Aquella señora de las flores, mientras hacía su recorrido por las calles del barrio, dejaba en un portal el grueso de los ramos, que distribuía de manera ordenada y cumplida.
Hace unos años, pasaba por casa una señora que vendía flores. Los sábados por la mañana, más o menos a la hora acostumbrada, tocaba la puerta. Después, sobre las cuatro o así de la tarde, pasaba de nuevo, con algún ramo sin vender, para regalarlo y volver a casa con las manos limpias.
Ella era de otro lugar. Tomaba el transporte urbano para deshacer un trayecto de una hora y media, más o menos. Siempre nos saludaba con entusiasmo. El color su rostro reflejaban un estado de ánimo apacible, sereno. Ahora no recuerdo si aceptaba o declinaba la propina que en ocasiones mis padres le extendían.
Como ella, había otras personas más, cercanas al entorno hogareño. Otro señor de un pueblo cercano, a la hora acostumbrada, tocaba la puerta y extendía la canasta con pan, galletas y dulces típicos. Él giraba detrás de un muro y apuraba el vaso de agua que le ofrecíamos.
En nuestras breves conversaciones, nos refería cómo andaba la venta. Nos compartía algún detalle impersonal, anónimo, de otras calles, mercados, quioscos, donde se reunían más comerciantes como él. Cada lugar tenía una seña distintiva. Nos devolvía el vaso de agua con un gesto sabido y partía con la venta al hombro.
En días recientes, en las aulas de la ciudad donde laboro, hicimos un ejercicio de escritura inspirado en esa imagen, con el contraste de los medios publicitarios antiguos y los actuales. Con base en estructuras sintácticas predeterminadas, expusimos similitudes y diferencias. Saltaron sobre el papel palabras como cajetillas de cigarros, cerillas, tablón de anuncios, anuncios clasificados de la prensa, televisión, etc.
Muy cerca de la ciudad citada arriba, también había otro pueblo con una fama de un pan riquísimo. Carecía de precio acudir al establecimiento de paredes tiznadas y olor de horno de leña para degustar la pieza favorita. El café de la región, además, gozaba entonces, como hoy y ojalá siempre de un prestigio a prueba de balas. En ese caso —como en el de la sentencia latina, fama volat—, todo mundo sabía que no había pierde. Acudían turistas de la capital del país, para surtir ahí su canasta básica.
El Diccionario del español de México, del Colegio de México, en la tercera acepción para la palabra «cartucho» refiere: «en el sureste, alcatraz». Es decir, según el Diccionario de la Real Academia Española: «México. Planta arácea que tiene una bráctea blanca, en forma de cucurucho, que rodea una columna de flores amarillas pequeñísimas». Aquella señora de las flores, mientras hacía su recorrido por las calles del barrio, dejaba en un portal el grueso de cartuchos, que distribuía de manera ordenada y cumplida. Tanto en ese portal como en todo el barrio gozaba de un prestigio modesto.
Como un hecho anecdótico, podríamos referir (la realidad supera la ficción) que tanto ella como el señor de la canasta de pan coincidían en una plazoleta donde también los gatos se daban cita. Apenas separados por una jardinera, los gatos de un lado y los comerciantes del otro intercambiaban las impresiones del día y tomaban un refresco.
Los grafitis del barrio también llegaron a cobrar cierto prestigio, en especial un par, o así, que según la crítica seguían la estela de Banksy, el anónimo artista británico antiautoritario. Entre las obras de Banksy, quizá todos recordemos al lanzador de flores. Así los grafitis del barrio comportaban un mensaje humano.
Viendo a la señora de las flores, con un cartucho al lado, y al comerciante del pan, con la canasta al otro, no lejos de los grafitis, pensaba que no sería mala idea que todas y todos cambiáramos los cartuchos de la carga de pólvora por estos otros, que si bien se llaman alcatraces, no se encuentran en ninguna bahía. Esa tarde, cuando los veía desde el puente, suponía que habían tenido una buena venta.
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