Lunes, 01 de junio de 2026
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Maltratados Escudo y Bandera, tenemos Himno sin letra
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Maltratados Escudo y Bandera, tenemos Himno sin letra

Es cierto que ahora no está España para experimentos con gaseosa y, aunque el tema no es baladí, porque tenemos otros más perentorios, creo que nunca es tarde para ponerlo de manifiesto. Entre los símbolos necesarios para distinguir unas naciones de otras, además del idioma que puede ser común para varias, el Escudo, la Bandera y el Himno nacionales ocupan lugar preferente. Nuestra historia y la especial idiosincrasia del ciudadano español han convertido nuestra nación en una de las más insólitas en estos temas. Los tres símbolos están sometidos a los vaivenes de cada etapa histórica porque los gobernantes de turno no estuvieron de acuerdo con lo que regía durante su competencia. Cegados por corrientes políticas exteriores o disconformes con la mayoría de iniciativas sometidas a votación, pocas veces han sido capaces de ponerse de acuerdo. Siempre salen a relucir los dos famosos bandos que figuran en la mayoría de problemas con que se enfrenta nuestra sociedad. El contraste de pareceres es algo natural en todos los pueblos, sin embargo, pueden contarse con los dedos de una mano los países que hayan cambiado de escudo y bandera media docena de veces o cuyo himno carezca de letra. Una vez más, resulta cierto aquello de que España es diferente.

El diseño moderno de nuestro Escudo data de la época de los Reyes Católicos y su contenido fue completado en 1868, durante el Gobierno Provisional. Con la llegada de la II República y el final de nuestra Guerra Civil sufrió sendas modificaciones hasta llegar a 1981, que fue aprobado el modelo actual.

La Bandera tiene sus primeros orígenes en el reinado de Carlos III que la instituyó como distintivo de nuestros buques de guerra y de la marina mercante. En 1843, Isabel II adopta la bandera roja y gualda como enseña nacional para todos los ejércitos y edificios oficiales. Tampoco se libra del cambio a bandera tricolor con la llegada de la II República, para recuperar los dos colores primitivos en el comienzo de la Guerra Civil . Tras la llegada de la democracia, en 1981 se adoptó el formato actual.

Nuestro Himno Nacional, tiene sus orígenes en 1761cuando fue creado el himno militar llamado Marcha Granadera que, como todos, era música empleaba para el desfile de las unidades de a pie. Pronto se hizo famoso convirtiéndose de hecho en marcha nacional, pero sin el gancho suficiente para ser adoptado como himno nacional. Como se ve, las desavenencias y la puesta en escena de los dos bandos tardaron muy poco en aparecer. En la década de los 30 hubo intentos de adoptar como himno el de Riego, y tampoco hubo acuerdo. La adopción de la versión oficial tuvo lugar en 1942. Su último retoque, en cuanto a compases, tonalidad y tempo (número de pasos por minuto), llegó en 1997 con dos versiones: la breve y la completa. Y los diversos intentos de encontrarle una letra que pueda ser aceptada por todas las personas siempre han fracasado.

Como se ve, con mayor o menor agresividad en función de la situación de cada momento, la discordia acompañó siempre el uso de los tres símbolos de la nación. No es ningún secreto que los mayores focos de rechazo siempre han estado en Cataluña y País Vasco, regiones con remanentes independentistas que se han sacado de la manga la inclusión de otros territorios afines, ya sea por proximidad geográfica o simplemente por empleo de lenguas con las mismas raíces. No quieren reconocer que cada pueblo acaba dominando la lengua que se emplea tanto en el hogar como en la calle. Pretender monopolizar una de las dos procedencias suele tener muy poca eficacia. Tratar de imponerla por la fuerza choca frontalmente con nuestro ordenamiento constitucional. A pesar de todo, aún se sigue infringiendo la ley sin que el poder ejecutivo cumpla con su obligación. Y esa negligencia no es desinteresada; es la consecuencia de intercambiar regalías ilegales por apoyos parlamentarios.

Los gobiernos que han permitido, o auspiciado, este estado de cosas, cargan sobre sus espaldas la responsabilidad de cuantas injusticias se derivan. La realidad nos demuestra que quien está dispuesto a permitir transgresiones de la ley, poco o nada le importa el perjuicio que pueda acarrear al que sufre las consecuencias. Cuando las ofensas a nuestros símbolos no pasan de ser sinsabores, la inacción del gobierno es condenable, pero cuando la transgresión lleva aparejada la pérdida de vidas humanas, la responsabilidad debe tener consecuencias judiciales. Por defender los tres símbolos de nuestra nación, no han sido pocos los encargados del orden y la seguridad que han sido asesinados. No existe ningún motivo que justifique la muerte de otra persona por no pensar lo mismo que el verdugo. Sólo el odio que nubla la razón puede hacer que también se acabe con la vida de ciudadanos que tuvieron la desgracia de estar en el momento y lugar menos oportunos. Por desgracia, esa situación seguimos padeciéndola hasta hoy. Partidos que prometen combatir el terrorismo son los mismos que, llegados al poder, mercadean los años de condena de los terroristas o, simplemente, los ponen en libertad y permiten que sean homenajeados al regreso a sus ciudades. Si ese mercadeo infame se emplea con quienes acabaron con la vida de compañeros de partido, nada se puede esperar en el resto de situaciones.

En nuestros parlamentos, hoy se sientan políticos incompatibles con la democracia. Cuando España abrazó esa democracia, ignoraba que, no tardando mucho, la etapa no sería calificada como democrática sino como la etapa de la corrupción.

Los políticos que fueron capaces de llegar a acuerdos muy meritorios a la hora de dar forma a nuestra Constitución, nunca habrían imaginado hasta qué punto aparecerían otros personajes capaces de pasarse por el arco del triunfo aquello de lo que ellos y millones de españoles se sintieron siempre muy orgullosos.

La descomposición y bajeza moral están sirviendo para que los vividores de turno, los sin patria ni ideales, los que abiertamente se declaran enemigos irrenunciables de todo lo que huela a español, crean que también ellos tienen derecho a oponerse violentamente a quien piensa de forma distinta.

Esa especie de antiespañoles no tiene ningún reparo para ponerse en primera fila a la hora de solicitar ayudas -muchas veces concedidas en condiciones ventajosas. Esa, y no otras, es la única razón por la que están dispuestos a prolongar lo que haga falta ese “agravio” tan beneficioso. Mientras tengan algún desvergonzado dispuesto a satisfacerles, no cesan de proclamar: ladran, luego cabalgamos. Se pita al Himno, se quema la Bandera, se aborrece el Escudo y, no pocos desprecian al Rey o a la religión católica -para hacer más daño, ponen énfasis en apoyar otras religiones.

En estas mismas páginas, y por temas muy parejos, ya he recordado la célebre jota aragonesa

Quien oyendo ¡Viva España!

con un ¡Viva! no responde,

si es hombre, no es español

y si es español, no es hombre

N.del A. Para que nadie pretenda acusarme de machista, ni se ofenda ninguna persona del género “epiceno”, el último verso puede sustituirse por: y si es mujer, tampoco.

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