El fútbol es un juego que consiste en que dos equipos formados por once jugadores cada uno, tienen que tratar de introducir las máximas veces posibles una pelota entre tres palos, a base de toques con los pies, en un tiempo de noventa minutos. Nada que decir a éste ni a ningún otro entretenimiento, y como hay tantas formas de pasar el tiempo, pues que cada quisque elija el que más le convenga o le interese. Pero el fútbol tiene, lamentablemente algunos componentes que no tienen otros deportes, como un porcentaje más que significativo de seres humanos que van a los partidos y que se creen con el derecho de vocear soltando por la boca improperios y faltas de respeto para vergüenza propia y ajena. Eso no ocurre ni en el baloncesto, ni en el balonmano, ni en el atletismo, ni en el tenis…¿sigo? Quizá alguna responsabilidad tienen los propios clubs, de cualquier categoría, que durante siempre han hecho la vista gorda, mirando para otro lado.
Además, el fútbol es un negocio en muchas ocasiones que trata de sacar pasta a costa de los acólitos de este noble entretenimiento. Es cierto que hay personas, hombres y mujeres, dotados de una habilidad más que notable para practicar este deporte, como lo hay en el resto de actividades humanas, desde la agricultura, la música, los sudokus o la cocina, pero sin embargo, hemos otorgado el estatus de casi dioses a muchos futbolistas que ganan millonadas con su ocupación, como si dar patadas a un balón tuviera en sí mismo más mérito que estudiar a Platón, componer una canción o diseñar un robot para la medicina. Claro, es la ley de la demanda, ganan lo que generan y todos las explicaciones que ustedes quieran, pero es indecente, con la que está cayendo, con tantas familias bajo el umbral de la pobreza, con tanto paro juvenil y no juvenil y con tanta gente que no llega a finales de mes (por citar sólo algunas), que haya seres humanos que se forren por el simple hecho de dar patadas a un balón, aunque lo hagan requetebién. Y con ellos, que se forren los que gobiernan los equipos de fútbol profesionales. Hay mucha gente que se gasta una pasta (incluso la que casi no tiene) en ir a partidos, viajar con su equipo o comprar la última equipación (madre mía, lo que vale una camiseta fetén original de cualquier equipo de fútbol)
Mis abuelas y mi madre, como tantísimas mujeres, habrían merecido un reconocimiento mayor del que tuvieron, tanto económico como público, por todo su trabajo dentro del hogar durante tantísimos años. Fieles, trabajadoras, sacrificadas… son un ejemplo, aunque no hayan salido nunca en la tele, ni hayan dado una patata a una pelota. Y así, tantísimos hombres y mujeres que han dado y dan la vida en tu actividad profesional, dedicando años de estudio o de trabajo, en tantas ramas de tantas actividades. Hay mucha gente que se deja la piel en su curro o en sus estudios, y ganan muy poco en relación con la importancia de lo que hacen. No generan tanta demanda como un futbolista estrella, pero todos somos cómplices de esta diferencia abismal y muchos hemos contribuido a ese endiosamiento de quien de dedica a la profesión de futbolista. Encumbramos a la estrellita fulgurante toca balones y nos olvidamos del firmamento lleno de pequeñas estrellas que no se apagan pese a que les miremos poquito.
Sí al deporte, sí a los juegos, sí a los profesionales que lo dan todo en cualquier actividad. Que ir a un estadio de fútbol sea un ejercicio de disfrute de un deporte, sin concesiones a la agresividad verbal con insultos gratuitos, ni a las faltas de respeto. Y que dejemos a los niños y niñas que juegan en un equipo que se diviertan, que disfruten, que aprendan que a veces se gana y a veces se pierde, como pasa en la vida. Sobran padres y madres gritones, que ensucian el fútbol con palabras que habría que reciclar y gestos que habría que censurar. Ya están los entrenadores para dar las instrucciones, para corregir, para llamar la atención a un jugador…. Sobran adultos irrumpiendo en un juego entre niños, adolescentes o jóvenes. No les robemos su espacio. Animemos, sin meter presión y sin insultar al árbitro o a alguien del equipo contrario. No hay ningún equipo de fútbol sobre la faz de la tierra que merezca que yo me pegue con nadie. Es fútbol, solo fútbol. Tampoco merece ningún equipo de fútbol de ningún lugar del planeta que mi estado de ánimo dependa de sus victorias o derrotas, ¡faltaría más!
Lo de “fieles hasta que la muerte os separe” no es para mí con el fútbol. Si la vida es sosa, ya buscaremos sal y pimienta para activarla y disfrutar de tantas cosas y momentos, pero que no cuenten conmigo para ser un creyente de la religión del dios fútbol. Ni cuenten conmigo para ser feligrés de ningún templo futbolístico ni para el martirio por ningún color balonpédico, ni cuenten conmigo para estar todo el día con el mismo tema y las mismas mandangas. Ya bastante trae la vida, como para poner mi felicidad en las manos (mejor, los pies) de que unos señores o señoras metan la bola dentro de una portería.
Fútbol, sólo fútbol. Mi hijo tiene derecho a soñar que mañana le fichará el Real Madrid, pero el problema es si yo, como padre, me lo creo también, ¡mamma mía!. Que juegue, que aprenda a hacer equipo, que sea respetuoso con el rival, que lo dé todo en el campo siendo generoso en su esfuerzo. ¿Dónde quedó la ingenuidad de aquella canción de Gaby, Fofo y Miliki que decía dale Ramón, chuta más fuerte que eres todo un campeón? Pues eso, que fútbol solo es fútbol.
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