El pasado 8 de abril, un jurado compuesto por Rosa Montero, Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca, Jorge Fernández Díaz, Leila Guerriero, José Carlos Llop y Élmer Mendoza otorgó el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, en su primera edición, a El buen mal, de Samanta Schweblin, al considerarla la mejor obra narrativa publicada en 2025 en castellano.
El controvertido galardón -por su extraordinaria dotación económica, un millón de euros para la ganadora y treinta mil para cada finalista; por la participación institucional y la evidente explotación política del evento; y por una notoriedad mediática difícil de desligar de determinadas dinámicas de poder- ha contribuido a situar el libro en el centro de la conversación literaria.
Samanta Schweblin no es una escritora que me entusiasme especialmente. Aunque reconozco su talento indiscutible, el territorio literario en el que suele desenvolverse -lo ominoso, lo oculto, lo enigmático, lo inquietante, lo onírico, lo dislocado, lo misterioso, lo inexplicable, el peligro escondido, la amenaza latente- no me resulta particularmente sugestivo. Y, sin embargo, la mayor parte de los seis relatos reunidos en El buen mal me ha deslumbrado.
Están aquí esas “señas de identidad” de la argentina: el mal como presencia difusa; la alteración de la normalidad; la ausencia de explicaciones causales y de conclusiones cerradas; las historias que sumen al lector en la incertidumbre; la irrupción de lo extraño en lo cotidiano; la ambigüedad en la que viven instalados los personajes, su perplejidad y su confusión; el efecto inquietante de lo doméstico, de lo acostumbrado; las reveladoras grietas que atraviesan los escenarios comunes, los contextos corrientes, los marcos de referencia esperables, previsibles; la tensión entre lo ordinario y lo perturbador; la economía expresiva; la relevancia de lo no dicho, de lo solo sugerido o apenas intuido; la imposibilidad de aprehender las emociones más profundas, los sentimientos más íntimos. Pero, a diferencia de otros libros de la autora, donde la dimensión fantástica y casi sobrenatural resulta dominante, estos cuentos son más realistas, más "próximos" y reconocibles. La extrañeza permanece, aunque desplazada hacia componentes más psicológicos e intelectuales.
La crítica ha señalado siempre la influencia de Cortázar en la obra de Schweblin, y en El buen mal los paralelismos son especialmente visibles. Del autor argentino encontramos aquí la cotidianidad perturbada; la noción de ruptura, de quiebra o desgarro, de fisura en la realidad por la que se cuela lo extraño, lo indefinido, a veces lo innombrable, a menudo lo inquietante; la apertura a “lo otro” -el monstruo, lo desconocido, lo temido o soñado-, que irrumpe o a lo que se accede a través de pasajes, de corredores, de fallas o fracturas, de túneles o pasadizos, de inesperados umbrales, no siempre materiales; la presencia del doble; los juegos entre el aquí y el allá, realidad e irrealidad, vida y muerte; los finales abiertos que dejan al lector abocado al desconcierto, la perplejidad, la ofuscación, lo indescifrable; y también los animales como emblemas de lo inquietante, del desasosiego, de la desazón, como ingredientes del enigma, del misterio. Conejos, caballos y gatos cumplen en varios relatos una función semejante a la del Bestiario cortazariano, actuando como señales de una realidad oculta que se intuye pero nunca llega a comprenderse del todo.
Existen, no obstante, diferencias importantes. Mientras que los relatos de Cortázar se orientan prioritariamente hacia la exploración de lo fantástico, en los de Schweblin se integran en mucha mayor medida las temáticas y los enfoques contemporáneos y sociales, como la familia, la maternidad, la identidad o las cuestiones de género.
Así ocurre en el prodigioso Bienvenida a la comunidad, donde el extraño ritual al que se somete la protagonista permite abordar, además de la distorsión de la realidad, cuestiones como el fracaso existencial, la fragilidad de nuestra vinculación al mundo, los límites entre vida y muerte, la pulsión suicida o la tensión inherente a los vínculos familiares.
También sobresale Un animal fabuloso, protagonizado por dos amigas, Leila y Elena, que, tras décadas distanciadas, mantienen una conversación telefónica marcada por el recuerdo de Peta, el hijo fallecido de esta última. La figura simbólica de un caballo articula un relato sobre la culpa, el miedo, la maternidad, la infancia, el peso del pasado y la complejidad de los afectos, desarrollado con una admirable progresión emocional.
William en la ventana, quizá el cuento más autobiográfico del volumen según la propia Schweblin, presenta a una escritora argentina alojada en una residencia para autores en Shanghái mientras su pareja afronta una grave enfermedad en Buenos Aires. La relación con una escritora irlandesa obsesionada por su gato muerto, William, y la presencia espectral del animal permiten construir una narración sobre la ausencia, el amor, el miedo, la locura y la muerte. El relato entrecruza con gran habilidad la vida cotidiana, la creación literaria y las relaciones personales.
De los tres cuentos restantes, destacan especialmente dos. El ojo en la garganta relata el accidente doméstico que cambia la vida de un niño de dos años y medio, obligado a someterse a una traqueotomía tras tragarse una pila de litio. El trauma familiar se combina con unas inquietantes llamadas telefónicas sin interlocutor visible, en una intensa reflexión sobre la comunicación, la vulnerabilidad y el dolor.
Por su parte, La mujer de Atlántida narra la relación entre dos hermanas adolescentes y Pitis, una poeta alcohólica y marginal que vive aislada en una pequeña localidad costera. A través del recuerdo de una de las muchachas, cuarenta años después, Schweblin construye una historia de iniciación, curiosidad, secretos y pérdida, cargada de simbolismo y emoción.
El último relato, El Superior hace una visita, a mi juicio el menos logrado de la colección, presenta a una mujer atrapada en una existencia rutinaria y solitaria que acaba acogiendo en su casa a una anciana conocida en la residencia donde vive su madre. La irrupción del hijo de la mujer desencadena una serie de acontecimientos conflictivos que introducen, una vez más, la amenaza y la inquietud en un escenario aparentemente cotidiano.
Más realista que otras obras de Schweblin, pero igualmente perturbador, El buen mal confirma a su autora como una singular cuentista.
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Samanta Schweblin. El buen mal. Editorial Seix Barral. Barcelona, 2025. 208 páginas. 19.90 euros
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