La autora bejarana presenta en la Feria del Libro de Valladolid su última y sorprendente novela
¿De dónde son los autores? El apellido de Yolanda Izard no deja lugar a dudas. Es bejarana, bejarana de ecos verdes, bosques solariegos, familias con historia. Sus muchos años en Valladolid la convierten en escritora pucelana, en realidad, en escritora castellanoleonesa. Una autora de fuste que practica con el mismo genio todos los géneros, iniciada tal vez en la poesía, pero narradora, crítica, profesora, maestra de escritores. Su lista de premios y las editoriales prestigiosas con las que ha publicado recorren una trayectoria seria y constante. Y esa es la constancia que me gusta. Cuando acabo de disfrutar de un libro de relatos de Yolanda, como ese “Solo triste de oboe” publicado por Castilla Ediciones y que quedó finalista del premio de la Crítica de Castilla y León en el 2023, ya está dejando sus versos bajo la lluvia en la cuidada antología de Gloria Rivas Muriel –otra salmantina habitante de la Valladolid letrada- o entregándole a Eolas Ediciones su última novela.
Y qué novela. Además, una hermosa edición con la fotografía en la portada de Alex Bush, en la que un niño, de rostro serio, reconcentrado, nos mira junto a un campo de girasoles. Cielo y tierra, el niño avanza con una pesada maleta en la mano. “El viaje de los niños sin nombre” relata el periplo doloroso de una enfermera española, voluntaria en la guerra de Ucrania, con varios niños enmudecidos por el trauma que se convierten en su equipaje. Caminan hacia la frontera encontrando a su alrededor ruinas, personajes doloridos, muertos, una tierra diezmada por la guerra que trata de sobrevivir recordando su historia y su fuerza: “En la tierra de Ucrania que vio nacer a Chéjov, a Mijail Bulgakov, a Gógoal, a Conrad, a Irene Némirovski, a Stanislav Lem y a Vasili Grossman, que escribieron sobre la barbarie y contra la barbarie (…) aquí, de nuevo, la maldad recorre sus carnes, la quema, las pudre.”
La protagonista, de la que nada sabemos, relata su viaje con esos niños a los que cuenta desesperadamente porque no sabe sus nombres. Les acoge, les acuna, les protege, y en su camino, descubre el horror de la guerra, la crueldad más absoluta, esa que viven los viajeros que se encuentra en la cuneta del horror. Viajeros como Irina, los hermanos, el capitán, la abuela y la nieta… los muertos se superponen a los vivos, la naturaleza sigue su curso cubriendo los cadáveres y cada casa abandonada es un refugio donde atisbar las vidas de los que huyeron. En esta novela de Izard, su proverbial prosa poética, su gusto por el lenguaje, por las metáforas audaces, la pirotecnia verbal que tan bien sabe usar, se dosifica. No se trata de impresionar al lector con su manejo de una escritura de absoluta belleza, no, se trata de relatar la historia del horror desde la aparente objetividad de un fotógrafo de guerra.
Saben los lectores y conocedores de Yolanda Izard que también es licenciada de Bella Artes. Saben de sus cuadros y dibujos de atmósferas oníricas, de sus personajes que vuelan a la manera de Chagall, de sus heroínas que se encierran en una isla o que flotan subjetivas y tenues. Pero aquí la autora deja los colores, la fantasía surrealista y desciende al barro, un barro que recorre también amorosamente, poéticamente –magnífico el capítulo en el que muestra a la niña enterrada, su cuerpo junto a los seres que viven en el sustrato feraz de la tierra ucraniana-. El horror puede ser bello y la dureza, tratada con el pincel de la compasión, pero no esconde Izard su carácter terrible, y es esa mezcla la que hace conmovedora a esta novela. Fondo y forma se abrazan sin que la forma haga demasiados arabescos poéticos, sino los justos, los suficientes, los que nos recuerdan que la pericia de la autora está en otro lugar. En el lugar de quien recorre la barbarie.
Porque los escritores no pueden parar las guerras, pero sí denunciarlas. A través de sus palabras, de una novela contenida, que no quiere caer en el horror a la hora de retratarlo. Deseaba Yolanda Izard huir del patetismo, de la solemnidad, y encontró el tono con el que equilibrar fondo y forma con la belleza de la palabra, de la naturaleza, del espacio que recorren la mujer y los niños que encuentran en su periplo restos de esperanza, vida natural que sale al paso. Un paso que se recorre con los pies en carne viva, los pocos objetos que se logra acarrear, la mínima comida que ofrecen los campos y las ruinas. Ruinas y barbarie hace cuatro años, cuando la autora observaba la televisión, conmovida, sin saber que haría este trayecto, sin saber que, ahora mismo, seguirían cayendo bombas en Ucrania. Sin saber que escribiría esta novela, redonda y dolorida, breve y contundente que se llama “El viaje de los niños sin nombre”

Charo Alonso.