La luz cruda del calor nos deja recortada la montaña conocida, la silueta que nos acompaña más allá de la planicie de cereal bajo, sin paja, de grano breve porque este año la cosecha no será excesivamente promisoria, mucha lluvia temprana y calor cuando la espiga grana. Y en esas alturas insospechadas, promesa de frescor y verdor, destellan, blancos, inmaculados en su pureza tenaz, los neveros. La blanca pincelada.
Y me recuerdo, casi una niña, subiendo a la montaña con aquellas playeras que nos compraban en las fábricas de la ciudad de toda la vida, que usábamos hasta que se caían de viejas o nos crecía el pie y se rompía la tela. Subiendo con la mochila clavada en la espalda, con la inconsciencia que nos causaba ampollas en la piel por el sol que iluminaba aquellos increíbles, mágicos neveros. Pese al calor de la montaña, la mancha de nieve dura, helada, se mantenía dejando caer la gota licuada de agua purísima, con aquel verdor bajo la cúpula cristalizada. El milagro del invierno en verano, el milagro de su reflejo inmaculado. Ese nevero que es pincelada en la montaña que se recorta en el horizonte de la ciudad letrada, recordándonos la provincia diversa, la carretera que nos abraza.
Somos los viajeros observadores de lo nuestro. Y necesitamos la admiración de lo cercano, el viaje de lo diverso que está al alcance de nuestra mano. Y recorremos el pueblo con sus piedras de granito labradas a maravilla, mirando a la sierra desde la atalaya del artista que puso veletas sobre los berrocales. Y nos admiramos de los troncos artísticos de los viejos castaños, los robles que se abrazan, la carreterita que parece estirarse para descubrirnos un puente que se alza, que deja correr un chorro de agua que es luz ornado de flores blancas. La cercanía nos abraza con la topografía de lo nuestro, el pueblo que se despereza con una iglesia de piedra pura, un cementerio posado sobre el breve teso, la roca que es escultura natural de todo lo bello. Y la silueta conocida de la montaña, la montaña este año ornada de nuevo con pinceladas blancas. Es el descubrimiento del paso cercano y reposado, la belleza de la proximidad, caminantes del mapa del corazón, camino que es sendero.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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