Lunes, 01 de junio de 2026
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La agonía de la discreción
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La agonía de la discreción

El exhibicionismo, el bullicio, la charla vacía y la palabra maltratada hoy imperan sobre la necesaria discreción para la pacífica convivencia.

El cuarto conde Chesterfield se llamaba Philip Stanhope. Nació en Londres en 1694 y murió en la misma ciudad en 1773. Fue un político hábil e inteligente, figura destacada en la Cámara de los Lores y delicado escritor, que manejaba el lenguaje con la misma elegancia y sensibilidad con las que actuaba en la vida. Prueba de esto son las Cartas a su hijo, de 1774, una suma de exquisitas lecciones de vida. “Lleva tu cultura discretamente, como llevas tu reloj en el bolsillo, sin sacarlo a cada rato simplemente para demostrar que lo tienes. Si te preguntan qué hora es, dilo; pero no lo proclames continuamente y sin que te lo pregunten”, escribe en esas páginas.

Tres siglos más tarde aquel consejo resuena con fuerza en un tiempo como el actual, en el que la discreción es un valor en retirada, vencido por el exhibicionismo, el bullicio, la charla vacía y la palabra maltratada.

En todos los lugares públicos, desde transporte a restaurantes y bares, desde aeropuertos a salas de espera, desde salas de espectáculos a centros comerciales y medios de comunicación, se imponen el grito, la voz en cuello, la grosería vociferada, la confesión impúdica de intimidades, el bulo repetido y el chisme amplificado.

Pareciera haber una conspiración contra el silencio, como si en él acecharan fantasmas del propio mundo interior. La voz baja, el habla mesurada, no acarician los oídos. Por el contrario, resultan lacerados por el cacareo puntiagudo de conversaciones que son, en realidad, monólogos paralelos e interminables, en los que no queda espacio para la escucha agradable. Si se le pide a alguien que, por favor, baje el volumen de su voz, de su móvil o de su música, que, salvo en el campo, a partir de ciertos decibeles solo es ruido, la solicitud, por muy cuidadosa que sea, se tomará como una ofensa. Se hablará de derechos (“el derecho a hablar como quiero”) omitiendo, una vez más, los deberes (el deber de respetar al otro, el prójimo, el próximo). Así, la voz humana, ese maravilloso instrumento de comunicación, que tanto puede acariciar como calmar, informar como guiar, pierde sus funciones esenciales y se transforma en un relleno de vacíos exteriores e interiores, en un arma de agresión, sea voluntaria o involuntariamente.

Acaso tanto grito, tanto cacareo estentóreo, obedezca hoy a una sordera creciente. No fisiológica, que la hay y dicen los que saben que va en aumento agravada por el abuso de auriculares, bocinas, sirenas, escapes abiertos y recitales atronadores, sino interior. Incapacidad para escucharse y, mucho más, para escuchar.

Decía Diógenes (412 a.C-323 a.C.), quien vivió en Atenas y creó la escuela filosófica cínica, que hace de la carencia una virtud: “Callando es como se aprende a oír; oyendo es como se aprende a hablar; y luego, hablando se aprende a callar”. Ese es, posiblemente, el camino a seguir para evitar que la agonía que sufre la discreción no acabe llevándola a la muerte.

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