers: la pequeñez de nuestras vidas frente a la inmensa duración de los árboles y del universo, así como la aceleración del deterioro del mundo y la urgencia de frenarlo. Igualmente reconocible es el interés del autor por la tecnología, sobre todo a través del personaje de Neelay Mehta: internet aparece como una simulación fascinante pero peligrosa que amenaza con sustituir a la vida verdadera, aunque Powers parece mantener cierta confianza en las posibilidades de la tecnología para ayudarnos a comprender la naturaleza.

Formalmente, destaca la atribución de voz a los árboles, que hablan, nos interpelan, reclaman nuestra atención, escuchamos sus palabras, que se resaltan en cursiva, intercaladas en la narración, en un recurso expresivo que refuerza el planteamiento central del libro.

Una novela espléndida. No se la pierdan.

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Richard Powers. El clamor de los bosques. Editorial AdN. Madrid, 2019. Traducción de Teresa Lanero. 608 páginas. 20.50 euros

Alberto San Segundo - YouTube

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