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De Los juicios de Oscar Wilde (1960) y Arde Misisipi (1988) a “Netflix”: Igualdad y no discriminación en la pantalla (I)
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De Los juicios de Oscar Wilde (1960) y Arde Misisipi (1988) a “Netflix”: Igualdad y no discriminación en la pantalla (I)

Publicado 14/05/2026 12:10

Demos comienzo al comentario con el actor Karra Elejalde, a quien he visto interpretar Bajo cero de 2021 (en cuyo trasfondo hay un crimen real), Ocho apellidos vascos de 2014, Tatiana la muñeca rusa de 1995 (junto a la actriz italiana, Ornella Muti) o Mientras dure la guerra de 2019, una cinta en la que Amenábar “falla” (algo que se antoja extraño en este notable director) en la elección del protagonista (Karra Elejalde) y en la carencia de solemnidad en varias secuencias (tal como ocurre en Napoleón de Ridley Scott). O tal vez haya ocurrido como en otras ocasiones y la elección de los protagonistas sea impuesta por producción, de todas formas, lo indubitado es la repercusión que tiene sobre todo el proyecto.

Al margen de su bagaje cinematográfico, el objeto de interés son sus declaraciones de la semana pasada (en una entrevista recogida por Libertad Digital, aunque la he leído en el diario AS): “A ver como lo digo sin cagarla. Estamos siendo más papistas que el Papa. No digo que me parezca mal, pero no puede ser que cada película tenga que tener un chico con síndrome de Down, uno que tiene un muñón, otra que habla ‘azí’ con la z, otro que es transexual... porque tampoco es fiel reflejo de la sociedad”. El intérprete dice que “está bien que aparezca alguien de raza negra o de raza oriental”, pero que a la hora de presentar el guion “te dicen ‘aquí te falta un transexual, un tullido [...]”.

Pensando en el principio de no discriminación contemplado en el Convenio Europeo de Derechos Humanos por la amplitud de su enumeración, el actor ha incidido en varios puntos donde se produce esta conducta contraria a Derecho. Pero, ¿tiene razón? ¿Hasta qué extremo puede adulterar la realidad? Aunque hablemos de Cine, es inviable deslindar sus palabras del azorado debate social y político sobre la inclusión.

Hasta aquí, es lo que había escrito hace varias semanas tras leer la noticia. Decidí continuar en otro momento, pues de igual manera que ocurre con algunos poemas, a veces es mejor dejar en reposo los textos. Máxime teniendo en cuenta el entorno convulso creado por las posiciones radicalizadas, con lo cual, al reflexionar sobre ciertos temas, uno parte desde la convicción de que independientemente del discurrir, algún bando quedará resentido.

Al retomarlo, estimé pertinente bifurcar su contenido habida cuenta de lo ambicioso que es reflejar en unas líneas el lapso fijado en el título: una serie de muestras cinematográficas donde queda evidenciada la evolución experimentada por el colectivo LGTBIQ+ en la pantalla. La película fijada como punto de partida fue estrenada siete años antes del hito acaecido en el Stonewall, punto de partida en la lucha visible por los Derechos Civiles de esta comunidad en Estados Unidos, y prosiguiendo con La calumnia (1961) protagonizada por Audrey Hepburn y Shirley McLaine hasta llegar a la actualidad.

Asimismo, trataré de esbozar el recorrido de la conciencia cinematográfica en torno a los padecimientos de la población afroamericana a lo largo de dos siglos. Cito la película protagonizada por Gene Hackman y Willem Dafoe, lo cual no es óbice para tener presentes dos ejemplos significativos y precedentes: Historia de una nación (1915) y Lo que el viento se llevó (1939). En la misma forma, reseño un hito en el activismo por los Derechos Civiles, el protagonizado por Rosa Parks en 1955 al negarse a ser partícipe de la segregación en un autobús urbano. Lo considerado por aquel entonces desobediencia civil (en una modalidad pacífica) fue empleado por Gandhi, después por Martin Luther King y, el otro día leyendo un artículo, descubrí que las protestas empezaron así en Irlanda del Norte (antes del surgimiento del IRA): comparto el artículo https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-fueron-los-troubles-que-perturbaron-la-paz-social-de-irlanda-del-norte_24262 .

