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La historia del Casino de Salamanca y de una palabra que cambió de significado
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La historia del Casino de Salamanca y de una palabra que cambió de significado

Publicado 08/06/2026 18:27

Hay tardes en que, al pasar por la calle Zamora, se escucha música saliendo del Palacio de Figueroa. Es la Orquesta de Cámara del Casino, que ensaya o actúa bajo techos del siglo XVI, a un paso de la Plaza Mayor. Quien no conozca la ciudad podría sorprenderse al saber que ese edificio se llama, desde hace más de un siglo, “el Casino”. Porque aquí no hay ruletas ni máquinas tragamonedas: el Casino de Salamanca es un club cultural, uno de los más antiguos de la ciudad.

Y aun así, comparte nombre con algo que no se le parece en nada: esas plataformas de apuestas que hoy caben en un teléfono y que prometen dinero a cambio de registrarse. ¿Cómo puede la misma palabra nombrar a la vez el salón donde Unamuno reunía a sus tertulianos y una aplicación de juego? La historia de ese desajuste arranca, en buena parte, aquí, en Salamanca.

El “Casino de los Señores”

Cuando se fundó, en 1858, no se llamaba como ahora. Era el “Casino de los Señores”, una sociedad de recreo para la burguesía y la aristocracia salmantinas, que en 1864 se fusionó con el Casino de Recreo. Durante sus primeras décadas cambió de sede varias veces —pasó por la calle del Prior, por la Plaza Mayor y por la calle Zamora, donde estuvo el famoso Café Suizo— hasta instalarse, hacia 1880, en el lugar que ocupa hoy.

Lo que se hacía allí dice mucho de lo que entonces significaba la palabra. Un casino era un sitio para conversar, leer la prensa, bailar, oír a una orquesta y, también, jugar a las cartas. Funcionaba como una suerte de ágora de la ciudad, y por sus salones pasaban catedráticos, médicos y propietarios. No es casualidad que la institución se metiera en asuntos que iban más allá del ocio, desde la reivindicación de facultades de Ciencias y Medicina para Salamanca hasta polémicas de alcance nacional.

Las tertulias de Unamuno

Si alguien resume ese espíritu, es Miguel de Unamuno. El rector de la Universidad, escritor y filósofo, fue socio activo del Casino —llegó a presidirlo— y allí celebró algunas de sus célebres tertulias, esas conversaciones largas y encendidas que reunían a buena parte del claustro. La mayoría de los catedráticos que se sentaban con él eran, además, socios de la casa. En una ciudad universitaria como Salamanca, el Casino y la Universidad respiraban el mismo aire.

Vale la pena recordarlo ahora que la palabra evoca otra cosa: durante generaciones, “casino” nombró sobre todo un lugar al que se iba a pensar y a discutir en voz alta.

El Palacio de Figueroa

La sede está a la altura de esa historia. El Palacio de Figueroa se levantó a mediados del siglo XVI por encargo de Juan Rodríguez de Figueroa, y su traza se atribuye a Rodrigo Gil de Hontañón, uno de los grandes nombres del Renacimiento español. Tiene una rareza arquitectónica: dos fachadas en calles paralelas, Concejo y Zamora, ambas declaradas Bien de Interés Cultural. La principal, la de Zamora, luce columnas acanaladas y medallones, con figuras como San Jorge o Adán y Eva talladas en piedra. Dentro, una escalera y un patio renacentistas han visto pasar más de siglo y medio de banquetes, bailes y conciertos.

El Casino no compró el edificio hasta 1919. Lo adquirió a la familia Hurtado de Mendoza y encargó la restauración al arquitecto Santiago Madrigal, que le devolvió buena parte de la belleza que hoy lo caracteriza. Después llegaron años difíciles: durante la Guerra Civil el Casino no cerró, pero su vida social se apagó casi del todo, y sus salas tuvieron usos bien distintos —llegaron a servir como hogar para heridos de guerra— antes de recuperar su pulso cultural.

Cómo “casino” terminó significando juego

La palabra viene del italiano. Casino es el diminutivo de casa: literalmente, “casita”. En su origen designaba un pabellón pequeño, una construcción de recreo donde la gente acomodada se reunía a pasar el rato, y con ese sentido amable de club social saltó al resto de Europa. El juego estaba presente, por supuesto, pero como una actividad más, entre el baile y la conversación.

Lo que vino después se puede leer en el propio Casino de Salamanca. A comienzos del siglo XX, buena parte de sus ingresos procedía del juego —la ruleta, en especial—, que se seguía practicando pese a estar prohibido en España. Y no fue algo pacífico: dentro de la Junta Directiva hubo quien quiso prohibirlo por completo y quien prefirió mirar hacia otro lado, sobre todo por el dinero que entraba. Aquella pequeña guerra interna anticipaba un cambio mayor. Poco a poco, en el habla corriente, “casino” dejó de evocar el club de tertulia para significar, ante todo, un sitio donde se apuesta.

Del salón de socios al casino online

Internet ha llevado ese giro hasta el extremo y, de paso, ha invertido la lógica original. El Casino de los Señores era, por definición, un lugar cerrado: para entrar había que ser socio, que te admitieran, pertenecer a cierto mundo. El “casino online” hace lo contrario. No te pide que pertenezcas a nada; al revés, te paga por entrar.

Esa es la idea del bono sin depósito: crédito gratis solo por registrarte, sin necesidad de ingresar un euro. Suena a regalo, pero es una herramienta de captación. Su función es retirar cualquier freno —económico o psicológico— justo en el momento de abrir la cuenta, que es cuando una persona se lo pensaría dos veces.

Por eso estos incentivos llevan años en el centro del debate regulatorio en España. El Real Decreto 958/2020 restringió con dureza la publicidad del juego y los bonos de bienvenida, y la Dirección General de Ordenación del Juego (DGOJ) ha advertido más de una vez sobre las promociones dirigidas a los más jóvenes, que son también los más sensibles a esta clase de ganchos. Donde el viejo Casino levantaba un muro, la versión digital extiende una alfombra. Comparten el nombre; poco más.

El Casino que sigue ahí

Mientras tanto, el Casino de Salamanca continúa donde estaba, haciendo lo de siempre. Su agenda se llena de conciertos, conferencias, presentaciones de libros y exposiciones, muchas de entrada libre, y la Orquesta de Cámara sigue siendo una de sus señas de identidad. En pleno casco histórico, el Palacio de Figueroa conserva el sentido más antiguo de una palabra que, fuera de sus muros, ha acabado significando casi lo contrario. No está de más recordarlo la próxima vez que salte un anuncio de casino en la pantalla: hubo un tiempo —y en Salamanca todavía lo hay— en que ir al casino quería decir, sencillamente, ir a hablar con la gente.