Sábado, 13 de junio de 2026
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Una ciudad real
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Una ciudad real

Cómo referir la ingeniería de los cursos de agua y cenotes de las pirámides mayas, cómo elevar a las palabras la fragancia de la flor de huitlacoche, cómo imitar el lenguaje de la calle, cómo compartir, tal vez, los hallazgos en las librerías de viejo, con una marginalia humanísima, cercana a los muchísimos callejones de los milagros egipcios y mexicanos.

«Que ya solo en amar es mi ejercicio». San Juan de la Cruz

El jueves (¿o fue miércoles por la noche?) recordé lo que es México. No lo hice porque hubiera visto algo la Copa Mundial de la FIFA; fue, en cambio, porque vi (editada) El callejón de los milagros, película mexicana, basada en la novela homónima de Naguib Mahfuz.

México es, en parte, lo que no comunicamos aquí: cómo referir la ingeniería de los cursos de agua y cenotes de las pirámides mayas, cómo elevar a las palabras la fragancia de la flor de huitlacoche, cómo imitar el lenguaje de la calle, cómo compartir, tal vez, los hallazgos en las librerías de viejo, con una marginalia humanísima, cercana a los muchísimos callejones de los milagros egipcios y mexicanos.

Esto, además, lo conocen mejor las personas radicadas allá, o quienes habiendo nacido allá, por motivos del terremoto de 1985, tuvieron que migrar a otra ciudad. Yo solo he nacido ahí, y he viajado de vuelta por motivos particulares. Pero a pesar de eso entiendo, siquiera de manera literaria, acaso por Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Ángeles González Gamio, José Emilio Pacheco, José Agustín, lo que ocurre allá.

Luis Felipe Tovar, quien interpreta a Güicho en el callejón de los milagros, comparte el apellido con Juan Tovar, traductor de Carlos Castañeda al español. Las obras de Castañeda, para quien no las haya leído, como yo antes de entrar en la preparatoria, inician con el título Las enseñanzas de Don Juan, publicado por el Fondo de Cultura Económica, con prólogo de Octavio Paz e ilustración de Vicente Rojo.

El México de Carlos Castañeda, que acaso no resultaría incorrecto relacionar con el de María Sabina, Oaxaca, pone de manifiesto saberes tradicionales de la medicina y sabiduría prehispánica. Para la gente que ha vivido en México, resulta fascinante encontrar la mención de lugares recorridos por ellos, por la perspectiva literaria que arroja esa mención sobre las ubicaciones conocidas en realidad. Así me pasó con El callejón de los milagros y el casco histórico de la Ciudad de México.

Nosotros, ahora, ¿por qué hemos escrito el epígrafe «que ya solo en amar es mi ejercicio»? San Juan de la Cruz, autor de ese verso, quiso viajar a México, así como lo deseó Miguel de Cervantes. Para ambos, el viaje resultó imposible. Carecieron de la suerte de un Sergio Pitol quien, a la inversa —aunque no en relación con España, sino con Rusia—, quiso viajar al país de sus sueños o intereses y lo consiguió. Para Miguel de Cervantes, qué consuelo pudo quedar: su Quijote, impreso en los talleres de Juan de la Cuesta, sí llegó allá y a Perú. También, con base en San Juan de la Cruz, podemos decir algo semejante. Su poesía recorrió lo que él no pudo hollar con los talones.

La literatura de Marcel Proust, que desconozco, habla sobre el recuerdo activado por un aroma. Nosotros ahora hemos experimentado ese recuerdo, pero por medio del sentido de la vista. Desde alguna morada del teatro de la memoria del alma de Giulio Camillo, Francis Yates o Tomás de Kempis, aquella eterna capital del país ha emergido como una nueva ciudad fijada con glifos en la Piedra de sol.

Ese pueblo que se ha quedado sin Copa Mundial es el pueblo que sostiene en su cultura popular letrada el imperio de la flor de cempasúchil y el papel china picado. Esperemos que esta vida a ras de calle nunca nos la arrebaten para envolverla en el papel plástico del capital. Les diré a quién me gustaría ver en las canchas: al Pilas, al Bigote, al Pelos (nombres reales de los apodos que por conservar el anonimato no refiero), a Herrero, con su greña salvaje, pisando el balón, dividiendo el campo de batalla en un plano cartesiano con una hipotenusa imperdible.

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