Los viajeros del continente, la última novela de Eva Díaz Pérez, periodista sevillana de dilatada carrera profesional, amplia trayectoria literaria y destacada presencia institucional, me ha deslumbrado por la madurez de su planteamiento, por la hondura de sus reflexiones y por la serenidad con la que aborda un asunto que, con facilidad, podría haber derivado hacia el patetismo, el sentimentalismo o la mera provocación moral.
El libro se abre con dos citas altamente reveladoras: “y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte”, de Francisco de Quevedo, y “La muerte más voluntaria es la más hermosa. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra”, de Michel de Montaigne. La omnipresencia de la muerte atravesando nuestra visión de la realidad y la decisión de poner fin a la vida por la propia mano constituyen, en efecto, los dos ejes vertebradores de la novela.
Hugh de Galard, un anciano escritor inglés fascinado por la historia y la cultura, erudito y bibliófilo, coleccionista de cuadernos de viajeros británicos de todas las épocas y autor de varios libros de viajes, diagnosticado de un cáncer en estadio terminal y cansado de los efectos secundarios de una quimioterapia estéril que solo promete un sombrío horizonte de seis meses de agonía, decide viajar a Suiza, donde el suicidio asistido es legal, para poner un final relativamente plácido a su vida, cerrando la puerta con educación, lentamente y sin dar portazos. Con dignidad. Acompañado de su mujer, Violet, también mayor, partirá de Portsmouth siguiendo el itinerario que recorrieron en 1816 Percy y Mary Shelley, viaje que ella recogió en “Historia de un viaje de seis semanas”, el diario de su propio periplo desde el puerto inglés hasta Ginebra. Hugh acababa de entregar a su editorial un ensayo dedicado a ese diario, ilusionado con su publicación, cuando el diagnóstico interrumpió bruscamente sus proyectos. Resolverá entonces dedicar sus últimas semanas a recrear aquella aventura romántica a través de una Europa en ruinas tras las guerras napoleónicas, con la que encuentra similitudes tanto con la devastación posterior a la Gran Guerra como con el declive actual del continente y, sobre todo, con su propio deterioro físico y su inminente aniquilación.
Atravesarán así Francia en dirección a Ginebra, fin del camino en todos los sentidos. La narración alterna la voz en primera persona con la tercera, todo ello permeado por un uso muy eficaz del estilo indirecto libre, recurso que estrecha la identificación del lector con el narrador y que crea una intimidad constante con su conciencia, induciendo a que la experiencia del anciano sea vivida con cercanía, conmoción y una suerte de silenciosa complicidad emocional.
El libro da cuenta, pues, de un viaje con múltiples dimensiones -física, temporal, memorial, cultural- y, siguiendo el hilo aparentemente objetivo de esa última ruta, la autora entremezcla la descripción de lugares con referencias históricas y artísticas -museos, cuadros, lecturas- que surgen al paso por las ciudades visitadas; con consideraciones sobre el pasado y la presente deriva de una Europa convulsa, inventora de la democracia, defensora de la razón, culta, ilustrada y hoy enferma, en una encrucijada crítica; con los recuerdos de la vida que Hugh deja atrás, entre los que ocupa un lugar destacado su infancia en el Londres del blitz y el consiguiente blackout, apagón que protegía a la población y que funciona aquí como metáfora del oscurecimiento progresivo de su propia existencia; con la remembranza de su historia de amor con Violet.
Todo ello aparece cruzado por las reflexiones íntimas, afligidas y lúcidas del protagonista -en ocasiones también conocemos las de Violet- sobre la enfermedad, la muerte, el suicidio asistido hacia el que se encamina, el dolor, la vejez, el amor, la fugacidad del tiempo, el valor del arte y de los libros, la tristeza por la vida que se abandona y la añoranza por todo aquello que ya no se vivirá. Pensamientos que con frecuencia se diluyen en una suerte de niebla evocadora por la que emergen recuerdos sensoriales -sabores, olores, texturas-, escenas del pasado con perfiles difusos, momentos que aparecen y se desvanecen como si pertenecieran a una zona intermedia entre la vigilia y el sueño, entre la vida y la muerte. Hugh va saltando de un tema a otro, enlazando estos hilos diversos como si ordenara apuntes dispersos de su propia existencia, hojas sueltas que la memoria ya no sabe muy bien dónde archivar.
La devastación íntima del personaje, consecuencia de la destrucción física que le impone la enfermedad y reflejada en la precisa descripción de sus estados de ánimo, discurre en paralelo al derrumbe de los escenarios -reales o soñados- que recorre en su periplo. Por ello, el tono y la atmósfera dominantes son melancólicos: el viajero ya no puede posar la mirada en nada sin que le sobrevenga el recuerdo de la muerte. Su mirada es amarga y doliente, pero profundamente serena; triste y nostálgica, y a la vez discretamente gozosa tras el inventario de una vida plena, tras la memoria de la belleza que se escapa y de la felicidad que ya solo existe en el recuerdo.
El ritmo de la novela es demorado, lento, pausado, y traslada tanto la limitación física del protagonista como su deseo de saborear esos días finales: la complacencia en los recuerdos, el deleite de las comidas, la convicción del valor de la escritura y de la cultura, la satisfacción del reencuentro con lugares y lecturas, el placer del diálogo con Violet y hasta el del sexo, ya premioso y languideciente, pero todavía cargado de significado. Esa lentitud deliberada, esa respiración narrativa amplia y sostenida, permite que el lector se instale en el tempo interior del personaje y que el viaje, más que un desplazamiento geográfico, se convierta en una travesía por la memoria, por la cultura europea y por la conciencia de un hombre que, mientras se acerca a su final, mira con lucidez hacia todo lo que ha sido y hacia todo lo que deja atrás.
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Eva Díaz Pérez. Los viajeros del continente. Editorial Galaxia Gutenberg. Madrid, 2023. 168 páginas. 16.50 euros
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