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Progreso, Ética e Inteligencia Artificial
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Al cabo de la calle

Progreso, Ética e Inteligencia Artificial

Publicado 09/05/2026 09:19

Progreso, Ética e Inteligencia Artificial (IA) tres conceptos globales que coinciden relacionados entre sí en nuestros días, aunque emergentes en épocas distintas y que seguidamente tratamos de precisar, para un mejor entendimiento.

El concepto de “progreso” tomó fuerza en el siglo XVIII con la Ilustración, para describir el desarrollo de la razón y la civilización. Proviene del latín progressus y se asocia al crecimiento y el desarrollo. Hay muchos sinónimos que expresan la idea de progreso, tales como: prosperidad, mejora, bonanza, perfección, avance, adelanto, evolución, auge, ascenso, o la cultura, por excelencia. La antítesis del progreso es la involución, el retroceso. Filosóficamente, progreso se asocia con la transición de lo simple a lo complejo y de lo inferior a lo superior.

El progreso indica que algo se dirige y se encamina hacia adelante, ya sea de manera simbólica, temporal o física, con o sin una acción directa. Aunque no siempre el esfuerzo se traduce en progreso. Es preciso tener en cuenta, no obstante, que se trata de un concepto lleno de ambivalencias, cada área o colectivo puede entender el progreso de forma distinta. Así, cabe preguntarse si, culturalmente ¿pueden tener el Norte y el Sur geográfico la misma idea de progreso? En el ámbito de la política el progreso se vincula más al desarrollo social, en la economía al crecimiento, en la religión a la sintonía con los designios divinos, en lo laboral a la carrera profesional.

Más allá de las diversas percepciones, la idea de progreso implica un cambio positivo y continuo, y, para que eso se dé, la actitud de perseverancia y la entrega son indispensables para avanzar en la vida. Siendo conscientes de que los resultados positivos nunca son eternos ni totales, hemos de interpretarlos como un paso en el camino hacia la mejora personal y el bienestar de la civilización, aunque a veces no exentos de riesgos, caso de la inteligencia artificial, por ejemplo: representa un gran progreso en la computación, pero todavía no sabemos con certeza, hasta dónde, para la humanidad. De ello hablaremos más adelante.

Sobre el concepto de ética que traemos a colación hay que decir que viene de lejos. La palabra proviene del latín ethicus, que a su vez procede del griego antiguo ethicus que significa “carácter” o perteneciente al carácter. Se trata de una rama de la filosofía que estudia el comportamiento de las personas, las organizaciones y sociedades, en su relación con las ideas del bien y del mal proceder. Toda sentencia ética supone la elaboración de un juicio moral en busca del bien social. De ahí que la conozcamos como filosofía moral y que la definamos como la ciencia del comportamiento moral. Ese conjunto de normas morales implica sistematizar, defender y recomendar conceptos de conducta correcta en todos los ámbitos de la vida humana y de las organizaciones. No se limita al campo filosófico, también participa activamente en el ejercicio profesional de otras ciencias y disciplinas, como la política, la economía, la medicina, la psicología, la responsabilidad social, la sociología, la tecnología, o cualquier ámbito de la vida.

Los antecedentes de nuestra ética se remontan a la Antigua Grecia en la que Sócrates orientó todo su pensamiento en torno a la noción del bien y por eso le consideramos el padre de la ética. También Platón dedicó buena parte de su obra al bien, la verdad y al papel de estas en la República. Aristóteles, reconocido como el fundador de la ética propiamente dicha, sistematiza por primera vez en su obra Ética para Nicómaco, establece la relación entre la ética social e individual, entre la teoría y la práctica, entre las normas y los bienes. Virtudes y valores como la paz y la verdad que son imprescindibles para que el mundo convulsionado de hoy no explosione, aunque se mantengan conflictos.

En la Edad Media la ética une a las doctrinas clásicas de la felicidad la doctrina cristiana, según la normativa que recogen los mandamientos divinos. En la Edad Moderna se impuso un modelo ético que respondiera a la razón. Y, en la Edad Contemporánea, los vitalistas y existencialistas desarrollaron el sentido de la opción y de la responsabilidad. Ya en el siglo XXI en el que estamos, la ética se concentró en torno a preguntas y dilemas relacionados con la manipulación genética, la tecnología, el avance de la robótica, la virtualidad y la inteligencia artificial, en la que entramos a continuación. Sin olvidar la ética aplicada a la realidad y a las profesiones.

Damos el nombre de Ética tecnológica al tipo de ética que se aplica, o se debería aplicar, a las nuevas tecnologías como la robótica, las redes sociales o la inteligencia artificial. Y, entendemos la Ética de la Inteligencia Artificial (IA) como un campo ético multidisciplinario que busca maximizar los beneficios de la inteligencia artificial, reduciendo los riesgos y los resultados adversos que pueda originar, el control de las personas, la discriminación, la reducción drástica de empleos, la falta de transparencia, el control de la información y de los algoritmos que promueven falsedades o introducen sesgos manipuladores de la opinión pública.

La inteligencia artificial es un vector de progreso, pero también de destrucción. Vinculada al progreso, ahí están sus aportaciones en los diferentes campos del saber y el hacer. Como también cabe señalar sus aspectos negativos en el manejo de algoritmos generadores de bulos, falsas noticias que envenenan la convivencia y polarizan a la sociedad.

Los grandes riesgos de las nuevas tecnologías y especialmente de la inteligencia artificial se ponen de manifiesto en el mal uso que de ella ya se está haciendo. El discurso de los magnates tecnológicos sobre una inteligencia artificial pensada para salvar la humanidad ha perdido toda fiabilidad. Los acuerdos del Pentágono (Ministerio de la Guerra de Estados Unidos) con las empresas tecnológicas, las disputas de los líderes de estas, el reciente manifiesto de Palantir (una de las tecnológicas) que defiende el control social, y el uso del algoritmo de Lavender por parte de Israel para decidir a quién y donde bombardeaba en Gaza, han puesto de manifiesto la avaricia de poder político y económico que se esconde tras la inteligencia artificial, instrumentalizado en un movimiento tecnofascista que se expande sin ningún pudor.

Consecuentemente, conseguir que la inteligencia artificial sea ética conlleva la corresponsabilidad de un ecosistema compartido en el que estén implicados todos los agentes intervinientes, a saber: pedir a las empresas tecnológicas que desarrollen algoritmos justos y auditables; a la academia, que investigue las aportaciones e impactos sociales de la tecnología y sus aplicaciones; a las administraciones públicas, que legislen creando marcos regulatorios que orienten su uso positivo y censuren los aspectos negativos; a las personas, los agentes sociales y la sociedad, que adopten posturas éticas, críticas y exigentes con el uso maligno que se pueda hacer de estas tecnologías.

La corresponsabilidad ética se ha convertido en un pilar fundamental para el desarrollo tecnológico sostenible, justo y responsable. Una inteligencia artificial ética y responsable ha de integrar aspectos éticos y jurídicos que garanticen la ciberseguridad, la protección de las personas y los colectivos vulnerables, así como la sostenibilidad.

Todavía nos quedan muchas reflexiones sobre ¿para qué? la inteligencia artificial. Nadie sabe qué pasará con ella o hasta donde llegará.

Escuchemos a Doble Valentina - Tanta inteligencia artificial:

https://www.youtube.com/watch?v=WLCQ4JMFWew

[email protected]

© Francisco Aguadero Fernández, 9 de mayo de 2026

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