Hay fines de semana en los que un país parece mirarse al espejo y descubrir, de golpe, que sigue llevando siglos de retraso. Mientras unos avanzan entre polvo, sudor, sevillanas y promesas hacia una Virgen a la que piden favores, otros sacrifican corderos mirando al cielo y pronunciando plegarias antiguas. Y alrededor, millones de personas miramos como si todo fuera normal, entrañable, incluso admirable. Tradición, dicen; cultura, insisten; fe, justifican.
¿Qué clase de sociedad necesita todavía arrodillarse para sentirse acompañada? ¿Qué gigantesco vacío sigue habitando dentro del ser humano para que continúe entregando su voluntad a símbolos, dogmas, procesiones, gurús, influencers, estrellas del pop o predicadores? La coincidencia entre la romería del Rocío y la Fiesta del Cordero -dichos aquí solo como ejemplo- no es una anécdota sino un espejo. Dos fanatismos distintos con estética y ámbito diferentes que coinciden en una misma orden: creer sin pensar, delegar la conciencia, diluir la individualidad en el puro fanatismo. Besar estampitas, idolatrar pantallas, recorrer kilómetros tras una carreta, hacer cola durante horas para fotografiarse con un cantante incapaz de hilar dos frases seguidas, entregar dinero a iglesias para la mágica salvación y a influencers por cremas milagrosas, apuestas deportivas o vidas imposibles… El fenómeno es exactamente el mismo: la renuncia al pensamiento crítico a cambio de la pertenencia emocional.
Una sociedad educada para obedecer emociones colectivas es una sociedad manipulable con una ciudadanía acostumbrada a aceptar dogmas -religiosos, políticos, mediáticos, comerciales- termina perdiendo uno de sus más importantes valores: la duda. La duda revolucionaria que construyó la ciencia, la filosofía, la democracia y los derechos humanos; la duda que niega la fe ciega, que se opone a inquisiciones, a guerras santas, a sectas, a linchamientos y a multitudes incapaces de distinguir la verdad del seguidismo.
Criticar la superstición no es cuestionar a quienes creen, no es despreciar a quienes buscan, sino rechazar la resignación de generaciones enteras que continúan creciendo sin herramientas intelectuales suficientes para emanciparse del pensamiento mágico, que no es sino la intoxicación dirigida y manipulable, porque resulta inquietante observar cómo en pleno siglo XXI se siguen celebrando manifestaciones masivas de irracionalidad como si fuesen patrimonio emocional intocable.
El fanatismo se aprende en escuelas donde todavía se enseña religión como si el conocimiento científico necesitara competir con los milagros; se aprende en familias donde cuestionar tradiciones se interpreta como traición; se aprende en medios de comunicación que convierten cualquier fervor colectivo en espectáculo rentable… y adormecedor; se aprende en redes sociales diseñadas para premiar la emoción inmediata de la boca abierta y castigar la reflexión pausada y el cuestionamiento. Hay que entender, y en ello nos va la misma libertad, que no todo lo tradicional merece ser conservado -también fueron tradición la quema de herejes, la subordinación de las mujeres o las ejecuciones públicas, el esclavismo y los sacrificios humanos-. La antigüedad de una costumbre no la convierte automáticamente en valiosa, e igual que hay tradiciones que unen y enriquecen, las hay que perpetúan la sumisión intelectual y son utilizadas para sumir en la dependencia y la obediencia a millones de personas.
La solución, si es que existe, no pasa por prohibir nada, sino por una educación orientada a pensar, argumentar, detectar manipulaciones, comprender sesgos emocionales y desarrollar autonomía intelectual, en aulas donde la filosofía tenga más espacio que el dogma, donde se enseñe lógica junto a literatura, pensamiento crítico junto a tecnología, ética junto a ciencia. Enseñar el “por qué” frente al “amén”.
Pensar cuesta y duele. Cuestionarse las cosas produce vértigo, pero es el primer eslabón de la libertad. Nuestra principal asignatura como sociedad es hacer personas menos necesitadas de pertenecer compulsivamente a algo, porque eso conjurará el miedo a la soledad mental que empuja a tantos al rebaño, a la masa, al delirio colectivo que anestesia de la vida de vivir, y hundirse en el profundo y necesario vértigo de enfrentarse a la propia individualidad, a ser uno mismo...: a dudar.
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