Jueves, 21 de mayo de 2026
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Trabajar sin descanso, vivir sin sentido
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Trabajar sin descanso, vivir sin sentido

“El rendimiento es una abstracción vacía.”

LARS DISTELHORST

“La sociedad de rendimiento produce depresivos y fracasados.”

BYUNG-CHUL HAN

El trabajo ha dejado de ser, desde hace tiempo, una simple actividad destinada a garantizar la supervivencia. En la era del rendimiento se ha convertido en algo mucho más profundo: una forma de identidad, una medida del valor personal y una brújula moral que organiza la vida entera. Ya no se nos pregunta únicamente qué hacemos, sino qué somos a través de lo que hacemos. Y esa transformación encierra una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: cuanto más central es el trabajo en nuestras vidas, más difícil parece encontrar en él un sentido verdadero.

Durante siglos, el trabajo fue entendido como necesidad y esfuerzo. La modernidad industrial convirtió esa necesidad en disciplina. Como recordaba Zygmunt Bauman, millones de personas quedaron integradas en mecanismos impersonales donde el trabajador debía obedecer y adaptarse a tareas cuyo sentido se le escapaba. Pero el neoliberalismo contemporáneo ha dado un paso más profundo: ya no basta con obedecer, ahora hay que implicarse, motivarse y reinventarse constantemente. El trabajador ya no es solo mano de obra; es un proyecto de sí mismo.

Byung-Chul Han explicó este cambio al afirmar que hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la “sociedad del rendimiento”. El sujeto contemporáneo ya no se siente reprimido desde fuera, sino impulsado desde dentro. Cree actuar libremente, pero esa libertad está atravesada por una exigencia permanente de optimización. Hay que producir más, aprender más, aprovechar mejor el tiempo. La consecuencia es que el trabajo deja de ocupar unas horas concretas y comienza a invadir la existencia completa. Incluso el descanso se convierte en una estrategia para seguir rindiendo.

En este contexto, el sentido del trabajo empieza a vaciarse. Porque trabajar ya no significa únicamente contribuir o crear, sino demostrar constantemente que uno vale algo. El individuo contemporáneo vive bajo la presión de justificarse de manera permanente. Si fracasa, la culpa recae exclusivamente sobre él. Como advierte Byung-Chul Han, la sociedad del rendimiento “produce depresivos y fracasados”, precisamente porque convierte cada límite en una responsabilidad individual.

Este agotamiento no es solo físico. Es un cansancio existencial. Un cansancio que nace de la imposibilidad de detenerse. El sujeto contemporáneo vive atrapado en una carrera interminable donde nunca basta. Siempre puede ser más eficiente, más creativo, más competitivo. Y esa sensación de insuficiencia permanente termina erosionando la relación consigo mismo y con los demás.

Hannah Arendt ya advertía que la sociedad moderna corría el riesgo de degradar al ser humano hasta convertirlo en un simple “animal trabajador”. Su intuición resulta hoy inquietantemente actual. La hiperactividad contemporánea no ha hecho al ser humano más libre, sino más dependiente de los ritmos del sistema productivo. Incluso la reflexión corre el riesgo de reducirse a una función utilitaria. El individuo abandona su singularidad para funcionar mejor dentro del engranaje.

El problema es que el trabajo ha monopolizado el sentido de la existencia. Todo se mide en términos de utilidad y rendimiento. David Frayne sostiene que vivimos en una sociedad “centrada en el trabajo”, donde el empleo no solo distribuye ingresos, sino también reconocimiento e identidad. Trabajar se ha convertido en la principal forma de pertenecer al mundo. Y cuando eso ocurre, cualquier interrupción —el desempleo, el cansancio o simplemente el deseo de ralentizar— aparece casi como una amenaza moral.

Sin embargo, el trabajo no siempre tuvo esta centralidad absoluta. Karl Marx denunciaba ya la alienación del trabajador moderno, obligado a realizar tareas ajenas a sí mismo. El problema no era solo la explotación económica, sino la pérdida de relación entre el individuo y el significado de lo que hacía. Hoy esa alienación adopta formas más sofisticadas. Ya no se trata únicamente de obedecer órdenes, sino de convertir la propia personalidad en un capital que debe ser gestionado y optimizado constantemente.

Por eso el malestar contemporáneo no puede explicarse solo por las malas condiciones laborales. Hay trabajos exitosos y bien remunerados que generan una profunda sensación de vacío. Lo que falta no es únicamente descanso, sino sentido. Porque cuando todo se orienta al rendimiento, desaparece la experiencia de lo gratuito, de aquello que no necesita justificarse continuamente.

Frente a esta situación, algunos pensadores insisten en recuperar otra relación con el trabajo y con el tiempo. Domènec Melé recuerda que “el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto”. Esta afirmación invierte radicalmente la lógica dominante: el valor del trabajo no reside solo en lo que produce, sino en la persona que lo realiza. Trabajar no debería significar únicamente generar beneficios, sino también crecer, participar y construir comunidad.

Sin embargo, recuperar el sentido del trabajo exige algo más profundo que mejorar salarios o reducir horarios, aunque ambas cosas sean necesarias. Exige cuestionar la lógica cultural que convierte el rendimiento en valor supremo. Exige volver a introducir pausas, silencios y tiempos improductivos. Exige reconocer que no todo lo importante puede medirse.

También implica recuperar la dimensión comunitaria del trabajo. La era del rendimiento tiende a aislarnos y a convertirnos en competidores permanentes. Pero trabajar debería significar también colaborar, cuidar y participar en algo que nos supera individualmente. Como recordaba el papa Francisco, es necesario “quitar centralidad a la ley del provecho y asignarla a la persona y al bien común”.

Tal vez el gran desafío de nuestro tiempo consista precisamente en eso: devolver al trabajo su lugar sin permitir que lo invada todo. Reconocer su importancia, pero impedir que se convierta en la medida absoluta del valor humano. Porque cuando la vida entera queda subordinada al rendimiento, el ser humano termina agotándose no solo físicamente, sino también espiritualmente.

Quizá el sentido del trabajo no consista entonces en producir cada vez más, sino en hacer posible una vida más habitable. Una vida donde todavía existan espacios para la contemplación, la amistad, el cuidado y el descanso verdadero. Una vida donde el trabajo no devore la existencia, sino que contribuya humildemente a sostenerla.

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