Tras la publicación de su novela histórica sobre Alfonso IX, el autor recupera los relatos escritos a lo largo de su recorrido literario
Dice de sí mismo José María Sánchez-Bustos Cobaleda que es un escritor tardío. Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, recuerda que en la casa familiar no veían con buenos ojos su dedicación a las letras. Niño lector, joven lector y, sobre todo, hombre siempre atento a todo cuánto pasaba a su lado, Sánchez-Bustos trabajó durante años como economista y, una vez cumplido su itinerario laboral, fue libre para dedicarse, tozudez mesetaria, a la escritura. Y me lo imagino preparando el escritorio, apuntándose a cuantos cursos y clases fuera posible –pertenece a la Escuela de Escritores y ha estado acompañado en su labor por Isabel Cañelles- absolutamente empecinado en una tarea de la que salieron relatos y relatos, tarea como docente y una novela histórica memorable sobre el rey Alfonso IX, Glaudius Iusticie. Si haces, algo, a conciencia.
A José María le conocimos en casa de quien tanto sabe de cultura, cercanía y sinergias. Nati Cabezas nos puso frente a frente y aquella noche me llevé su libro a casa. Lo empecé con cierta pereza, es cierto, pero las páginas de esta historia nuestra que bien merece más libros y películas, me subieron a lomos de caballos y no me soltaron hasta el final. De ahí mi interés por este compendio de relatos de título incierto. “Bicabrá” significa en Uruguay batiburrillo o amontonamiento descolocado y esa quizás sea la forma más irónica de llamar a este libro, porque nada en José María Sánchez-Bustos está desordenado.
Cuenta Isabel Cañelles que tenía la escritura del autor esa cierta rigidez de los principios. Ese deseo de “hacerlo bien”, ese cuidado extremo. Pero no se apuren, ha perdido el miedo y se deja llevar por los personajes. Personajes que alientan estos pequeños relatos en los que aparecen habitantes de un Madrid que el provinciano mira con curiosidad, gentes que se afanan en el mundo del trabajo, que aman y desaman, que abandonan la tierra y quehabitan el pasado. Todo en un ramillete que el autor ordena aunque no le hace falta. El lector lo hará por él. Un lector que se maravilla con el primer relato, con ese niño que mira el mundo con inocencia, casi como lo mira el autor, siempre atento a todo cuanto acontece a su alrededor o recuerda. El hombre sin alicientes que desea la muerte, la mujer que se desgasta trabajando, la tarea absurda que nos empuja, el deseo como una fuerza inevitable y, sobre todo, el recuerdo de un tiempo perdido, constituyen estos relatos que el autor nos ofrece siguiendo esa premisa de quizás la mejor cuentista de la actualidad, Cristina Fernández Cubas: “El relato es ante todo, sugerencia”.
Y cómo sugiere Sánchez-Bustos. Como en todos los libros de relatos, unos pueden gustarnos más que otros, evidentemente, pero es cierto que no nos da respiro. De la ciudad superpoblada, vamos al mundo del trabajo, a los recuerdos de la casa familiar donde acechan los miedos infantiles, del campo a la ciudad, del pasado napoleónico al presente… y todo con celeridad, con brío, con pinceladas ágiles, hasta brochazos… pero permítanme que barra para casa y destaque una auténtica joya entre este ramillete de relatos: el dedicado a la señora del Cuartón, Inés Luna Terrero, que bascula entre la fantasía, la realidad, el tiempo pasado y el actual. Una auténtica joya que sorprende y luce entre las páginas.
Quizás habría que decirle al autor que su camino futuro debe recorrer los caminos del campo salmantino y la memoria. Las historias perdidas de un pasado cercano. Sin embargo, esa libertad del relato parece que quedará un tiempo aparcada porque Sánchez-Bustos regresa a la novela histórica, al archivo, al libro, a la documentación cuidada. Pero no debemos preocuparnos, seguramente, tras el paseo por los legajos regrese al cuento, a la pincelada breve, a esa libertad recién estrenada. Y entonces seguiremos atentos a su nuevo libro, con la seguridad de que, aún tardío, estamos ante un escritor sobresaliente.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez