Miércoles, 24 de junio de 2026
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Las palabras del silencio
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Las palabras del silencio

“Mientras León XIV mantenía este lunes un encuentro con el presidente del Gobierno en la sede de la nunciatura apostólica, varias asociaciones y colectivos de víctimas y supervivientes de la pederastia clerical se han concentrado en las inmediaciones. Protestan por lo que consideran como el enésimo “acto de mala fe” y “falta de humanidad de la Iglesia”, que no ha organizado ni promovido un acto institucional público del pontífice para reconocer a las víctimas”. (De la prensa. Junio 2026)

Ha pasado el Papa por España como pasan los chaparrones de primavera sobre los campos sedientos, dejando el brillo pasajero de las hermosas palabras sobre las televisivas fachadas de las ciudades y sobre las agradecidas conciencias de quienes siempre encuentran consuelo en las epidérmicas proclamaciones morales, y hemos visto a su blanco disfraz de pureza recorrer los escenarios solemnes de un país que conoce demasiado bien la fuerza de los símbolos, los golpes con la cruz, los palios y las graciosas gracias de dios, y los silencios; y lo vimos entre las agujas imposibles de la Sagrada Familia, donde los vitrales derramaron sobre la multitud luces de colores y humos al parecer de absolución, que diríase acudían de otro siglo y de otra esperanza para abrir la boca sin pensamiento y abonar de nuevo el silencio; lo vimos blanco y sonriente, brillante y casi divino, junto a las piedras milenarias de Montserrat, negras y rugosas, que guardan en sus grietas el eco de todas las confesiones y de todas las culpas que jamás llegaron a pronunciarse ni a condenarse ni a lamentarse; lo vimos junto al inmóvil carro de la Cibeles, mientras las cámaras pretendían elevar cada gesto suyo a la categoría de acontecimiento histórico y los comentaristas celebraban, una vez más, las repetidas, tópicas y casi poéticas palabras sobre la fraternidad, la dignidad humana, la acogida al migrante, la convivencia entre diferentes y la resistencia frente a la polarización que corroe las democracias…

Y sin embargo, detrás de aquella escenografía de piedra, de luz y de solemnidad, de corbatas, vestidos y vuelos de tul y seda, detrás de las campanas que parecían sacudir el aire de la tarde con llamados al abrazo, detrás del incienso que ascendía lentamente escalando los altares como un ladrón de tiempo, como si quisiera ocultar bajo su perfumada niebla el peso de un pavoroso silencio, seguía esperando la verdad que no fue convocada, la verdad de los niños violados que envejecieron demasiado pronto, la verdad de quienes atravesaron la infancia como quien atraviesa una habitación oscura llena de manos invisibles y de garras que apresan, la verdad de los que durante décadas llamaron a puertas cerradas y escucharon solo el ruido seco de los cerrojos de las sacristías, las llaves que hacían sordos a los poderosos, porque mientras resonaban, blancas, puras, papales, vaticanas apelaciones a la compasión y al amor universal seguían allí, en algún lugar de los sótanos de la memoria colectiva, en los pasillos del horror y en las memorias de tanto infante arrasado en su inocencia, en silencio seguían los archivos cerrados con mil llaves, en silencio los expedientes ocultos bajo capas de polvo, de oscuridad y de desgana, en silencio las cartas de auxilio que nunca obtuvieron respuesta, las fotografías amarillentas de los internados donde grupos de muchachos sonríen a la cámara sin saber todavía que el tiempo convertiría aquella inocencia en una prueba del abandono; allí seguían, en silencio, las habitaciones frías, los corredores interminables, los dormitorios donde la noche descendía como una orden irrevocable y donde algunos aprendieron demasiado pronto que la obediencia, la devoción, la fe y las caricias de calor eran armas que los iba a matar…

Resulta inevitable preguntarse qué clase de verdad es aquella que puede pronunciarse bajo las bóvedas más altas y, sin embargo, no encuentra voz para nombrar el sufrimiento concreto, qué clase de dignidad es aquella que abraza a la humanidad entera pero calla ante la obligación de mirar a los ojos de quienes fueron traicionados precisamente por quienes hablaban en nombre de Dios, porque la tragedia de la pederastia dentro de la Iglesia no es únicamente la suma de miles de historias individuales quebradas, sino también la historia de una cultura del silencio, de una administración paciente de la sombra y la negación, de obispos que trasladan problemas como quien cambia muebles de habitación, de autoridades más preocupadas por la estabilidad de la institución que por la devastación de las víctimas, de décadas enteras durante las cuales la Iglesia se comportó menos como la casa de misericordia que dice ser que como una fortaleza callada, muda e insensible empeñada en proteger sus murallas…

Mientras tanto, como si una antigua lealtad tribal continuara dictando las reacciones públicas, buena parte de la derecha política vuelve a inclinar la cabeza ante esa realidad incómoda; fuerzas políticas tan severas para exigir responsabilidades a sus adversarios y tan indulgentes cuando las responsabilidades nacen en territorios simbólicamente afines, tan rápida para invocar la protección de la infancia y tan lenta para acompañar hasta sus últimas consecuencias la exigencia de verdad, justicia y reparación cuando el acusado lleva sotana o cuando la institución cuestionada forma parte de un patrimonio emocional que consideran intocable, olvidando que ninguna tradición merece sobrevivir al precio de una sola mentira y que ninguna fe se fortalece mediante el ocultamiento: en el nombre del Padre, del Hijo y del Silencio.

Y así, mientras los aplausos se extinguen, mientras las cámaras abandonan las plazas y los cortejos desaparecen por las avenidas, quedan las piedras de Montserrat absorbiendo en silencio siglos de plegarias y de secretos, quedan los vitrales de la Sagrada Familia derramando colores sobre una ciudad que todavía espera respuestas, queda la Cibeles observando impasible el desfile de las retóricas sucesivas, quedan los siete minutos de aplausos más hipócritas de la historia de este país y quedan, sobre todo, insultadas de nuevo las víctimas, que son la única realidad imposible de embellecer mediante ceremonias, y que esperan todavía que algún día las campanas repiquen no para celebrar la grandeza de las palabras ni los brillos de las luces, sino para anunciar, por fin y sin reservas, el fin del silencio, la llegada de una verdad completa, desnuda y sin incienso, una verdad capaz de atravesar los muros, abrir los archivos, disipar las sombras y devolver a los inocentes, en forma de reconocimiento, de abrazo y de denuncia, aquello que les fue arrebatado cuando nadie escuchaba sus voces de auxilio en el nombre de la Luz, de la Verdad y de la Justicia.

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