Lo primero, explico por qué utilizo el término “legal”, muy popular, como sinónimo de respetuoso con las leyes, cumplidor, honesto…y el término identidad para referirme al conjunto de pautas constantes de conductas y modos de relación con el medio, de cada individuo, en su relación (entre muchos otros ejemplos) con las normas y leyes consensuadas en nuestra sociedad.
Lo que mantengo y describo en estas líneas es que ser o actuar respetando las leyes o ser corrupto en el cumplimiento de las leyes, es el argumento decisivo que está en la base de esta característica de personalidad que llamamos “inocente” o “corrupto”. Y que la explicación de que aparezca una u otra manera de relación con las leyes no se debe a que en una situación determinada el sujeto ha optado por situarse en una conducta o en otra. Por desgracia, como ha puesto al descubierto la teoría psicoanalítica hace más de un siglo, los modos de relación con “los otros” tienen un origen remoto, que generalmente se remonta a la infancia del sujeto, y forman parte como “síntoma” o característica del individuo, a lo largo de toda su existencia.
Ahora que parece que toda la actualidad político-económica de nuestro país pende de un grupo de casos en los que la justicia ha de emitir su juicio de “culpable” o inocente, no podemos dejar de guardar distancia sobre las afirmaciones de grupos diferentes (los jueces, los periodistas, los creadores de opinión, los partidos políticos) negando que tenemos una opinión de los corruptos o inocentes que se sitúa más en el nivel subjetivo o de experiencia personal.
Se me hace tan difícil cambiar mi imagen de honestidad de un cargo público que haya mostrado durante largos años su respeto a las leyes, a la imagen de un corrupto, como cambiar la imagen de un asesino múltiple o de un corrupto en su función pública por la de un ciudadano respetuoso con las leyes.
No es el estudio del Derecho de las normas de nuestra sociedad el que define nuestra ética y nuestro grado de moralidad, sino entender que por debajo de nuestra conducta manifiesta, hay una serie de opciones de vida y conducta que son producto de la compulsión a la repetición que arrastra a todo individuo, siendo, para mayor dificultad de comprensión, invisible para el propio sujeto y para el que le observa.
En consecuencia, sería en extremo extraño que un sujeto de tendencias cleptómanas o agresivas en sus relaciones, a lo largo de su vida, cambiase a otras que le llevaran a la madurez social de respetar lo ajeno. E igual de infrecuente y extraño que si una persona cumplidora, honesta y respetuosa con las leyes, de repente iniciara una conducta de delinquir.
Los medios de comunicación actuales, tan pendientes de aquello que es espectacular, que convoca la curiosidad masiva, que provoca el aumento de lectores o de seguidores de un programa, dificultan mucho la neutralidad objetiva del ciudadano medio, el que forma parte de lo que llamábamos hasta hace poco “la mayoría silenciosa”.
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