, 17 de mayo de 2026
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Estatuas y estaturas
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Estatuas y estaturas

“Hernán Cortés es de bronce, y no merece ser ni pedestal”. (De la prensa. México, mayo de 2026)

El viaje de la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid a México y su comportamiento respecto a algún personaje de la llamada “Conquista”, hace recordar la campaña internacional de derribo de estatuas y supresión de homenajes públicos a personajes vinculados con el esclavismo, el colonialismo o las dictaduras que hace años pareció anunciar una revisión moral de la memoria pública. Desde Bristol hasta Richmond, desde Bruselas hasta Ciudad del Cabo, monumentos dedicados a traficantes de esclavos, generales racistas o administradores coloniales fueron retirados, discutidos o, cuando menos, sometidos a un cuestionamiento histórico que rompía la cómoda impunidad del bronce. Aquella oleada no pretendía borrar la historia, como tantas veces se repitió desde sectores conservadores, sino exactamente lo contrario: devolverle a la historia la verdad que la propaganda, el nacionalismo y ciertas formas del ejercicio del poder habían ocultado durante siglos.

España permaneció casi inmóvil ante aquella discusión. y Extremadura, de manera especialmente llamativa, continúa siendo uno de los territorios donde la exaltación de los “conquistadores” se celebra con una mezcla de orgullo local, ignorancia histórica y sentimentalismo imperial heredado directamente del franquismo, y siguen existiendo estatuas, manteniéndose nombres de calles y organizándose fiestas populares en honor de responsables de matanzas, saqueos, esclavización y destrucción de culturas enteras. Hernán Cortés continúa siendo objeto de homenajes en Medellín; Francisco Pizarro conserva monumentos y reconocimientos en Trujillo; Pedro de Valdivia, Pedro de Alvarado, Núñez de Balboa o incluso Carlos V siguen formando parte de un paisaje monumental que apenas suscita discusión pública. Se celebran recreaciones históricas, jornadas festivas y actos institucionales donde aquellos personajes aparecen envueltos en un aura heroica, como si las campañas militares de exterminio, las encomiendas, la esclavitud indígena o el saqueo sistemático de territorios enteros fueran simples anécdotas secundarias de una empresa gloriosa.

Rafael Sánchez Ferlosio, en Esas Yndias equivocadas y malditas, desmontó con lucidez devastadora el mito civilizador de la conquista española. denunciando la persistencia de una retórica imperial que ha convertido la violencia colonial en gesta providencial y moralmente superior. Frente a la leyenda piadosa de evangelizadores y aventureros heroicos, se recuerda la brutalidad de campañas que diezmaron poblaciones enteras y destruyeron sociedades complejas bajo el amparo de la cruz y la corona. El problema no es solo histórico: es cultural y político. La España contemporánea sigue incapaz de mirar críticamente aquel pasado porque buena parte de su identidad nacional fue construida, especialmente durante el franquismo, sobre la nostalgia imperial y la exaltación patriótica de la conquista. La dictadura franquista convirtió la colonización de América en una epopeya nacional obligatoria. Durante décadas, escuelas, manuales, desfiles, celebraciones del 12 de octubre y discursos oficiales alimentaron una visión glorificada del imperio español. Aquella pedagogía nacionalcatólica no desapareció con la democracia; simplemente se sedimentó en el imaginario colectivo. Por eso todavía hoy resulta normal que ciudades y ayuntamientos mantengan títulos honoríficos, medallas, distinciones y reconocimientos públicos otorgados a personajes cuya responsabilidad histórica en asesinatos masivos y sistemas de explotación apenas se cuestiona.

El fenómeno no afecta únicamente a los conquistadores americanos. En numerosos municipios españoles continúan vigentes honores concedidos durante la dictadura franquista a militares golpistas, jerarcas del régimen o figuras vinculadas directamente con la represión. Alcaldes perpetuos, medallas de oro municipales, nombres de calles, monumentos y distinciones oficiales sobreviven muchas veces por pura inercia administrativa, pero también por una resistencia ideológica que teme revisar críticamente el pasado.

Lo verdaderamente inquietante no es solo la existencia material de estatuas o placas, sino la naturalidad con la que son aceptadas. La exaltación del conquistador se ha transformado en folclore; el genocidio, en reclamo turístico; la violencia colonial, en motivo de orgullo local. Todo ello sostenido por una mezcla de desconocimiento histórico y de sentimentalismo patriótico que convierte cualquier crítica en una supuesta “ofensa” a España, como si reconocer las atrocidades del pasado equivaliera a negar la historia, cuando precisamente lo contrario sería empezar, por fin, a comprenderla.

Ningún monumento derribado borra un hecho histórico, sino que explica qué valores se consideran dignos de homenaje público. Resulta difícil explicar por qué una sociedad que se dice democrática debe seguir celebrando a quienes edificaron su fama sobre la destrucción, el crimen, el robo y la aniquilación de pueblos enteros. Tal vez porque el imperio español no terminó del todo: permanece aún, fosilizado, en la educación sentimental de un país incapaz de distinguir entre la verdad y su leyenda épica.

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