El escritor vallisoletano, Premio de la Crítica en el 2025 firma una soberbia novela titulada “Un día de fiebre”.
Si hay en Castilla y León una voz autorizada para hablar de sus autores es, precisamente, también el escritor que ha hecho de la crítica un excelente subgénero literario. Ya sea en sus recientes podcast “Sin gerundios en la lengua” o en sus publicaciones en el diario ABC o en La nueva Crónica de León, el espléndido narrador y gestor cultural –suya es la gestión de la Feria del Libro de Medina del Campo y de Portillo-, José Ignacio García analiza los libros que reseña, se muestra tal cual es frente al lector y lo hace maravillado, admirado, dispuesto a entusiasmar a quien empuja a la lectura del otro. Lo que viniendo de un escritor que debe “vender” lo suyo, no deja de ser admirable. Estamos acostumbrados en el mundo literario, artístico, al yo constante.
Pero José Ignacio no es así, suyo es el tú. En su conversación, sus presentaciones, su charla personal, los autores, los otros, están siempre presentes. Y ofrece al interlocutor el libro que lee, el nombre que le deslumbra. De ahí que, antes de visitar la Feria del Libro de Valladolid, ese prodigio de organización de la mano de Pedro Ojeda, otro de nuestros grandes nombres a la hora de hablar de literatura nuestra, me recomienda encarecidamente que busque la última novela de Rubén Abella.
Qué poco se conocen los autores de una región de tradición literaria, espacios inmensos y renglones como surcos. Poetas, narradores, dramaturgos, investigadores, periodistas… nuestra rica tradición sigue nutriéndose de nombres de primerísima fila, pero qué poco se conocen entre ellos. De nuevo hay que pedir a las autoridades que realicen todo tipo de actos que pongan en valor el patrimonio de nuestras letras. Y que lo hagan juntando, uniendo, descubriendo… como lo hacen fantástica, constantemente García y Ojeda, como lo hace el Premio de la Crítica que, en el 2025, premió a una poeta nuestra, Amalia Iglesias y a un narrador de fuste, el vallisoletano Rubén Abella.
Dice José Ignacio que Rubén Abella nunca defrauda. Ya sea escribiendo relatos, microcuentos o novelas, el autor que tanto ha vivido en el extranjero y que ahora compagina en Madrid la fotografía, la escritura y la docencia, no defrauda, es cierto. Relata con maestría independientemente del género que utilice. Y no es un dato menor que sea fotógrafo, su tratamiento de la realidad es así: observa, consigna, convierte lo que ve en narración y hace que lo veamos, imágenes poderosas, personajes vivos. Pero no se trata la suya de una mera reproducción de la vida con todas sus aristas, no, el tratamiento del lenguaje es en Abella sencillamente magistral. Cuenta, narra, dispone y discurre de una forma tan sutil que el lector se ve inmerso en la trama como si viviera dentro de una película a la que pertenece a través de la lectura.
Tiene Abella en este último libro magníficamente publicado por Difácil, una editorial pucelana de fuste y buena distribución que también es un descubrimiento –suya es la edición del último magistral libro de cuentos de otro nombre nuestro, Rodrigo Martín Noriega- una escritura humanística que compone el espléndido mosaico de un día de fiebre, un día en el que Madrid se sacude con un breve e intenso terremoto que no causa víctimas, sino sacudidas en las vidas de varios personajes. Personajes que fluyen uniéndose y separándose, en medio de una vida que parece interrumpirse para reflexionarse. Y en ellos, una adolescente apenas, un juez prestigioso, un bombero a la espera del desastre, un grupo de gente aún traumatizado, una profesora atónita frente a la realidad… Todos ellos inmersos en este instante de incertidumbre que enciende las alarmas, dispone el cambio y supone, para el lector, un momento sino de fiebre, de gracia.
Porque hay que estar en estado de gracia para escribir esta novela impresionante, y también, para reconocer que nuestra tradición realista, del mejor Delibes, está viva, es original, marcha con paso firme y nos deslumbra. Y cuando es así, buscando el resto de la obra del autor, nos felicitamos por su premio, nos sentimos orgullosos de su genio y agradecemos a quien no deja de sorprendernos con sus fantásticas recomendaciones. Rubén Abella es un nombre seguro, y ahora soy yo quien les recomiendo encarecidamente su lectura. Seguro que no les defrauda en absoluto este día de fiebre y terminan buscando el resto de la obra de un vallisoletano del que estar muy orgullosos.

Charo Alonso. Fotografía: Rosa Jiménez.