Sábado, 13 de junio de 2026
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Elogio del ateísmo
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Elogio del ateísmo

“Soy ateo, gracias a Dios”. LUIS BUÑUEL.

Históricamente, las religiones han actuado como un freno al pensamiento crítico, obstaculizando avances científicos y condicionando derechos civiles, en su promoción de la obediencia ciega sustitutiva de la razón y la evidencia científica. La sociedad debe nutrirse de ciudadanos capaces de cuestionar, analizar y decidir desde la autonomía intelectual, cultivando una imaginación sin trabas, libre de rituales y de la tutela de iglesias que pretenden administrar sus vidas a través de divinidades. Los grandes pensadores del último siglo, y no solo en el espectro de la izquierda, desde Marx hasta Gramsci, han dejado claro cómo la religión puede funcionar como un instrumento de hegemonía cultural, perpetuando estructuras de poder y desviando la atención de las verdaderas causas de los problemas sociales, y su crítica no ha buscado nunca anular la fe individual, sino desmantelar su injerencia en la construcción de una sociedad justa y equitativa, y en la maduración de ciudadanas y ciudadanos capaces de mirar en su interior y proyectarse hacia sus semejantes.

La visita del Papa a España, un acontecimiento de primer nivel en el plano político, ha significado, sin embargo, tanto en su tratamiento informativo como institucional, una descomunal bofetada a los no creyentes en la religión que el visitante representa y, por asociación, a cualquiera con la mínima sensibilidad democrática e igualitaria que crea en un país ajustado y respetuoso con sus normas de convivencia, es decir, una comunidad aconfesional. Y, en último lugar, pero no menos lamentable en sus efectos, el tratamiento al Papa ha significado un desprecio absoluto, y hasta obsceno, a la postura a mi juicio más racional de cuantas pueden enfrentarse al dogmatismo religioso: el ateísmo.

Por estas razones, que tal vez no hiciesen falta, este elogio del ateísmo se muestra más oportuno, quizá útil y seguro que iluminador en días de resaca de parafernalia y hartura y borrachera de hábitos, tiaras, credos y jaculatorias. Porque en el concierto de la existencia humana, el ateísmo se erige no como una mera ausencia de fe, sino como una vibrante afirmación de la inteligencia, la cultura y el profundo respeto por la dignidad humana. Ser ateo no niega ni muestra pasividad alguna, sino que es un rasgo de militancia en la luz, en el conocimiento, y vive a la paradójica “sombra” de la lucidez de la filosofía y la historia del pensamiento, bebiendo de autores capitales (y manipulados) en el devenir de la Humanidad, -como Friedrich Nietzsche-, que vislumbraron en su crítica a los valores trascendentes, el afluente de la libertad que invita a construir la confianza entre seres humanos, despojados de dogmas y de las cárceles mentales que imponen dioses imaginados y sus administradores, sus índices y sus biblias. El ateísmo no es un ataque a la espiritualidad privada sino, en su radical naturaleza, en su hermosa anarquía, una enérgica defensa del espacio público como un terreno neutral, un canto a la inteligencia donde ninguna creencia particular, ningún dios y ningún diablo dicte el latido del corazón de los pueblos.

Como ha sucedido en estos bochornosos y en muchos aspectos casi ridículos días de la presencia de Robert Prevost en España -las luces parpadeantes, Bach y los dorados drones no pueden llenar los vacíos de fondo-, la insistencia en organizar la esfera pública en torno a los símbolos y rituales religiosos cristianos, como si la ciudadanía fuera un rebaño homogéneo de creyentes, ha relegado a quienes no profesamos fe alguna a una incómoda e injusta marginalidad. Esta sumisión cultural, que se manifiesta en la sacralización de eventos como esa la visita papal y tanta procesión y tanto cofrade, ha transformado y transforma las ciudades, los noticiarios y las tertulias en escenarios confesionales obligatorios, ignorando la voz de aquellos que, -como Jorge Semprún en sus lúcidas reflexiones sobre la libertad y sus enemigos-, entienden que la verdadera democracia reside en la laicidad, en el respeto a toda creencia, contando entre ellas la de su ausencia. El laicismo, y su expresión total, el ateísmo, lejos de ser hostil a la religión, es la garantía fundamental de que ninguna creencia ostentará poder sobre quienes no la comparten, asegurando que el Estado no favorezca símbolos religiosos, ni financie celebraciones confesionales, ni permita que doctrinas espirituales interfieran en decisiones ciudadanas y colectivas de cualquier tipo, sean educativas, científicas o legislativas.

El ateísmo militante, que no hay que confundir con la irreligiosidad, ni con la impiedad, la incredulidad ni el nihilismo, no aspira a reemplazar una religión por otra, ni a prohibir celebraciones, rituales ni costumbres, sino a reivindicar que la esfera pública pertenezca a todos, que las instituciones representen a la diversa ciudadanía, y que el respeto se dirija a las personas, no a los dogmas. El ateísmo protege a quienes no creen frente a la presión cultural que aún considera intocables ciertos privilegios históricos de las confesiones religiosas, a pesar de que socavan la neutralidad democrática. Una sociedad adulta no puede seguir anclada en supersticiones heredadas, porque su progreso depende del conocimiento, la libertad individual y la convivencia racional. La apreciación y el cuidado de la ciencia, los mecanismos que procuran el progreso social, las leyes de reconocimiento de derechos, la lucha por la igualdad, el respeto al diferente y la fraternidad, nacieron de la audacia humana para dudar, investigar y corregir, pensar, recapacitar e incluso rectificar, pero no de la obediencia a lo sagrado, no del amén, no de dioses ni sotanas. Defender el ateísmo hoy es defender el derecho colectivo a construir una sociedad donde ninguna creencia sobrenatural condicione las instituciones o determine el horizonte cultural de todos, de cada uno; es un acto de radical democracia y un rasgo de una libertad que, afortunadamente, no necesita teoría ni práctica.

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