Martes, 26 de mayo de 2026
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Reír por no llorar
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Reír por no llorar

Tuve un compañero de trabajo que lo único malo que tenía era llamarse Adolfo. “Siempre que te nombro o te nombran me viene a la memoria Hitler y me llevan los demonios”, solía decirle yo hasta que un día me dio la solución para evitarlo. Tenía una tía que siempre le decía lo mismo que yo. Un día se le ocurrió decirle que en lugar de acordarse de Hitler, se acordara de Adolfo Suárez, y adiós al trauma. Sirva esta anécdota para explicar que el primer presidente de la democracia quedó en el magín de los españoles como un gobernante honesto, intachable, educado y respetuoso hasta el punto de que cuando los ciudadanos se refieren a él lo llaman como llamarían a cualquier persona de su entorno: por su nombre y apellido. Después de Adolfo Suárez los españoles tuvimos que enfrentarnos a la interminable lista de corruptos de los expresidentes Felipe González, José María Aznar y Mariano Rajoy.

Fue José Luis Rodríguez Zapatero el presidente que nos devolvió la confianza perdida en los políticos, por eso, la noticia de su impugnación, nos ha dejado a todos de un aire, pero no es momento de entrar en detalles, de hacer cábalas, de adelantarnos a los acontecimientos, sabemos por experiencia que en asuntos de esta naturaleza ni son todos los que están, ni están todos los que son, y que la presunción de inocencia, como tantos otros derechos que garantiza la Constitución española, es algo que se repite con mucha facilidad, pero que raras veces se tiene en cuenta. Lo hemos visto este fin de semana una vez más. Se han celebrado distintas manifestaciones a lo largo del territorio nacional. Unas para reclamar subida de sueldo para los de la enseñanza; otras, viviendas dignas para los jóvenes; algunas, si es que no he perdido la cuenta, para acabar con los problemas de la sanidad… y como de costumbre las “fuerzas vivas” del PP y de Vox se han sumado para pedir la cabeza del presidente Sánchez y exigir que el expresidente Zapatero sea puesto a buen recaudo con urgencia antes de enterrar a España, porque matarla, lo que se dice matarla, ya la han matado, y solo ellos, aunque nunca dicen cómo, pueden resucitarla. Ante estos espectáculos solo cabe reír por no llorar. ¿Pero qué demonios hay que hacer para que estos “salvadores de la patria” se enteren de una vez de que para acusar a los demás es imprescindible tener las manos muy limpias o bien lavadas al menos y no es el caso…?

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