Viernes, 08 de mayo de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
Donde la noche se queda
X

DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

Donde la noche se queda

Publicado 06/05/2026 08:19

Antes de que todo empiece, hay un instante en que la ciudad todavía no es noche del todo. La luz resiste en los bordes, en los cristales, en los últimos gestos de quienes aún no han decidido volver. Es un tiempo breve, casi invisible, donde las cosas parecen sostenerse en equilibrio.

Luego algo cede.

No es un cambio brusco. Nadie lo anuncia. Pero la escena se transforma: las calles se vacían sin vaciarse, los sonidos se alargan, y cada objeto ocupa un lugar más preciso, como si supiera que va a ser observado.

Ahí comienza la noche.

La noche vuelve, como si no supiera hacer otra cosa que repetirse. Llega con sus paseantes y sus silencios, con la lluvia deslizándose por las fachadas y los árboles, con ese eco de pasos que no buscan destino. La ciudad se abre entonces como un parque vacío donde la soledad adquiere forma, donde incluso las estatuas parecen moverse en un taconeo invisible y los amantes se abrazan en rincones que no existen del todo, como si fueran parte del aire.

Y en esa noche, algo se desprende de mí: mis estrellas, mis sueños, todo lo que alguna vez tuvo brillo. Queda apenas un vértice de vida, algo mínimo y sutil, como un paisaje de avenidas grises donde todo confluye en silencio. Es un abismo hecho de palabras que no llegan a decirse, un horizonte de espera donde el tiempo se detiene sin detenerse.

Más tarde, cuando la oscuridad se equilibra por completo, aparece el café humeante frente al cristal. Afuera, el viento sacude los árboles y el frío se instala en las aceras. Un paseante cruza con la gabardina sobre los hombros, ajeno a todo, tal vez tarareando una melodía de amor que ya nadie escucha.

La noche, entonces, se vuelve materia: mármol, esmalte blanco, dulzura lejana como de desierto. Regresa una vez más a la ciudad como una victoria discreta, como un día que se repliega sobre sí mismo. Y en ese regreso surgen murmullos, músicas apenas perceptibles, ríos plateados que recorren las ventanas encendidas donde algún sueño todavía insiste en viajar.

Sabe a piano de café, a llanto contenido, a cicatriz que no termina de cerrar. Se extiende con los años como la hiedra en los muros antiguos, apropiándose de todo, transformándolo en un lugar para el recuerdo y el olvido. Es péndulo, es giro constante, es el tiempo mirándose a sí mismo.

Y, sin embargo, cada noche es única. Llega puntual a su cita con el tiempo, sometida a su engranaje, y aun así distinta de todas las que han sido y de las que vendrán. Se instala como un viajero más, como alguien que no pertenece pero tampoco se va.

Porque también existe otra noche: la que no tiene música ni palabras, la que no guarda esperanza. Una noche desnuda, sin símbolos, sin refugios. Oscura y fría, como un lugar del alma donde todo queda suspendido.

Y cuando todo parece haber sido dicho —los pasos, la lluvia, las ventanas, el silencio— no queda un desenlace, sino una disolución. La noche no termina: se retira sin irse, como una escena que se apaga pero permanece en la memoria.

Algo de ella se queda en los objetos, en el aire inmóvil, en lo que no llegó a suceder.

Después vendrá la luz, sí. Pero no como respuesta, sino como otra forma de ocultar.

Porque lo que ocurre en la noche —lo que apenas se intuye, lo que no tiene nombre— nunca abandona del todo el encuadre.

Solo espera.

Donde la noche se queda | Imagen 1