Estos elencos constituyen el cuerpo de la segunda parte, en la cual, además de reconocer el logro que supone la presencia de todas las aristas sociales en películas y series, procediéndose a una normalización que debió tener lugar hace años, queda latente la necesidad de reflexionar si es necesario el progresivo impulso en la creación de “climas artificiales” en los personajes. Partiendo, por supuesto, de la licitud constitucional de que revisten estas manifestaciones de acuerdo con lo establecido en el artículo 20.1b) de nuestro texto constitucional. Las vicisitudes surgen cuando se pretende ejercer una dinámica de censura o cancelación, salvo que tenga una causa justa fundada en la transgresión de los límites previstos en el ordenamiento jurídico, basada en una ideología. Adelanto que la referencia a Netflix, y por ello entre comillas, es una alegoría de la contemporaneidad.

Este desdoblamiento del comentario, de igual manera se debe a la posibilidad brindada de realizar un preludio con determinadas noticias de las últimas semanas.

Por un lado, la apabullante “derrota” en cuanto a recaudación de Amarga navidad (2026), dirigida por Pedro Almodóvar, frente a Torrente, presidente (2026): triunfo del humor negro (tal vez con intención de sátira) sobre el cine de autor. Personalmente nunca me atrajo en demasía la impronta de Almodóvar, pese a ello, sí debo reseñar La mala educación (2004) y Todo sobre mi madre (1999) por las temáticas abordadas y su labor pionera. Aunque nada puedo decir de Amarga Navidad o Torrente 6, principalmente porque no las he visto, estoy convencido de que la última entrega sobre las andaduras del “brazo tonto de la ley” habrá estado a la altura de las otras generando carcajadas; por ello cuando escuché a un crítico de Cine en la radio diciendo que había estado en una sala casi vacía y los asistentes permanecían serios, pude percibir el malestar causado en cierto sector por la comparativa entre las cintas mentadas. Por ende, directa o indirectamente, se culpa al público por la falta de criterio, si bien la película de Segura cumple con el mantra más extendido del Cine: entretener. Recurrir a películas buscando una desconexión es tan plausible como adoptar una perspectiva más analítica en el acervo cinematográfico, ya que en numerosas ocasiones el Cine porta enseñanzas. En cualquier caso, el género de autor es sumamente difícil de ejecutar si pretende conciliar la visión o mensaje del artista con el factor entretenimiento.

Continuando con el panorama español, se ha incrementado la tensión con respecto a las subvenciones a raíz del estreno de Sidosa (2026), cuya autoría corresponde a Eduardo Casanova y Jordi Évole. Respecto a los documentales, considero que su evaluación debe recalar primordialmente en la fidedigna reproducción de los hechos; logrado lo anterior, estaremos ante un buen reportaje.

En los últimos años el producto cinematográfico de España ha ido recuperando cierta entidad, se han realizado buenas películas y otras aceptables; el punto de inflexión comienza con cintas como el drama carcelario presente en Celda 211 (2009) o A tres metros sobre el cielo (2010). Habrá quien piense, “pero si a tres metros sobre el cielo es una pastelada”, en ese caso les invito a ver películas desde el año 2000, inclusive podría citar una del año 1992 (Jamón, Jamón), en la que participan dos intérpretes hoy rutilantes: Penélope Cruz y Javier Bardem. Puedo hacer una cábala, dudo que esta película encabece su currículum, así como Mentiras y gordas (2008) no debe ser la predilecta de Ana de Armas. A sensu contrario, un paradigma digno de mención es Contratiempo de 2016 (puesto que hay una película homónima de 1979), protagonizada por Ana Wagener, Bárbara Lennie y José Coronado; estos intérpretes junto a Luis Tosar son, a mi entender, lo más destacable en el orbe cinematográfico de España.

Ante la cuestión de quién merece subvenciones, la respuesta más sencilla sería que depende de quien este gobernando y justamente ayer salía un artículo en El País: “Meloni se estrella en sus guerras culturales”. En caso de no poder inmiscuirse en la agenda cultural, puede procederse a mermar el presupuesto para tales fines.

