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Redes sociales, electrónicas, sociodigitales, de información o desinformación
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Al cabo de la calle

Redes sociales, electrónicas, sociodigitales, de información o desinformación

Publicado 30/05/2026 08:18

Redes sociales, redes electrónicas o redes sociodigitales, redes de información o redes de desinformación. Cualquiera de estos nombres es aplicable, porque todo ello ocurre en el entramado mundo real o virtual en el que vivimos.

A nosotros nos parece más apropiado denominarlas redes electrónicas o redes sociodigitales, porque muestran mejor el componente técnico digital que hace posible su existencia y las diferencia con mayor precisión de las redes humanas presenciales que siempre han existido. Pero el nombre más genérico que se ha consolidado en la sociedad es el de redes sociales y ese será el que utilizaremos en este capítulo.

Entre 2010 y 2016, las redes sociales crecieron sin ningún control y sin ningún límite para los usuarios. Se percibían como un camino de libertad y de democratización mundial. Los primeros nativos digitales convivieron con ellas y lo hicieron sin marco normativo, sin orientación familiar, sin red de seguridad y sin la mínima alfabetización digital. Craso error, porque ese vacío dejó sola a una generación en unas redes sociales donde creció el consumo de pornografía online (en línea) las apuestas digitales, el ciberacoso, la ansiedad y la depresión juvenil, asociada al excesivo uso de pantallas.

Las redes sociales han creado un mundo en el que las narrativas mediáticas polarizadas han triunfado y en el que una imagen tuneada, trucada, tiene más fuerza en la opinión pública que miles de folios de una causa judicial que busca la verdad, pero que pocos se paran a leer antes de acusar y divulgar su posicionamiento por las redes.

Es una de las controversias de nuestro tiempo, la lucha entre la realidad, la verdad y lo irreal, lo virtual, el montaje que una vez expandido por las redes sociales confunde a la opinión pública y esta con frecuencia lo asume como real, como verdad. Las prisas de estos tiempos, hace que muchos la utilicen, pero muy pocos se paren a pensar en aquella sentencia del filósofo, escritor y Rector de la Universidad de Salamanca Miguel de Unamuno, que, como un Vítor pintado en los muros de la fachada de la Casa Rectoral, dice: "Mi divisa es la verdad antes que la paz". Frase unamoniana, que, en su universalidad, conocimiento y dependiendo de quien la use, podemos encontrarla con diferentes formulaciones, aunque cualquiera de ellas nos vendría bien tenerla en cuenta y especialmente cuando utilizamos las redes sociales.

Porque las redes sociales no son algo al margen de la vida real, sino que ya forman parte de nuestras vidas, nadie duda de su existencia ni hasta de su permanencia. Pero eso no evita el hecho de que tengan un alto componente de simulacro, de realidad virtual, cierto disfraz y un ingrediente de impostura excesivamente pronunciado, en ocasiones.

Tal vez por eso, en los últimos tiempos han proliferado los estudios sobre la influencia de las redes sociales en la vida particular de cada uno y en la sociedad en su conjunto. No debemos olvidar que quienes controlan la conversación en las redes sociales, más allá de sus propietarios los tecnoligarcas, no son los más listos o moderados, sino quienes hacen más ruido, lamentablemente. Así, las redes están saturadas de ruido polarizante, intoxicación, ni que decir de noticias falsas o medias verdades, con lo que animan a la gente a simular extremismos, a abordar los casos y conversaciones como si de videojuegos se tratara, aunque sin poner en riesgo, poco o nada, su vida o intereses.

Los datos objetivos, reales, cada vez importan menos en el debate público. Se acabó aquella máxima de la comunicación pública de que el “dato mata relato”. Más allá de las plataformas o redes sociales conocidas como Facebook con 2 912 000 000 de usuarios estimados, YouTube con 2 562 000 000, WhatsApp con 2 000 000 000, Instagram con 1 452 000 000, WeChat con 1 268 000 000, TikTok con 1 000 000 000, FB Messenger con 1 000 000 000, Douyin con 613000000, Snapchat con 589 000 000, Kuaishou con 578 000 000 y X (antes Twitter) con 465 000 000 usuarios estimados, en todos los casos. Más allá de estas, decíamos, existen miles de las llamadas “redes de ampliación”, aquellas que se dedican a fabricar mensajes negativos e historias inventadas y multiplicarlas a través de amplificadores de distintos países, claramente coordinados para desinformar y crispar, que mediatizan y acorralan la acción informativa y los esfuerzos de comunicación de gobiernos e instituciones.

Las redes sociales han transformado no solo la manera de informar y comunicar, también la de relacionarnos y la de actuar. Factores todos ellos de gran incidencia en la vida de las personas. Aportan facilidades y manifiestos beneficios por todos conocidos, pero también contienen gran cantidad de riesgos para las personas y entre ellos el deterioro de la salud mental, especialmente entre menores y adolescentes. Sirva como referencia el hecho de que uno de cada cinco jóvenes iberoamericanos presenta un trastorno mental vinculado al uso de redes sociales, y que, el primer estudio regional iberoamericano sobre digitalización y salud mental juvenil, señala que más del 60 % de la juventud de la región experimenta ansiedad digital.

A la preocupación por la incidencia de las redes sociales en la salud hay que sumar el hartazgo que de ellas tienen no solo de las personas mayores, también los jóvenes. A la Generación Z, aquella que creció con un móvil o celular en la mano, le embarga un sentimiento de saturación individual y está empezando a decir “basta” a la tiranía del like (gusta). Basta de ese tipo de relación hipnotizada con el móvil que genera ansiedad al estar permanentemente pendiente de las notificaciones o consultas.

La tendencia está cambiando. A escala mundial, en 2022 se alcanzó el pico del tiempo dedicado a las redes sociales, especialmente por parte de los jóvenes. A partir de ahí, ese tiempo de conexión empezó a decaer. El reto es desinstalar las aplicaciones de redes sociales y concienciarse sobre la necesidad de invertir ese tiempo en otras actividades.

Datos recientes, ponen de manifiesto que en el último año la mitad de la Generación Z ha intentado abandonar las redes sociales y cambiar la comunicación digital frenética por llamadas telefónicas puntuales y el contacto directo con la naturaleza. Ordenar un poco el amplio mundo de las redes sociales es vital para la salud y el bienestar.

Escuchemos a Micro TDH - Amor de Red Social;

https://www.youtube.com/watch?v=dRq24Odq6AA

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© Francisco Aguadero Fernández, 30 de mayo de 2026

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