Miércoles, 10 de junio de 2026
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León XIV: reconstruir puentes en tiempos de polarización
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León XIV: reconstruir puentes en tiempos de polarización

"La pluralidad no debe degenerar en descalificación permanente".

León XIV

"La discrepancia no conlleva humillación".

León XIV

Con el final del curso académico llegan los balances y también el tiempo para reflexionar sobre algunas cuestiones que seguirán acompañándonos durante los próximos meses. Las clases terminan, pero no las preguntas fundamentales sobre el futuro de nuestras sociedades. Entre ellas destaca una que ha atravesado buena parte de la visita de León XIV a España y que se ha convertido en uno de los ejes de su mensaje público: ¿cómo puede una sociedad avanzar unida y proteger a los más débiles sin caer en la trampa de la polarización y el descarte?

Quienes han seguido con atención este viaje han coincidido en destacar que León XIV no ha venido a España para intervenir en debates partidistas ni para ofrecer soluciones técnicas a los problemas políticos. Su propuesta ha sido más profunda. En una época marcada por la fragmentación social, la desconfianza hacia las instituciones y la dificultad para construir acuerdos duraderos, el Papa ha querido devolver al centro del debate cuestiones esenciales: la dignidad humana, el bien común, la responsabilidad hacia los más vulnerables y la necesidad de reconstruir una cultura del diálogo. Sus intervenciones han sido interpretadas como una defensa de la convivencia frente a la confrontación permanente y de una democracia capaz de integrar las diferencias sin convertirlas en fracturas irreparables.

Uno de los mensajes más significativos de su intervención ante las Cortes fue la advertencia de que «discrepar no significa convertir al otro en un enemigo». La frase posee una notable profundidad política. La democracia no consiste en eliminar los desacuerdos ni en alcanzar una unanimidad imposible. Su fortaleza reside precisamente en la capacidad para gestionar diferencias sin destruir los vínculos que sostienen la vida en común. Cuando el adversario deja de ser un interlocutor legítimo para convertirse en una amenaza absoluta, el espacio compartido comienza a deteriorarse.

La filósofa Hannah Arendt observó que la política surge allí donde los seres humanos son capaces de compartir un mundo común a pesar de sus diferencias. La pluralidad, sostenía, no es un problema que deba resolverse, sino una condición esencial de la vida pública. Desde esta perspectiva, las palabras de León XIV adquieren una especial relevancia. El verdadero peligro no es la diversidad de opiniones, sino la incapacidad para reconocer la legitimidad de quien piensa de otro modo. Por ello el Papa insistió en otra idea fundamental: «La convivencia democrática exige reconocer la legitimidad de quien piensa de manera diferente». Reconocer esa legitimidad no implica renunciar a las propias convicciones, sino aceptar que ninguna democracia puede sostenerse cuando transforma el desacuerdo en enemistad permanente.

Esta reflexión conduce directamente a otra de las cuestiones centrales de su viaje: el sentido de la política. Frente a una visión reducida de la acción pública como mera administración de intereses contrapuestos, León XIV afirmó que «la política debe estar al servicio de la persona y de la cohesión social». La frase recupera una de las preguntas clásicas de la filosofía política: ¿para qué existe la comunidad política?

Ya Aristóteles sostenía que la ciudad no nace simplemente para garantizar la supervivencia de sus miembros, sino para hacer posible una vida buena. La política encuentra su sentido más profundo cuando busca el bien común y crea las condiciones para que todos puedan desarrollarse plenamente. León XIV retoma esta tradición al recordar que las instituciones no pueden limitarse a gestionar procedimientos o estrategias de poder. Deben estar orientadas al servicio de las personas concretas y de la cohesión social.

La preocupación por los más vulnerables constituye otro de los ejes fundamentales de su visita. Una sociedad puede exhibir prosperidad económica, estabilidad institucional o avances tecnológicos y, sin embargo, fracasar moralmente si abandona a quienes más necesitan apoyo. El progreso no se mide únicamente por la riqueza que produce, sino también por la capacidad de proteger a quienes viven situaciones de fragilidad, exclusión o soledad. En su discurso defendió la necesidad de ofrecer vías legales y seguras para la migración, favorecer la integración de quienes llegan y afrontar las causas profundas que obligan a millones de personas a abandonar sus países, como la pobreza, los conflictos o las desigualdades, recordando que la calidad moral de una sociedad se mide también por la forma en que trata a quienes llaman a sus puertas en busca de una vida mejor, combinando la responsabilidad política con la solidaridad.

El filósofo Emmanuel Levinas ayuda a comprender la profundidad de esta cuestión. Para el pensador francés, la ética nace cuando descubrimos el rostro del otro y comprendemos que su vulnerabilidad nos interpela. No somos plenamente humanos cuando nos encerramos en nosotros mismos, sino cuando respondemos a la necesidad ajena. Esa misma intuición recorre el mensaje de León XIV cuando insiste en que la dignidad humana debe situarse en el centro de toda acción política y social.

Especial relevancia tuvo también su referencia a las víctimas de abusos. Su exigencia de verdad, justicia y reparación recordó que ninguna institución puede construir un futuro sólido si no afronta con honestidad sus propias heridas. La protección de los más débiles comienza allí donde se escucha a quienes han sufrido y se reconoce plenamente su dignidad. La credibilidad no nace de los discursos, sino de la capacidad para asumir responsabilidades. En este aspecto se ha visto algo de improvisación en la reunión con las víctimas abusos, dejando fuera a la mayoría.

En el fondo de todas estas reflexiones aparece una convicción que atraviesa la totalidad del viaje de León XIV: la dignidad humana constituye el fundamento irrenunciable de la convivencia. De ahí que afirmara que «la justicia no consiste en defender una causa aislada, sino en cuidar el conjunto de la dignidad humana». La frase cuestiona una tendencia frecuente de nuestro tiempo: proteger determinados intereses mientras se ignoran otras formas de vulnerabilidad igualmente urgentes.

Quizá aquí se encuentre la respuesta a la pregunta que ha acompañado su visita a España. Una sociedad avanza unida no cuando desaparecen las diferencias, sino cuando aprende a integrarlas dentro de un horizonte compartido de dignidad, justicia y bien común. Avanza cuando el diálogo prevalece sobre la descalificación, cuando la política se entiende como servicio y cuando los más vulnerables dejan de ser considerados una carga para convertirse en una prioridad colectiva.

Paul Ricoeur definió el ideal de la vida pública como la búsqueda de «una vida buena, con y para los otros, en instituciones justas». Pocas expresiones resumen mejor el mensaje que León XIV ha querido dejar durante su viaje a España. Frente a la polarización que divide y frente al descarte que excluye, el Papa ha propuesto una cultura del encuentro sustentada en la dignidad de cada persona. No ofrece soluciones inmediatas a todos los problemas, pero sí una brújula moral capaz de orientar el camino de una sociedad que aspira a avanzar sin dejar a nadie atrás.

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