Ahora bien, si establecemos a modo de parámetro la calidad de los proyectos, casos como el de Corea del Sur son un horizonte muy lejano. Desde los primeros comentarios de Cine que hice resaltaba el fuerte vínculo entre la inversión y la valía cinematográfica que tiene lugar en este país. Un enunciado basado únicamente en la práctica, en sus exponentes, de los cuales mencionaré algunos: La doncella (2016), Parásitos (2019), El sabor del dinero (2012), El almirante: mar de fuego (2014), I saw the devil (2010) y también de Kim Jee-Won, Dos Hermanas (2003), The Witness (2018), My Little Baby, Jaya (2016), Inocencia escarlata (2014) sobre venganza diferida en el tiempo se han hecho eco series de esta nacionalidad, Un día (2017) o The Housemaid (2010) la cual tiene versión filipina (2021).

Por otro lado, La Odisea de Christopher Nolan continúa generando controversia (aún ni se ha estrenado) por la designación de la actriz Lupita Nyong`o para encarnar a Helena de Troya y a su hermana Clitemnestra. Con referencia a la actuación en dos papeles distintos, tratándose de hermanos, traigo a colación Inseparables (1988) de David Cronenberg, en la que Jeremy Irons representa a dos gemelos con un vínculo inquebrantable, pero cuyas personalidades son totalmente contrapuestas (hay una serie basada en la película con la excelente actriz Rachel Weisz): adicciones y terror en la ginecología. Lo mismo ocurre en la película sobre el fundador de Facebook, La red social (2010), en la que Armie Hammer encarna a los gemelos Winklevoss. Hemos de tener en cuenta que los mitos poseen diferentes vertientes, en el caso concreto puede inferirse que ambas hermanas eran parecidas a nivel físico (e incluso en la idiosincrasia).

Sin embargo, parece que las más acaloradas divergencias radican en la caracterización de Helena de Troya. La descripción nos habla de una mujer con una excelsa belleza, por ende, desconozco cuál podría ser la polémica más allá de que en el imaginario esté la imagen de Diane Kruger en Troya (2004). Más extrañeza, en cuanto a fidelidad histórica, podría generar la serie Ana Bolena (2021) en que la segunda mujer de Enrique VIII (tras su divorcio con Catalina de Aragón) es de raza negra. Las diferentes perspectivas son viables ya que, en determinados supuestos, la intencionalidad es transmitir un mensaje; ahora bien, deberían quedar expuestas desde el principio las modificaciones introducidas para ilustrar a quien desconoce esa etapa. En este caso concreto, “chirría” porque los ingleses fueron, tras los españoles, esclavistas por antonomasia (herencia que cristalizó en norma sureña durante décadas; tras la Guerra de Secesión el Estados Unidos meridional tampoco mejoró su trato a los afroamericanos). Como corolario a esto último, sería un error tildar de discriminatorio el deseo de ver una película concordante con los hechos, después de haber dedicado tiempo al conocimiento de ciertos pasajes de la historia; máxime si se defiende que el Cine (cuando está basado en sucesos reales) también es una herramienta para trasladar el conocimiento. De seguir esta senda podríamos encontrarnos un Napoleón que mida dos metros o un Martin Luther King blanco, lo que ofendería a muchos juicios: una reacción sumamente entendible y plausible.

Termino mencionando a un director que ha demostrado lo innecesario de volatilizar el pasado, Jordan Peele con su película Déjame salir (2017), y reverberando lo que escribí en el artículo de la semana pasada: “La Historia, el Cine o la Literatura carecen de culpa ante nuestras interpretaciones (o la manera en que asimilamos), y tampoco deben ser objeto de cancelación por la visión sesgada que deviene de cualquier radicalismo. Muestras cinematográficas de ese estilo, más bien deberían evocar en nuestras mentes aquella frase de “quien no conoce su historia, está condenado repetirla”, el pasado es necesario y depende de la contemporaneidad el moldear sus consecuencias.”.

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