Como si la ciudad dijera que la verdadera grandeza no está en las fachadas monumentales, sino en esos patios ocultos donde una rosa florece sin saber que sostiene, por un instante, toda la belleza del mundo.
EL JARDÍN INVISIBLE
Cada rosa es tu nombre
en el jardín inagotable de los sueños.
No sé si florecen en la tierra
o en la memoria de la luz,
pero las veo abrirse
en la región secreta de las tardes,
allí donde el viento
aprende la música de las hojas
y el horizonte se inclina
sobre la mansedumbre del mundo.
Cada rosa es tu nombre.
Y al nombrarte,
los océanos dejan de ser distancia,
el tiempo abandona sus fronteras,
las horas regresan
a la transparencia primera de las cosas.
Habita en mí, aquella tarde.
No como un recuerdo,
sino como una presencia.
Permanece suspendida
entre el temblor de la luz y el silencio,
entre las palabras que no terminan nunca
porque nacen de una fuente
más antigua que la ausencia.
Tus manos atravesaban el aire
como quien acaricia el agua de un sueño,
y el mundo entero parecía recogerse
en el pequeño milagro
de una mirada compartida.
Después llegaron las noches,
los lentos corredores del tiempo,
las estaciones que desgastan la piedra
y dispersan las hojas de los calendarios.
Pero algo permaneció intacto.
Algo que no pertenece a los relojes.
Un jardín invisible
donde siguen floreciendo las rosas
con la obstinada eternidad de la belleza.
Allí te encuentro.
No en la posesión de los días,
sino en su sentido.
No en la fugacidad de la hora,
sino en aquello que la trasciende.
Y eres entonces
vértice de luz,
centro secreto de la tarde,
reina silenciosa de los jardines interiores,
la que abre senderos
donde parecía concluir el camino,
la que derriba los cercos del tiempo
y deja al descubierto,
más allá de toda distancia,
la infinita permanencia del amor.